Los griegos -esos señores barbudos que lo inventaron todo- ya tenían muy claro allá en su siglo IV antes de Cristo que gobernar es, en esencia, una cuestión de prioridades. El negocio consiste en dar paso inmediato a lo urgente e ir luego manejando la agenda (que entonces tenía formato de papiro) según las necesidades del ciudadano, piedra angular de toda democracia.
Por eso siempre resulta asombroso observar, unos cuantos miles de años después, cómo barajan nuestros políticos las prioridades. Porque en este país atlántico, zarandeado por la historia y por gestores no siempre del todo astutos, asistimos simultáneamente a la construcción de ese cascarón vacío varado en un monte llamado Gaiás, del que solo conocemos por ahora su multimillonario coste, mientras algunos de los tesoros irrepetibles de nuestra cultura se caen (literalmente) a pedazos.
Puestos a establecer prioridades, tal vez deberíamos dedicar los cientos de millones de euros del Gaiás a mimar la catedral de Ourense, que ya sabemos que no la diseñó Peter Eisenman en su ultramoderno estudio neoyorquino, pero tampoco es plan dejar que la devoren las goteras. Y, ya embalados, a ver si aparcamos de una vez la burocracia y sus riñas colaterales y restauramos Baroña, un castro al borde de la ruina que todavía hoy asoma su impagable belleza sobre el Atlántico.