Cuando alguien frisa los 50 y engrosa las filas del paro corre un serio riesgo de descatalogación. Le pasó a Ramón Maceiras, que un día regresó de Venezuela, con 38 años, antes del ascenso de Hugo Chávez, para reorientar su vida en Santiago, y tras una década de bonanza se quedó sin empresa. Compartía sociedad con su ex esposa, pero el divorcio, en plena recesión, lo dejó sin blanca, sin paro y sin posibilidades de cotizar a autónomos, como había hecho hasta entonces. «Busqué empleo, pero estoy fuera del mercado», asegura, aunque tiene muchas esperanzas de resucitar su proyecto empresarial de asesoría y comunicación. «Veo que vienen años muy duros y lo fundamental es mantenerse firme, no derrumbarse: uno tiene que crearse sus oportunidades», advierte Maceiras, quien recuerda que hasta hace dos años siempre tuvo trabajo. Ahora le ayudan a buscar empleo los servicios sociales del Concello y se mantiene con una renta social de la Xunta. Es un parado de larga duración, que cuando llegaba a la final en algunos concursos de empleo siempre pedía cantidades razonables, pero otros, más jóvenes, las rebajaban a la mitad. Competir así era un ejercicio estéril. Su lema: «Haz lo que puedas, con lo que tengas y donde estés».