Los coruñeses despidieron con emoción a la sardina y al Momo
10 mar 2011 . Actualizado a las 11:25 h.Esto se acaba. De hecho, ayer se acabó para sardinas, Mecos, Momos y otros seres que en el mundo del entroido son. Ravachol, el loro de Pontevedra, sobrevivirá algo más, pero será también el protagonista de otra crónica de una muerte anunciada.
Conmovidos todavía con los cigarrones de Verín y con las chocas sonando en la cabeza, ayer tocó óbito. Se enterraba a la sardina en A Coruña, y el acto merecía el máximo de los respetos; chistera y cara de circunstancias.
Poco antes de las ocho, en la calle del Arenal, en Montealto, la protagonista del deceso aguardaba en su barca-féretro el paso a la otra vida, ajena a todo, despreocupada. Delante del bar Pardillo y del local de la Comparsa Montealto, los coruñeses se preparaban para decir adiós al carnaval choqueiro. Para acompañar al inminente cadáver no falta nadie: el Papa, un generoso séquito de cardenales, plañideras, curas, señores de luto, señoras de mantilla... Conmueve la tragedia que se adivina en sus rostros.
-Te acompaño en el saneamiento.
-Sí, neno, qué desgracia...
Por estar, en el entierro coruñés de la sardina hasta están los grises. ¡Y hasta un gris chino!
En la megafonía, que sale de un organillo amarillo falso como un duro de madera, los de Montealto despiden a su parrocha de dos metros y pico con músicas profundas y sentidas: En la fiesta de Blas, Eva María se fue, Si yo tuviera una escoba... todas esas músicas que uno no imaginaría en su propio funeral.
Los rostros se empañan, pero por el frío que sube a chorro de la calle de la Torre. «Tu hija Esther no te olvida», reza una cinta que una devota mujer clava en el féretro de la sardina como una despedida que penetrar el corazón. ¡Cómo no va a sobrecoger una sardina que tenga una hija que se llame Esther!».
Con el pescado de cuerpo presente, una comparsa entretiene la espera con temas luctuosos: «¡Noooo, no hay que lloraaaar, que la vida es un carnavaaaal!». Hay que ver lo emotivos que son los de Montealto.
Hay una viuda destrozada que, entre sus vaporosos velos negros, deja entrever un inquietante sujetador rojo; hay incienso, un obispo de fogueo dispara bendiciones a diestro y siniestro, tragedia, drama, flores, monaguillos... Dolor, mucho dolor.
Antes de partir al encuentro del dios Momo y, después, adentrarse en la inmensidad de la mar océana, la sardina de A Coruña es despedida con un tremendo responso.