Filipe conoció el interés del Barça en la última semana de la pasada Liga. Se puso en manos del psicólogo del Dépor. Pese a la ayuda, la situación lo superó: «No deseo a nadie lo que pasó conmigo».
El 15 de julio, día en que el Barça anunció el fichaje de Maxwell, fue una jornada triste. «Eso resultó duro porque uno tiene un sueño, tiene un objetivos, tiene una ambición en la vida. Siempre quise llegar a la selección, ahora por suerte estoy en ella, y quise ganar títulos. Económicamente era otro nivel, y para mi futuro era algo muy bueno». Se alegró por su amigo Maxwell, que lo trató «como a un hijo» cuando coincidieron en el Ajax, «y sin el que yo hoy no estaría aquí».
Tras ese episodio, se negó a posar para una foto oficiosa, el gesto que más enfadó a la afición coruñesa: «Mi cabeza no estaba muy bien para hacer la foto. Pregunté al jefe de prensa y me dijo que no era oficial», justificó. También explicó su silencio. No quería hablar y sufrir «una calentura». «Cualquier cosa que hubiese dicho me hubiese perjudicado a mí y al club».
Su moral remontó con la llegada de su padre a A Coruña: «Me preguntó si me quedaba aquí contento y le dije que sí. Aquí tengo mi novia, mi perro y una casa». Pero sobre todo con las convocatorias de Brasil. Fue como pasar «del infierno al cielo, no hay una alegría más grande en el mundo».
En el aspecto deportivo, también recibió los mimos del club: «Si no fuera por Eduardo [Domínguez, el preparador físico] y por el cuerpo técnico ahora no estaría como estoy. Me me motivaron mucho, me ayudaron, me hicieron entrenar fuerte». Por eso, asegura, llegará «al 150%» al Bernabéu.
Y, en el futuro, quizá pase otro AVE: «El tren del Barça pasó porque yo trabajé, y si vuelvo a sudar la camiseta y a trabajar va a pasar otro».