El apocalipsis es una presencia constante, obsesiva, en la cultura japonesa contemporánea: monstruos, seres mutantes, cataclismos, dictaduras del futuro
20 mar 2011 . Actualizado a las 06:00 h.«Tokio, magnitud 8». Así se titula una serie que la televisión japonesa tenía previsto volver a emitir dentro de días, y que muchos fans esperaban ansiosos. Ha sido suspendida. Basada en un famoso manga (cómic japonés), la serie especulaba con el horror de un terremoto de magnitud 8 en la escala de Richter en Japón. Desgraciadamente, la imaginación de los guionistas se quedó corta: el temblor de tierra que sacudió al país la semana pasada ha resultado ser de 9. Como en Espíritu del Sol, otro manga reciente, la sacudida vino acompañada de un tsunami devastador. Y como en Coppelion, otro manga igualmente célebre, a este le ha seguido una catástrofe nuclear.
No es una casualidad. Se trata tanto de temores como de profecías. En el cómic Omega Complex el país entero sufre de radiación tras una guerra nuclear, lo mismo que en Zero, donde los supervivientes contaminados por el uranio se drogan para soportar el aburrimiento. La imaginación japonesa de la distopía parece inagotable: desde el tsunami de 500 metros del que se habla en Ex-Shounen Hyouryun (2000) al extravagante futuro descrito en Sangre de la Trinidad (2001), seguramente la única obra de ficción que se imagina un futuro en el que la Iglesia católica se ha convertido en el mayor poder militar del planeta... Y no es solo la cultura popular. En Después del terremoto el escritor Murakami explora los flecos del temblor de tierra de 1995 en Kobe.
No es muy sorprendente, si uno considera la geografía de Japón: asomado a la fosa de las Marianas como quien se asoma a un precipicio, Japón está, literalmente, al borde del abismo, sacudido por los terremotos, expuesto a las erupciones y los maremotos. Geológicamente, debería haber desaparecido ya hace milenios. Su mera existencia es un milagro. Y, consciente o inconscientemente, esa invulnerabilidad es lo que refleja la cultura japonesa.
Pero si bien es cierto que la cultura del desastre japonesa se alimenta de miedos atávicos, sus raíces son en realidad modernas. Se remontan a la Segunda Guerra Mundial, que Japón vivió como un apocalipsis. Lo fue. El bombardeo de Tokio con napalm causó 100.000 muertos, un millón de desplazados y la destrucción total de la cuarta parte de las casas de la ciudad (el cineasta Akira Kurosawa vio arder la suya aquella noche). En tan solo diez días, otras setenta y cinco grandes ciudades fueron arrasadas, y en seis meses quedaron calcinados 500 kilómetros cuadrados del país.
Esos fueron los hechos que quedaron grabados en la mente de aquella generación. Mucho más que Hiroshima y Nagasaki, por la simple razón de que durante años se ocultó la verdad y se prohibió hablar de la radiación. Cuando finalmente se rompió el tabú, fue a través del cine, y gracias a un monstruo: Godzilla.
Godzilla (conocido en Japón como Gojira), ha sido, durante décadas, el rey del cine de monstruos japonés. Sobre él llegaron a hacerse más de dos películas al año, con tanto éxito en Japón como en el resto del mundo (entre sus fans se cuenta, por ejemplo, el dictador norcoreano Kim Yong-il, quizás muy apropiadamente).
Pero este monstruo destructor nacido de un experimento radiactivo, que de noche duerme en la bahía de Tokio y de día se pasea pisando edificios, era algo más que un personaje de serie Z. Su creador, Tanaka Tomoyuki, lo concibió como una protesta contra el silencio sobre los efectos de Hiroshima y una metáfora de la rabia contenida de muchos japoneses por los sufrimientos del pasado (el propio Tomoyuki era quien iba dentro del disfraz del monstruo, como en gesto de terapia freudiana). En ese año, 1954, a los irradiados de los bombardeos nucleares (los hibakushi) todavía no se les reconocía su condición médica, y de hecho se veían obligados a ocultar su enfermedad como una vergüenza. Godzilla, él mismo un hibakushi, era su vengador. Hollywood hizo en seguida un remake en el que se eliminaron todas las referencias veladas a Hiroshima y Nagasaki.
El malestar de la cultura
Godzilla no solo reflejaba el rencor del pasado, también el temor al futuro. Los años en que el público llenaba los cines para ver sus películas eran los mismos en los que se ponía en marcha el programa japonés de reactores nucleares. El estreno de la primera película de la serie coincidió con el incidente del Daigo Fukuru Maru, un barco de pesca japonés cuya tripulación se vio expuesta a la radiación, cuando sin querer atravesó una prueba nuclear norteamericana en el Pacífico. Con la guerra de Corea recién terminada, pocos se creían las garantías de que Estados Unidos no albergaba armas nucleares en sus bases en territorio japonés. Desde entonces, esa sensación de vulnerabilidad y rabia no ha dejado de crecer. La sociedad japonesa es, efectivamente, extraordinariamente disciplinada y estoica, pero anida en ella un malestar sutil y a la vez profundo, el que se expresa en esta cultura del apocalipsis. Ya sea sublimado en personajes a los que la radiación, en vez de debilitar, otorga poderes sobrehumanos, ya exagerado en las desgarradoras historias de destrucción y muerte, el manga y el cine son una especie de subconsciente colectivo lleno de terrores y fantasías, en parte una forma de conjurar el miedo y en parte la fascinación morbosa del abismo. Finalmente, estos días, los japoneses se han encontrado frente a frente con sus pesadillas. El accidente nuclear que se pronostica en Coppelion para el año 2016 se ha adelantado cinco años. Solo que ya no es una pesadilla sino una realidad.
Godzilla cuenta, entre sus fans, al dictador norcoreano kim yong-IL, quizás muy apropiadamente
«La gran ola de Kanagawa», de Katsushika Hokusai (1830)