Los comerciantes asiáticos están cerrando sus bazares desde que comenzó la crisis, hace ya dos años
01 nov 2010 . Actualizado a las 01:08 h.Poco dados a hablar, y menos con el que se identifica como periodista, en lo único en que coinciden todos los comerciantes chinos consultados es en que sus tiendas no son la excepción a la crisis. La notan, y mucho. Los hay, como la dueña de un pequeño negocio en el barrio coruñés de Los Mallos -que insiste en que se la identifique como Susana-, que solo aciertan a decir que venden «mucho menos» que hace dos años. Y otros, como Yilei Lin, que desde su experiencia en la gestión de dos grandes bazares, cifran la caída de ventas entre un 35 y un 40%.
Todos coinciden en las causas. Una, la evidente, la crisis que golpea el bolsillo de sus clientes. Pero van más allá. Se sienten víctimas de una guerra comercial: «Los todo a cien españoles están aplicando márgenes de beneficio del 10%, cuando nosotros estamos sobre el 30%. Hay artículos en los que solo ganan cuatro céntimos, y así es imposible competir», apunta Lin, para quien las cadenas nacionales están intentando recuperar el terreno perdido en la última década.
Más competencia y menos consumo son una ecuación con un único resultado: empeoran los balances y empiezan los cierres. Solo en A Coruña, «de los más de 30 bazares que había antes de la crisis, ya han cerrado siete». Pero no es una cuestión local. Los cierres se extienden a otras ciudades, como Ferrol y Lugo. En esta última, los negocios asiáticos estaban fuertemente implantados en la zona centro, como la avenida de A Coruña y San Roque. En la primera de las calles, que llegó a conocerse popularmente como la Chinatown lucense, perduran algunos establecimientos y un restaurante de los dos que había. Bazares cerraron varios. Algunos de ellos empezaron por cambiar su ubicación, en busca de rentas más bajas, a otras calles próximas que no registran tanto movimiento de gente y acabaron cerrando.
Alquileres
Si los comerciantes locales se quejaban antes de la imposibilidad de acceder a los locales céntricos porque no podían competir en precio con los orientales, que pagaban por los alquileres las cantidades que les pidieran, hoy son estos los que se lamentan del error pasado. «Es imposible pagar los alquileres», tercia la mujer de Lin, que cree que los dueños de los locales se aprovechan del colectivo. «Por el mismo local nos piden más que a un español, porque saben que el chino paga lo que le piden». El problema vino cuando a la decadencia de las zonas comerciales del centro de las ciudades -asfixiadas por la competencia de las grandes superficies- se unió la crisis de consumo: «Yo tuve que cerrar un local porque no podía aguantar el alquiler», concede Lin.
Pero antes de cerrar, muchos prefieren reducir plantilla. Es el caso de Susana, que llegó con su marido desde la provincia de Zhejiang, hace ocho años. Tras cuatro trabajando en un restaurante, ahora regentan su propio bazar. Los 60.000 euros que invirtieron los sacaron de sus ahorros y un préstamo familiar. «Además, cuando abres no pagas la mercancía. Eres familia y se fían».
Tras despedir a sus empleados, los dos atienden el negocio y, de momento, no se plantean cerrar. ¿Pero qué pasa con los que no pueden aguantar? «Muchos están agrupándose, cierran seis negocios pequeños y abren uno grande, en las afueras». Pero el consejo a los que están en China es claro: «Les decimos que no vengan, que tienen más oportunidades allí».