La crisis que atravesamos es la peor en ocho décadas y la más importante desde el inicio del proyecto comunitario. Emergió con las subprime norteamericanas y tuvo su máxima intensidad en septiembre del 2008 al quebrar Lehman Brothers. Ahora se encuentra en una tercera fase tras dejar en Europa una caída del PIB del 4% en el 2009, más de 23 millones de parados y un fuerte deterioro en las finanzas públicas con una deuda superior al 80% del PIB. El Banco Central Europeo fue decisivo en el mantenimiento de la liquidez en el sistema, utilizando mecanismos no convencionales para contrarrestar la restricción del crédito y cooperando estrechamente con las principales autoridades monetarias. Ahora, que se espera una moderada recuperación y no hay presiones inflacionistas, debe seguir contribuyendo al restablecimiento del crédito y evitar que una retirada precipitada de las medidas extraordinarias comprometa la reactivación económica. La crisis nos ha enseñado que hay que fortalecer los pilares monetario y económico, fundamento de la política monetaria, vigilando la evolución de precios de los principales activos financieros y del endeudamiento privado, para garantizar la estabilidad de precios y la estabilidad económica general.
Veinte Estados miembros están en procedimiento de déficit excesivo. El auténtico sentido de consolidar las finanzas públicas, tarea inexcusable a realizar de forma coordinada e inteligente, es recuperar la demanda, promover inversiones y acompañar las reformas que permitirán reactivar la economía, aumentar el potencial de crecimiento sostenible y crear empleo. Una mayor unión económica puede marcar la diferencia. Hay que corregir los crecientes desequilibrios globales. La UE es una de las regiones más equilibradas, pero puede verse comprometida si no refuerza su competitividad y la cooperación monetaria internacional hacia un sistema sobre bases multilaterales. Solo mejoraremos nuestra capacidad de competir globalmente si fortalecemos la coordinación económica interna en los ámbitos de competitividad y balanza de pagos para corregir los desequilibrios y divergencias en el seno de la eurozona.
El esfuerzo y coraje de Grecia merecen un apoyo claro y decidido. Es una cuestión de interés común, y la incertidumbre daña a todos los europeos. Subsidiariedad y solidaridad son las dos caras de la moneda europea. El euro es más que una divisa, como dijo el presidente del BCE, Jean Claude Trichet, en inglés, francés y alemán. Yo lo repito en español, una de las lenguas globales de la UE, y cabría decirlo en griego, que expresa nuestra vocación universal: el euro es nuestro futuro común.