Uno de los protagonistas del éxito de «La, la, la» cuenta cómo se gestó la victoria, cuestionada por unas declaraciones de José María Íñigo
10 may 2008 . Actualizado a las 21:08 h.F lipo con el vendaval mediático suscitado en la ex pérfida Albión y la ex católica España por unas declaraciones de mi querido amigo José María Íñigo acerca de algo tan ambiguo como varios movimientos de responsables de Televisión Española, porque «a España, gobernada entonces por el general Franco, le interesaba mucho ganar Eurovisión por tener cierto renombre». Creo que el aludido ya gozaba de cierto renombre en el Reino Unido, aunque fuese negativo y, por otra parte, supongo que cualquier país o gobernante que tenga el cuajo de presentarse todavía al archidevaluado Eurofestival lo hará con intención de ganarlo.
También me da pena tal descalificación de algo que el pueblo llano de este país consideró un gran triunfo español, gobernara quien gobernase. Además, me pasma que el admirado y laureado sir Cliff Richard sea tan cutre como para reclamar aquel premio so pretexto de las «trampas franquistas» 40 años después de la gesta, lapso de tiempo en que los crímenes más horribles han prescrito. Asimismo, me horroriza que The Guardian desentierre el hacha de guerra de la pérfida Albión y me desconcierta que algunos medios españoles promuevan y jaleen tan nefasta exhumación con el mismo papanatismo hacia lo foráneo de antaño.
Pero lo que más me hunde en la miseria es el hecho de que, según las últimas revelaciones, me entero de que yo fui uno de los conjurados del franquismo para que Franco se diera al fin a conocer a través de Eurovisión. Y es que un servidor desempeñaba entonces el cargo de director internacional de Zafiro-Novola, el sello discográfico de Massiel. En tal condición fui cómplice de la trama global en aquel agitadísimo 1968, al que sobreviví y que conté en artículos y libros.
Trampa de los ingleses
Tuve que pechar primero con la elección de Joan Manuel Serrat y el Dúo Dinámico, como intérprete y autores respectivamente, de la pegadiza canción de marras, el La, la, la; luego la espantá del Nano, después la complicada y fulgurante operación Massiel para reemplazarlo y a la postre todos los avatares de Eurovisión (por cierto, los ingleses sí que querían hacer trampa, y descarada; la presentadora inglesa, Katie Boyle, intentó falsear los resultados hasta el último momento), coronados por el triunfo de María de los Ángeles Santamaría -hija de Emilio, sastre de profesión hasta que se metió a mánager-, quien sería comparada en los días siguientes a su victoria con todos los héroes de la historia hispánica: Zarra con su gol, Agustina y su cañón: hasta la llamaban Massiel de Eurovisión?
Yo no tenía complejo de delincuente ni de hacer nada ilegal, ni de conspirador malevo al servicio de la España franquista: juro que Franco no solía consultarme ni encargarme misiones secretas en el extranjero y ni siquiera había entre nosotros lo que llamamos «una buena amistad». Tampoco existía contubernio alguno entre los prohombres de TVE y un humilde servidor, palabra.
Quien sí tenía una buena relación con la tele y con su secretario general era mi jefe, Esteban García Morencos, director y dueño absoluto de Zafiro-Novola. Mi experiencia personal fue la siguiente: yo estaba disfrutando de la dolce vita en el Hotel George V de París, ajeno a lo que se me venía encima, cuando me telefoneó Esteban para hacerme un encarguito, que me fuera al día siguiente a Belgrado para hablar con unos señores de allí. Se trataba de firmar acuerdos de intercambio para obtener los derechos del disco suyo y adquirir la edición musical de este, con idéntica contrapartida en caso de triunfo de los temas involucrados. Naturalmente, eso nos convertía en socios, y era lógico que hubiese también un intercambio de votos. No había tiempo para negociar visados, así que tenía que colarme por la frontera yugoslava, que era también la del telón de acero?
El caso es que, por mediación de mi amigo Alberto de la Puente, de la Embajada de España en París, conocí a un señor de la yugoslava llamado Antunac, quien me presentó a otro llamado Ivanovic, que tampoco sabía de la misa la media, pero que a su vez me introdujo a un tal Antoniovich, quien hacía programas agrícolas para Radio Belgrado. Y así nos infiltramos tras el telón José María Lasso de la Vega, mánager de Serrat y también del Dúo, y un servidor. Al día siguiente celebramos una reunión de alto nivel con un señor de la Casa de la Radio y otro de la compañía discográfica, y ya está. Asentábamos las posaderas en una solemne sala de juntas presidida por un gran retrato del mariscal Tito. Hicimos nuestros trapicheos, si lo eran, y regresamos felices a nuestra amada patria con la satisfacción del deber cumplido e, insisto, sin ningún complejo de culpabilidad.