Manuel Andrade Gómez, de 73 años, es uno de los pioneros de la emigración gallega a Suiza. Fue de los primeros en llegar, y ahora es de los más mayores que se quedan. Salió de su parroquia de San Vicente de Vigo, en Carral, y llegó a Lausana, su primer destino, el 7 de mayo de 1959. Allí trabajó cinco años y después se cambió a Ginebra, donde aún reside. Su destino estaba en la construcción. Al principio, «como en todas partes», fue duro. Mucho trabajo, la vida en las barracas o barracones para los obreros, el salario de 2,7 francos a la hora. «Custoume acostumarme, pero funme afacendo». Recuerda la nieve, «moita, non como agora, que aquí neva menos que en España. O aire era moi seco». Los viajes en tren, la soledad. «Antes ca min aquí había moi pouquiños galegos, eu fun dos primeiros. O que había era italianos, unha morea, por iso eu aprendín mellor o italiano que o francés». Ya a mediados de los sesenta, la emigración comenzó a despegar. Antes, la vida estaba más barata. ¿Y se vivía mejor o peor que ahora? «Depende, nunhas cousas mellor, noutras peor».
Muchos de su época ya regresaron, pero él decididó quedarse «de momento». «¡Pero a vida aquí tamén lle chega!». Echa la vista atrás y reflexiona sobre sus muchos años de trabajo y las oportunidades que le dio el país: «Que ninguén pense que isto foi unha América, houbo que aforrar moito, facer moitos sacrificios e esforzarse. Non se regalaba nada». Su América , para otros hoy, ya es Suiza. Los tiempos cambian los conceptos.