Aun sobre el barro, el Lugo es capaz de mantener un cierto criterio con el balón. Ayer se mostró siempre superior al Racing, incluso con uno menos, como toda la segunda mitad, aunque tuviera que recurrir a los balones largos (menos de lo que pareció). Escaseó el fútbol en el Ángel Carro y sobró agua. Se estrenaba Luisito y rompió de penalti, aguantando, la racha de los locales de siete partidos sin perder (no ganan en casa desde la séptima jornada).
Mantener el equilibrio se convertía en el primer y principal quebradero de cabeza. No había tiempo ni oportunidad para florituras; el jogo bonito se diluyó bajo el aguacero continuo. La habitual pradera del Ángel Carro tornó en leira, barro ocultando el verde. Regresaba el fútbol de hace un cuarto de siglo, cuando muy pocos protestarían por el juego de fuerza al que obligaba el mal estado del terreno. Al fin y al cabo, es el norte, con todas las consecuencias, y se trataba de la oportunidad de comprobar el plan B del Lugo, aparcado el toque, y de la nueva versión del Racing.
Pero los guiones en el fútbol saltan en pedazos de la forma más inesperada, y el detonador habitual suele ser un penalti con el añadido de la expulsión. Si tras un arranque timorato los locales afianzaron su dominio, la mala suerte llegó en un error de Pablo Ruiz (hasta entonces impecable), que no pudo a la carrera con un Carlier que cayó en el área en el forcejeo, y el árbitro, muy protestado, señaló la discutible pena máxima. Jonathan Martín, el capitán ferrolano, no perdonó desde los 11 metros. Habían transcurrido 37 minutos, y los lucenses, en inferioridad, debían sacarse de la manga un supuesto plan C.
Entonces se lanzaron tumba abierta con uno menos, y consiguieron que el Racing se dedicara a aguantar y a despejar balones. Setién rehacía su esquema y colocaba al joven Diego López en el puesto de central, para lo que sacó del campo a Tornero.
Despliegue
El derroche, el descomunal despliegue que exige un campo en condiciones tan precarias, se paga. Y el Racing de un Luisito desgañitado en la banda repelía todas las acometidas. Los locales, con su jugador más potente (el obús Sergio, que no entró hasta el minuto 77) en el banquillo, no cejaban en su empeño, pero las fuerzas desaparecían, y Arroyo o Losada sufrían el desgaste, y sus incursiones eran fácilmente detenidas.
Al Racing le valía con agazaparse. La superioridad numérica le permitía especular, y aguardar a que los lucenses desfalleciesen. Luisito puso a Curro Vacas para tratar de hacerse con el balón en el medio. Poco tiempo después, entraba Sergio en el Lugo, que reunía en el ataque a tres elementos: el propio Obús de Portomarín, Losada (combinaron bien) y Mauro, el más activo. Y no permitieron ni un atisbo de relajación en los ferrolanos.
Pudo empatar el Lugo en el encierro final al que sometió al Racing, con ocasiones como un cabezazo de Losada que a duras penas despejó el meta Reguero (que salvó a los suyos). Pero los visitantes también desperdiciaron alguna contra.
Con el partido prolongado hasta el 51, acabó como el Rosario de la Aurora: Luisito, a la grada por entrar en el campo; el local Seoane, expulsado por evitar una contra. Y todo aderezado con una tangana en la que Manuel vio su segunda tarjeta amarilla.