«Nunca nos desprendíamos del bocadillo sin darle un beso»

Ana Rodríguez REDACCIÓN/LA VOZ.

SOCIEDAD

El pontevedrés recuerda que eran los reyes de la pandilla por sus meriendas únicas, «de nocilla argentina»

28 ago 2010 . Actualizado a las 02:51 h.

Javier Veiga, antes de ser el rey de la comedia, fue el rey de la «nocilla argentina». Consiguió el título gracias a una tía suya que, de veraneo en la casa familiar de O Grove, trajo de Argentina un bote de dulce de leche para los niños. «Allí nunca habíamos visto nada igual. Los demás tomaban el clásico bocata de chorizo o queso y, de repente, aparecimos nosotros con aquello tan delicioso, y empezamos a llamarle nocilla argentina. Hubo un antes y un después de convertirnos en los reyes del verano, porque se acabó lo de cambiar el bocadillo; el nuestro se vendía caro, como mínimo por otros tres», cuenta el actor y humorista, que habla tan rápido que es difícil seguirle.

Une una idea con otra y continúa con las historias del bocadillo: «Nos molestaba un montón para jugar porque, no sé si les ha pasado a todos los niños, pero nuestra hora de la merienda coincidía siempre con el mejor momento del partido de fútbol, y entonces lo tirábamos al monte, pero nunca nos desprendíamos de él sin darle antes un beso. Lo hacíamos todos, por eso que nos decían las abuelas de que el pan no se tiraba, que era sagrado, que había niños que pasaban hambre... Era muy habitual darle un beso antes de tirarlo, siempre y cuando no era de los de nocilla argentina». Del clásico veraneo no habla Javier Veiga porque, hijo de los dueños del restaurante La Posada del Mar, de O Grove, se pasaba el verano viendo cómo trabajaban sus padres. «Mis hermanos y yo nunca salimos fuera de mi pueblo en el verano», recuerda el actor, que a pesar de ello ve en aquellos veranos lo más parecido a la felicidad. «Es que teníamos un barrio de lo más divertido, y nos juntábamos ocho primos, casi todos varones, que pasábamos el día en la calle. Recuerdo jugar sobre todo al fútbol, pero también esas guerras de piñas de pino y copos de eucalipto. Además, como solían coincidir estas épocas con el Tour, también nos marcábamos nuestras etapas en bici».

Hay un recuerdo que Veiga tiene especialmente vivo, y eran las comidas de los domingos en casa de su tío Marcelino y Encarnita. «Tenían una casa justo encima de la ría y bajábamos a coger berberechos. De primero había entonces berberechos y, de segundo, arroz con alguna otra cosa que conseguíamos pescar. Ahora suena algo así como muy romántico, pero entonces era lo más normal del mundo hacer eso. Lo pienso y digo ''¡menudo lujo!''».