A estas alturas de la historia, jugándonos el ser o no ser en el tan renombrado play off por el título, estamos como para perder el tiempo en las chorradas de unos y otros. Un jugador, es decir, un empleado del club que le paga, se debe exclusivamente al mismo. En el momento en el que el máximo rector deportivo le dice una cosa u otra, eso debe ser lentejas. Evidentemente, nos podrá gustar más o menos, pero mientras la panoja llegue en tiempo y forma a final de mes, lo que dicte el entrenador debe ser palabra de Dios. ¿Por qué digo esto? Pues, queridos amigos, porque, una vez más, se crean polémicas donde no debe haberlas. Un jugador que llega en mercado de invierno con vitola de bajo rendimiento de otro club, bien es cierto que él dice que no le pagaban, a las primeras de cambio monta el lío y tiene la cabeza puesta en un club que lo quiere fichar, es para alucinar en colores. En este momento, el club debería dar un puñetazo encima de la mesa. Quien no esté a gusto, que se marche. Pero que no ejerza de garbanzo negro. Porque nadie puede creerse que todo el monte es orégano. Lo demás no dejan de ser dispersiones mentales y al club flaco favor le hacen. Una vez dicho esto, hoy toca jugar, correr, y que la diosa fortuna nos cubra con su protector velo para que nos podamos traer algo para casa.