Luis Bouza Paz suele venir de vez en cuando por su Vilalba natal, pese a que lleva buena parte de su vida lejos de la capital de la Terra Chá, y sus visitas suelen coincidir con celebraciones festivas en la localidad. Eso explica, según comentarios recogidos ayer, que unos aseguren que lo conocen y otros confiesen tener algún problema para identificar su rostro. El propio alcalde vilalbés, Gerardo Criado, manifestó que podría conocerlo de vista aunque sin atreverse a concretar más, pero conviene precisar que el regidor es diez años más joven.
Pero, por encima de otras consideraciones, lo que a todos -ya fuesen conocidos, simples vecinos de la villa o incluso familiares- ha cogido de improviso es una noticia como esta.
En Vilalba aún vive una tía suya. En su casa, al recibir ayer la llamada de este periódico, la reacción fue de sorpresa, ya que no se tenía conocimiento de la situación. «Estamos sorprendidos y afectados», manifestó uno de los primos de Luis Bouza Paz, que, con una actitud correcta en todo momento y entendiendo el interés que la noticia ha despertado en los medios de comunicación, prefirió no hacer más comentarios sobre el tema.
Luis Bouza Paz estudió Derecho, la misma carrera que había cursado su padre, fallecido hace ya bastantes años. Su madre murió después. Del matrimonio nacieron otros dos hijos, aunque ninguno vive en Vilalba: según informaciones de conocidos de la familia, un hermano varón de Luis Bouza Paz reside en Pontedeume; y una hermana, en Sevilla.
La familia aún conserva una casa en el centro de la localidad, en la calle Conde Pallares. Aunque las visitas ha ido espaciándose en el tiempo, se supone que la casa es una muestra de que la relación con Vilalba no se ha perdido del todo; de la misma forma que sus raíces familiares parecen también amplias. Según testimonios de vecinos que conocen bien la historia local, existe relación familiar con Nevado Bouza, militar que tiene una calle dedicada en la villa.
Cautela
Mientras unos intentaban poner rostro a ese nombre y otros recordaban haberlo visto alguna vez, comentarios que no pasaron inadvertidos en los cafés de media mañana en el centro urbano, más difícil parecía averiguar el alcance local y comarcal de una estafa cuyo centro de operaciones se sitúa a varios centenares de kilómetros de distancia. En ese caso las cábalas se movían en una discreción más que absoluta; y si unos y otros confesaban que lo conocían o que intentaban recordar su cara, nadie se atrevía a aventurar más allá del impacto y la sorpresa que supone una noticia de este calibre.