Los supervivientes gallegos comparan la información actual sobre las «vacas locas» con el oscurantismo que rodeó el escándalo de la colza Han pasado ya veinte años, aunque la mayoría de las víctimas del envenenamiento, si cierran los ojos, aún pueden ver el rostro de aquellos que les vendieron aceite de colza. Escondido en garrafas de cinco litros «unhas con tapón roxo e otras con tapón bermello», como recuerdan algunos afectados, se ocultaba «un veneno que aínda nos apodrece o sangue», dicen. Veinte años que no bastaron para curar las heridas. No quieren ser víctimas. Gritan que sólo piden justicia. Es la historia de un pueblo, el de Rubiá, enclavado en el oriente ourensano, donde residen la mayor parte de los afectados del síndrome tóxico.
ROCÍO RAMOS