Cada año, una gran desgracia en la casa Lanas

La Voz

GALICIA

28 mar 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

En Aranga casi todos los vecinos conocen la casa Lanas, que ya perteneció a los padres de Manuel y donde este vecino creció junto a sus tres hermanos, que terminaron asentándose en la vecina, pero ya lucense, localidad de Guitiriz. Manuel se quedó en la casona familiar de Aranga con su mujer, Pura. Aquí criaron a sus dos hijos: Manuel y José o Josito, como lo llamaban casi todos sus vecinos.

Nunca tuvieron suerte. El padre trató de sacar adelante a su prole con lo que ganaba de un bar y la producción láctea de diez vacas. Llegó a levantar la estructura de una gran casa cerca del centro de La Castellana, pero fue incapaz de cubrir los ladrillos.

También peregrinó de aula en aula con sus dos hijos, aquejados de una dolencia que les permitía entender solamente algunas cosas. «Foron a escola e a actividades especiais para eles, pero o pai nunca quixo deixalos nun centro de subnormales, porque non o eran», detalla una vecina de la quinta del mayor de los hijos. Ella es la madre de los cuatro únicos niños que viven en la parroquia donde está la casa Lanas, ha crecido con ellos y, de hecho, asistieron a su boda y después al bautizo de sus pequeños. Eso sí, siempre en silencio.

«Non eran capaces de facer nada por eles mesmos, nin comían se non estaba o pai», recuerdan. Sin embargo, de vez en cuando sorprendían a la parroquia con iniciativas como recoger los aperos que los agricultores dejaban olvidados en los campos. «Cando me aparecían as ferramentas ben colocadiñas na porta, xa sabía que foran eles, diso sempre andaban pendentes», recuerdan.

Siempre acusaron el mismo problema, probablemente también ayer: les costaba reaccionar. Cuando a su madre, Pura, le dio un fuerte ataque en la cocina, solo uno -Josito, el más pequeño- intentó arrastrarla a la puerta, pero no pudo hacer más. Solo quedarse al lado del cuerpo durante horas, hasta que llegó su padre, una vez más en silencio. Fue hace año y medio. «Desde entonces estaba máis nervioso, a veces saía da casa berrando, como se lle doera algo», dicen de ellos sus vecinas.

Hace tres años la familia fue golpeada por otra mala racha. El padre atropelló y mató con su vehículo a una vecina que se había bajado de un autobús. Los familiares de esta mujer fueron de los primeros en acercarse ayer a la casa, unirse en el dolor al resto de los vecinos y exclamar: «¡Que mala sorte!».