Miles de «huàyí», chinos de origen extranjero, vuelven a China huyendo de la crisis económica europea. Pero el caso de Shaowei es singular: se crió en Vilagarcía de Arousa, aprendió gallego con las canciones del Xabarín Club y ahora tiene que repasar el Mandarín en su regreso al país de sus padres.
24 oct 2011 . Actualizado a las 10:35 h.En el país más poblado apenas viven seis mil españoles. Muchos de ellos han llegado este año huyendo de la crisis. Antes o después pasan por el consulado de Pekín. Hacen cola para inscribirse, solicitar el voto por correo o renovar el pasaporte. Es el caso de un joven que me da la espalda. Percibo con nitidez su acento gallego. El diálogo que mantiene con la funcionaria confirma mis sospechas: «¿Natural de??» «Vilagarcía de Arousa», responde. Cuando termina, decido entablar una conversación: -¿Hola, eres gallego verdad? -Si, ¿tanto se me nota?, me contesta mientras se gira. Poco a poco descubro su rostro. Shaowei es un gallego de raza china y esta es su historia. «Por primera vez en mi vida siento que ser chino y español es una ventaja». Shaowei pronuncia esta frase con la seguridad de quien sabe que ha encontrado su sitio. Por fin ha unido sus dos mitades, su ying y su yang, dos realidades enfrentadas durante gran parte de su vida, que ahora se suman para favorecerle.
Sus padres lo animaron
En la primera mitad del año, 295.141 personas salieron de España en busca de un futuro mejor. La mayoría, como él, con estudios universitarios. Llegó a Pekín en febrero. «En España había terminado Económicas pero no tenía ninguna perspectiva laboral. Fueron mis padres los que me animaron a viajar a China». La familia de Shaowei procede de Qingtian, el pueblo del que provienen más del 90 % de los chinos que viven en España. Llegaron a Vilagarcía de Arousa en los ochenta. Allí montaron un restaurante, el Dragón de Oro. «Fue el primero, y la verdad es que nos fue bastante bien. La zona del Salnés tiene muchísima población así que pronto nos hicimos con una clientela fija». Shaowei creció libre del gueto. Ni un solo niño chino más en 30 kilómetros a la redonda fue el mejor camino para su integración plena. Estudió primaria en el Colegio A Lomba.
Pasó los veranos bañándose en las playas de A Illa y perfeccionó su gallego gracias a las canciones del Xabarín Club. «Fuimos los únicos chinos en Vilagarcía hasta hace unos 5 años , y eso nos benefició. Los chinos que emigran a grandes ciudades se relacionan solo entre ellos». Es curioso, pero para Shaowei las malas experiencias relacionadas van ligadas a los adultos, no a otros niños. «Los únicos que me lo hicieron pasar un poco mal fueron algunos profesores, que insistían en que hablase chino, como una gracia. Yo no quería porque si yo era español, ¿por qué querían que hablase en chino? Un día me presionaron tanto que me eché a llorar». Los hijos de emigrantes maduran rápido, así que Shaowei compaginó su afición a las andanzas de Son Gokü y As Bolas do Dragón con el trabajo en el restaurante. Con tan solo 10 años ya acompañaba a sus padres a Hacienda para traducirles los papeles. No fue hasta la adolescencia cuando comprendió que era diferente. «Mis amigos comenzaron a salir los sábados, eso es impensable en una familia china con un negocio como el nuestro. Cuando yo les preguntaba que si podía ir a la discoteca me decían que el restaurante estaba lleno». Por eso cuando llegó a la universidad dice que se sintió liberado de su mitad asiática y se sintió, más que nunca, uno más. Estudió en Santiago, donde compartió esfuerzos en su piso del Ensanche con sus amigos de toda la vida. «Me di cuenta de que no había tenido adolescencia, así que decidí relajarme un poco y pasarlo bien. Fueron los mejores años de mi vida». Todo fue bien hasta que terminó la carrera en el 2009, el peor año de la crisis. Y ahí comenzó también la suya propia. «De pronto, no sabía quién era. Al buscar trabajo de Economista comencé a ser ?el chino?. Y yo me sentía español, es más, lo dice mi pasaporte. Las oportunidades de trabajo eran poquísimas. Todos los chinos queremos tener un negocio propio y en España lo que me esperaba era el mileurismo». Shaowei emigró, como tantos otros, con una botella de Estrella Galicia en la maleta, «es de las pocas cosas que me he traído», dice sonriendo. Al llegar a Pekín se puso a estudiar mandarín.
Necesitaba perfeccionarlo, como otros huàyí como él, es decir, extranjeros de origen chino, hijos de emigrantes pero con estudios universitarios. Son el perfil más buscado por las empresas dedicadas al comercio internacional. No solo son bilingües, también conocen las dos culturas y eso, en el mundo de los negocios, no tiene precio. Sus dos mitades pesan muchísimo más que su formación académica. Licenciados en Económicas hay miles. Pero españoles de raza china son muchos menos.
El futuro parece querer devolverle la sonrisa que siempre ilumina su cara, en la que sin duda tiene mucho que ver Daniela, su novia china, nacida y educada en Italia y, como él, economista. Acaban de conocerse y sin duda es la culpable de lo bien que se siente Shaowei en Pekín. «El único día que me invadió un poco la morriña fue el 15 de agosto, me acordé de la Fiesta del Agua de Vilagarcía. ¡Y aquí pasé un calor terrible!». En noviembre tiene pensado ir unos días de vacaciones a Qingtian. Allí le esperan sus abuelos, sus otras raíces. La visita le hará más completo, fundiendo el pasado con un presente que desde siempre siente unido a las orillas del Atlántico. «Todos los chinos sueñan con retirarse aquí, pero yo, en cuanto pueda, volveré a mi tierra, a Galicia», dice orgulloso.