Tenacidad, pasión por su trabajo, estilo y cultura, virtudes del nuevo seleccionador español, que ganó su primer gran título profesional en un banquillo con solo 29 años
05 feb 2009 . Actualizado a las 10:59 h.«Si quiere algo, lo consigue». Andrea Gracis sabe un rato de la vida de Scariolo. El ex internacional italiano tenía 30 años cuando un compatriota suyo de 29 tomó las riendas del mítico Scavolini de Pésaro. Aquel joven perfeccionista, maniático del vídeo y del trabajo, llevó a la escuadra a conquistar, en 1990, su segundo campeonato nacional. El que sería el primer título en el currículo de Sergio Scariolo, si nos olvidamos del Mundial Militar que Italia logró en 1985 y que el técnico luce orgulloso en su palmarés.
«Es el mejor entrenador que he tenido», aseguraba ayer Gracis -20 temporadas como jugador- por teléfono desde Treviso. «Pese a su juventud se labró un gran respeto en la plantilla, que venía de un entrenador duro (Valerio Bianchini) y se encontró con otro que nos llevó por el mismo camino. Tenía una personalidad fortísima y una enorme confianza en sí mismo», recuerda el ahora ojeador para Europa de los Sacramento Kings.
El caso Herreros
De esa personalidad supo Alberto Herreros, durante la etapa de Sergio Scariolo (Brescia, 1961) en el Real Madrid. La directiva blanca filtró que el míster había despedido al emblemático jugador a gritos en el gimnasio. Aquel affaire , que él siempre negó, le costó el puesto al italiano. Florentino Pérez no tuvo en cuenta el título liguero del 2000, cuando el técnico fue elegido mejor de los banquillos de la ACB. Antes, le había dado al Tau la Copa del Rey de 1997.
El divorcio con los blancos desató la nostalgia en Scariolo, que volvió a casa, donde no olvidaban su precoz éxito en el Scavolini -tras su marcha de Pésaro, el equipo aún cosechó una Copa de Italia antes de descender a tercera por impagos-. Le fichó la Virtus de Bolonia, pero el viaje fue de ida y vuelta, ya que la crisis económica impidió inscribir al club en la Lega.
Al de Brescia no le duró el paro. Pasó unas semanas aprendiendo en el cuerpo técnico de los Nets de la NBA antes de que Unicaja lo reclamara para reflotar al conjunto, hundido en el puesto 17. Al final de la temporada, los malagueños serían cuartos. Dos años más tarde, en el 2005, conquistaban la Copa del Rey. La liga ACB se convirtió en el quinto título de Scariolo en el 2006.
En el 2008 fue relevado en el banquillo andaluz por Aíto García Reneses. Sustituto y sustituido no mantenían precisamente una relación cordial. En la eliminatoria que llevó al Unicaja a su único trofeo ACB, hubo un cruce con el DKV de Aíto. Scariolo acusó a su rival de incitar a los de Badalona a hacer faltas antideportivas y el otro le respondió negándole el saludo y desquitándose en un artículo sobre las tretas del italiano.
Tras la aventura malagueña, el segundo seleccionador extranjero en la historia del baloncesto español, cambió el calor por el frío extremo y fichó por el rico Khimki ruso. Hasta allí se llevó a Carlos Delfino, vieja ambición de cuando entrenaba al Madrid. La persistencia de Scariolo.
Una virtud que sumar a su dedicación, amor por el detalle, estilo y cultura. «Por supuesto que es elegante -concede Gracis-. Se preocupa mucho por su imagen, pero también por el conocimiento. Le interesa saber de todo». Esta inquietud le llevó a licenciarse en Derecho en la Universidad de Milán. Un título que figura por encima de los deportivos en un currículo que rezuma vanidad.
Casado con la española Blanca Ares y padre de un niño y una niña, el italiano preside la Fundación Cesare Scariolo (en honor a su padre), una asociación benéfica en la que está enrolado José Luis Sáez. El presidente de la Federación de Baloncesto que olvidó varios principios (los que hicieron a Pepu y a Aíto no aptos para el puesto de seleccionador) y viajó al frío ruso para poner glamur en la roja.