Entrenar, comer y descansar. Este es el día a día del piragüista gallego que asume con resignación su aislamiento como camino hacia las medallas en China
06 jul 2008 . Actualizado a las 02:00 h.| La principal razón de concentrarse en el parque natural Arribes del Duero fue el calor. La segunda, la tranquilidad. La vida del campeón olímpico es monacal al extremo. Visto el lugar, no queda otra que entrenar y descansar. «Mucha gente no aguantaría este tipo de vida, pero David es especial», dice Morlán.
Y tanto. La actividad social de Cal a lo largo del día consiste en... dormir, entrenar, leer y ver la tele. «Con la Eurocopa nos entretuvimos los primeros días, con las semifinales y la final», dice el piragüista. Pocas son las personas que por allí pasan. El rostro más conocido para los dos gallegos es el del cocinero Adolfo, al que ven a la hora de la comida y de la cena. Por la mañana, con el desayuno, suele atenderles una empleada del complejo hotelero. No hay más.
Visitas
Solo, de vez en cuando, reciben alguna visita. Además de la del fabricante de canoas, Nelo, recientemente se dejó caer por el lugar el presidente de la Federación Gallega de Piragüismo, Santi Sanmamed, quien se interesó por la marcha de la preparación. También se desplazó Fernando Huellin, el médico del equipo nacional de piragüismo. Una visita relativamente inesperada fue un enviado del Consejo Superior de Deportes para realizarle el clásico control antidopaje por sorpresa. Nada más. El resto, la soledad como compañera. «Hemos cogido una casita para cada uno para dejar de vernos un rato. Si no, podríamos acabar un poco saturados. Por lo demás, esto es una maravilla para lo que queremos hacer, por muy duro que se haga», dice el entrenador, que apunta: «Es el precio que hay que pagar por intentar conseguir llegar a la cima. Nosotros ya sabemos a qué hay que renunciar. David conoce el camino y, por ello, por su enorme sacrificio, se merece repetir triunfos en los Juegos de Pekín».