Xosé Luis G. Canido ha creado la primera editorial viguesa en la capital de España
14 jun 2011 . Actualizado a las 13:31 h.Según su carné de identidad se apellida Lorenzo, pero un día de principios de los 90 le rebautizaron como Canido y ese es el nombre que figura desde entonces en las tarjetas de visita de Xosé Luis G. Canido. El culpable del rebautizo fue César Antonio Molina. Era por entonces el escritor y ex ministro responsable del suplemento cultural del desaparecido Diario 16, y Xosé Luis, que aunque se licenció en Filología siempre tuvo conciencia de periodista -«la sigo teniendo»-, colaboraba en la edición viguesa del periódico. «Le envié un día un reportaje y al día siguiente cuando lo vi publicado me había cambiado el García por el Canido en referencia a mi lugar de nacimiento. Y hasta hoy», explica.
En efecto, nació Xosé Luis prácticamente a pie de playa, aunque su profesión le mantiene alejado de Vigo la mayor parte del año. «Vengo cuando puedo», dice. Casi siempre lo hace por devoción, aunque la visita de esta semana ha sido por obligación, en su calidad de comisario de la exposición que inauguró el jueves otra viguesa de ida y vuelta, Menchu Lamas.
Son muchos los rincones favoritos de Canido, entre ellos, claro, la playa de la que tomó (en realidad, tomaron) su nombre. Sin embargo, termina decantándose por la plaza de la Constitución. Dice que es lo más parecido a esa plaza mayor que hay en todas las ciudades y que Vigo no tiene. «Esto es una puerta con todo lo que de simbología tienen las puertas. Si la abres hacia la ría te encuentras con O Berbés, es decir con el humilde germen de todo, y si la abres hacia el otro lado, con el Vigo burgués del siglo XX». Añade que es un lugar en que, pese a no verse el mar, «se intuye y se oyen los barcos. Salvando las distancias es como el Monte do Gozo, desde el que el peregrino ya siente la catedral de Santiago».
Es también capaz de sentir en esta plaza, a la que confiesa que le gusta ir solo para leer la prensa y tomar café muy corto, al estilo italiano, las idas y venidas de Julio Verne y de Méndez Núñez. Parece que se atisba la morriña, pero no. «En realidad me gusta mucho Madrid, pero mis referencias vitales siguen aquí». Y pese a haber nacido frente al mar, asegura que no es el océano lo que echa de menos, sino el horizonte. «En Madrid resulta imposible ver el horizonte, siempre hay un obstáculo que te lo impide».
Una de las pasiones de Xosé Luis es la lectura, actividad que considera un acto íntimo, «lo cual no implica que no pueda ser compartida, pero siempre es un acto solitario y en silencio». Siguiendo esa línea argumental, sostiene que si la gente lee tan poco es porque vivimos rodeados de ruido.
Aunque esta vez apenas estará en Vigo 24 horas, ha metido tres libros en la mochila -«siempre leo varios a un tiempo»-: La explosión del periodismo, de Ramonet; Después de la crisis, de Alain Touraine, y Arte, mente y cerebro, de Howard Gardner. «Soy más de autores que de géneros», dice. Ahora tendrá que ser de todo, y es que acaba de lanzarse a la aventura empresarial mano a mano con Xenaro García Suárez. «Vamos a montar la primera editorial viguesa en Madrid. Dentro de las muchas formas que existen de perder dinero, es mi favorita».
«Fui el primer expulsado del Rosalía, del que no se echaba a nadie»
Debió de ser bien explosiva la adolescencia de Xosé Luis G. Canido a juzgar por lo que calla más que por lo que cuenta. «Fui el primer expulsado del Rosalía de Castro, un colegio que tenía como norma no expulsar a nadie. Me mandaron 15 días a casa». Lo que no se atreve a contar es lo que hizo. «Ese centro valía la pena. Supongo que la seguirá valiendo. Lo importante no eran los conocimientos que te transmitían los profesores, sino el respeto y el cariño por aprender», dice.
Recuerda muy especialmente a la fundadora del colegio, Antía Cal: «Me dio clase en segundo de BUP. Un día me regaló un libro de Castelao y me dijo ?esta es la biblia de los gallegos?».
También se acuerda de Manuel Rotea Villanueva, su entrenador de atletismo: «Me salvó de una vida que pudo haber sido horrible. En realidad me salvaron dos cosas, el deporte y la literatura», dice. Cuenta que Villanueva se tomaba la molestia de recogerle en el colegio y llevarle a entrenar, primero al pabellón de As Travesas y luego a Balaídos, y al terminar el entrenamiento, llevarle a casa.
Lo de la lectura lo achaca a la ósmosis: «Mi padre era un gran lector». Y eso que no eligió un buen libro para empezar. Cogí uno al azar en la biblioteca, La náusea, y estuve sin leer un tiempo. Pero luego parece que lo cogió con fuerza. «Me gasto una pasta en libros», asegura. Tiene dos mandamientos en este apartado, jamás lee en la cama ni en transportes públicos, ha de ser sentado y en mesa.
Que un forofo de la literatura como Canido haya terminado trabajando en Casa del Lector tiene que ser un plus.