Se han publicado estos últimos días noticias que se refieren al radón y considero que es necesario puntualizar una serie de conceptos, para no transmitir a la opinión pública una innecesaria alarma, aunque también para recordar a nuestros gobernantes sus obligaciones.
En el tema del radón no hay motivo de alarma, pero sí hay motivo de preocupación. Ciertamente, la alta concentración de radón en Galicia es algo que viene sucediendo desde que la Tierra es Tierra, las plantas plantas y los hombres hombres. Ahora bien, hoy en día es conocido que, siendo un factor de riesgo del cáncer de pulmón ?-a ciencia cierta-, su incidencia sobre el desarrollo natural de los seres vivos puede considerarse pequeña. En la sociedad desarrollada en la que vivimos, queremos reducir los riesgos individuales tanto como sea razonable y, en el caso del radón, hay medidas que pueden tomarse a un coste relativamente bajo para reducir así un riesgo que, aunque sea pequeño, lo es de contraer una enfermedad muy grave.
Recomendación de la UE
Por esta razón, la Comisión Europea, en su recomendación 90/143/Euratom, relativa a la protección de la población contra los peligros de la exposición al radón en el interior de los edificios, insta a los Estados miembros a establecer un sistema adecuado para medir y limitar la exposición al radón, así como a prestar especial atención a la adecuada información al público.
Corresponde al Gobierno de la Xunta de Galicia desarrollar no solamente una normativa legal conducente a la protección de la población frente al radón, sino también una campaña de educación para fomentar una adecuada percepción del riesgo. En este sentido, las distintas Administraciones tendrían que llevar la voz cantante, realizando mediciones en todos sus edificios y reduciendo los niveles de la concentración de radón allá donde fuese necesario. Debería ser muy preocupante que se estuviese siguiendo la política del avestruz, no queriendo ver que en el tema del radón hay una responsabilidad cierta, que no puede rebotarse de unas Administraciones a otras. Más aún, no se puede culpabilizar a quienes han tenido la postura inteligente de conocer la realidad, midiendo la concentración de radón -como ha sido el caso de los Museos Científicos Coruñeses-, sino que habría que aprovechar el hecho para generalizar este tipo de medidas y hacer llegar a la población el mensaje de que medir y subsanar, cuando sea necesario, es la mejor manera de reducir los riesgos inherentes a la radiactividad natural.