Hace exactamente un año, la vicepresidenta segunda del Gobierno y ministra de Economía, Elena Salgado, popularizó la expresión brotes verdes que poco antes el presidente de la Reserva Federal norteamericana, Ben Bernanke, había aplicado a las señales de recuperación de la economía estadounidense. Han pasado doce meses desde que Salgado anunciara que «en pocas semanas» se verían en la actividad económica nacional los esperados brotes sin que, según los analistas consultados, las leves mejorías de algunos indicadores económicos permitan asegurar que -siguiendo con el símil vegetal- las semillas de la recuperación hayan germinado.
Lo cierto es que medidas adoptadas por el Ejecutivo, como el Plan 2000E para la compra de vehículos, han frenado la caída de la actividad, pero la sombra de la próxima retirada de los planes de estímulo fiscal y la subida del IVA, que entrará en vigor en dos meses, indican una nueva contracción de la economía.
Luces y sombras
En este escenario de luces y sombras, el comportamiento de los principales indicadores del pulso de la actividad nacional corrobora la existencia de datos positivos, pero también de su fragilidad. Y esta semana la economía nacional ha recibido dos nuevos reveses: la Encuesta de Población Activa (EPA) recogió una tasa de paro del 20,05% en el primer trimestre, una cifra histórica, y la agencia británica de calificación Standard & Poor's (S&P) rebajó la nota de la deuda pública, lo que provocó un desplome bursátil.
Entre los indicios positivos más llamativos está, por ejemplo, el histórico repunte del 64,3% que la matriculación de turismos experimentó en el mes de marzo, último del que se disponen datos. Las ayudas directas a la compra, concedidas por la Administración y las firmas, junto a la subida del IVA prevista para julio explican tal comportamiento, que más que un aumento real de la demanda, lo que indica es una anticipación en ella, es decir, que las adquisiciones que los consumidores tuvieran previsto hacer las han adelantado para acceder a la subvención y eludir, de paso, el incremento de la fiscalidad.
A esto habría que sumar también el llamado efecto base o escalón, consistente en que, al comparar períodos de malos resultados (como el nefasto primer trimestre del pasado ejercicio 2009) cualquier recuperación queda sobredimensionada, aunque no alcance los niveles de la época de bonanza.
Un comportamiento similar ha tenido también la compraventa de viviendas, cuya tasa interanual se disparó un 18,7% en febrero, después de experimentar contracciones de doble dígito en los tres primeros trimestres del pasado año, que cerró con una caída de las transacciones nada desdeñable: del 9,1%.
El efecto de la subida del IVA
Al respecto, tanto los expertos como el propio Banco de España en su último boletín económico, advierten de que la subida del IVA podría provocar «un repunte transitorio del consumo privado en el segundo trimestre» del año -como muestran ya los datos disponibles de vivienda y turismos-, que se vería «compensado con una mayor atonía en el tercero». Es decir, que no es que el consumo crezca, sino que se anticipa.
Otro indicador que también ha mostrado una evolución positiva han sido las ventas de las grandes empresas, cuyo último dato, correspondiente a febrero, mostraba un crecimiento de nueve décimas, frente a las dos negativas del mes previo y a la evolución negativa del ejercicio anterior. También el comercio minorista ha ofrecido una senda de moderación en sus números rojos, que en febrero arrojaron una caída interanual del 0,2%. Igualmente, el consumo de energía eléctrica mostró en marzo un incremento del 4,5%.
El ahorro, en máximos
Pero junto a estos indicios de cierto «aliento» económico, otros datos hacen necesario mantener la cautela sobre la fortaleza de la recuperación. Así, por ejemplo, la tasa de ahorro de los hogares está en máximos históricos, al cerrar el último trimestre del 2009 en el 18,8%, lo que se traduce en que las familias destinan a la hucha en torno a unos veinte de cada cien euros de su renta disponible.
Aunque el ahorro es positivo para una economía familiar tan endeudada como la nuestra, lo cierto es que muestra el impacto que el abultadísimo desempleo está teniendo sobre los ciudadanos y la desconfianza con la que aún miran al futuro. Y lo que se ahorra, evidentemente, no se destina a consumir, con lo que la actividad se resiente. Es la cara y la cruz de la moneda.
En el plato de la balanza que lastra la recuperación -además de desempleo y déficit- se acumulan también el retroceso del índice de producción industrial, que en enero se contrajo un 2,5% interanual, más de un punto por encima de lo que lo hizo en diciembre, o el consumo de cemento, que cayó en el primer trimestre un 19,3% anual.