El golf tiene enganchados a padre e hijo. Hablan y practican todos los fines de semana no solo sobre el «green», sino también con la consola
07 feb 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Trece golpes separan sus respectivos hándicaps, pero para Bernardo Fernández y su hijo Miguel no hay obstáculo que les impida ir cada fin de semana a practicar su afición favorita, jugar al golf. Teniendo en cuenta que los encuentros suelen durar unas cuatro o cinco horas, sumadas al tiempo que les lleva desplazarse al campo del Monte Castrove en coche y volver, «al final nos pasamos todo el día, desde que salimos hasta que volvemos, jugando y hablando de jugadas». Y no contentos con eso, en casa practican con la Xbox, donde el padre, a pesar de meterse en la piel de Tiger Woods, reconoce que tampoco puede con su hijo, al igual que en el green (el hándicap de Miguel es de 21,5 y el de Bernardo, 35, «aunque ya estuve en 30).
Como dice este último, en el golf «siempre son los amigos los que convencen a uno para empezar». «Vas un día, te dejan unos palos y pruebas y luego vas a clases -explica-. Y una vez que crees que ya sabes algo, que es mentira, compras los palos». Entre que ensayó su primer swing en el 2003 y se examinó para su hándicap pasó un año. «Hasta que te das cuenta de que te gusta pasa un tiempo, pero después engancha; cada vez que sales al campo es distinto; hay muchas circunstancias aunque se juegue en un mismo sitio», dice. Su hijo le corrobora: «Te vicias». En su caso, antes de practicar acompañaba a su padre, «pero nunca le obligué a jugar ni nada, le llevaba solo para que viera», asegura Bernardo. Un día cogió un palo y enseguida estaba en la escuela del Monte Castrove, donde pronto hizo pandilla. «Es un deporte -afirman- en el que no solo juegas, sino que compartes mucho, hablas y haces muchas amistades en el campo».
Destacan a este respecto que es posible ver a familias entre hoyo y hoyo. «Hay parejas de todas las edades, novios jóvenes o matrimonios de mayores y es precioso verlo», subraya Bernardo. Otro de los aspectos que alaba es que se trata de un deporte «en el que te abstraes y relajas», aunque ahí discrepa Miguel, que va «más concentrado». «Por eso lo hace bien», añade el padre.
La afición en Pontevedra va en aumento, según aseguran, y para comprobarlo basta estar en el campo un sábado, «donde a veces no hay sitio para jugar, y eso que se sale cada diez minutos». Y rebaten el estigma de deporte elitista que arrastra desde siempre el golf. «Efectivamente, necesitas dinero para comprar los palos, pero los hay de diferentes categorías -explica el padre-. Cuando empecé, me gasté 50.000 de las antiguas pesetas, pero es una inversión para muchos años. Y como socio en Monte Castrove pago por la familia 40 euros al mes, más otros dos cada vez que juegas».
Padre e hijo reconocen que sobre el campo hay piques. «Y quien pierde, paga los refrescos del final». Bernardo reconoce que la mayor parte de las veces le toca a él y es que Miguel apunta maneras. Ya ha ganado tres torneos en Monte Castrove y uno en Ferrol, este último la primera vez que pisaba el campo.