La mitad de las granjas de la zona desaparecieron en la última década

CARBALLO

02 may 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

La incesante sangría de establos que anualmente se ven obligados a cerrar sus puertas, característica inequívoca del sector agroganadero gallego en la última década, también se ha notado de forma especial en la Costa da Morte. Tanto es así que el número de explotaciones ganaderas censadas en alguno de los dieciséis municipios de Fisterra, Soneira y Bergantiños, además de Cerceda, se ha visto reducido a prácticamente la mitad en apenas diez años. Si en 1998 los registros de la Consellería de Agricultura, Ganadería y Montes de la Xunta de Galicia contabilizaban un total de 6.839 granjas, entre explotaciones lácteas y cárnicas, actualmente este número apenas supera los 3.600 establos.

Por municipios, Vimianzo, con 456 establos; Zas, con 413, y Carballo, con 409, pasan por ser los territorios con mayor peso específico dentro del sector, seguidos de cerca por A Laracha y Muxía, que superan los tres centenares y medio. Coristanco y Dumbría, por su parte, registran poco más de 300 de estos negocios agropecuarios.

Costes de producción

La cuota láctea, los bajos precios de la carne y la leche en origen -similares a los que se registraban hace diez años- y, sobre todo, el brutal incremento de los costes de producción han jugado en contra del sector, provocando que muchos establos se hayan visto incapaces de soportar la dura competencia que invade los mercados.

Por si esto fuera poco, hay que añadir además la excesiva dependencia del exterior de un sector primario que se tambalea cuando otros, que operan de forma paralela, adoptan determinadas posiciones estratégicas. Y a esto hay que sumar la falta de un apoyo institucional del que sí disfrutan otras regiones ganaderas comunitarias como pueden ser los casos de Francia o Alemania.

Falta de relevo generacional

La confluencia de todos estos condicionantes está detrás de la ruptura de la cadena del relevo generacional, sucesión que se antoja vital para la pervivencia de una actividad que emplea en la comarca de forma directa e indirecta a más de dos mil familias.

La mayoría de las explotaciones continúan activas hasta la jubilación de su titular sin que, llegado ese momento, haya alguien que se haga cargo de ellas para darles continuidad.