Bibiana Infante, psicóloga clínica y entrenadora líder en disciplina positiva: «Lo primero con nuestros hijos es entenderlos, y eso no significa justificarlos ni hacer que se sientan el centro del mundo, al revés»
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«La mirada en vacaciones es ''somos un equipo'' y elegir las batallas con expectativas no muy altas. No le grites si hace la cama y la sábana no está estirada, hay que bajar las expectativas», recomienda esta psicóloga madre de dos hijos, pionera en Galicia de la «firmeza amable»
16 jul 2026 . Actualizado a las 20:56 h.Tener mucho tiempo libre no es el paraíso, ni aburrirse la más exótica isla por más que a veces lo imaginemos así. «El ocio indefinido no aporta demasiado. Pero eso no significa que en verano haya que hacer mil actividades. Tampoco hay que dejar a los niños completamente libres y sin horarios. Se puede mantener una estructura: horarios de comida, de acostarse y de levantarse», comienza Bibiana Infante (Barcelona, 1974), psicóloga directora del Centro de Disciplina Positiva, autora de Navega hacia tu bienestar. 9 claves para disfrutar de buenas relaciones, y pionera en Galicia en el acompañamiento a familias, parejas y empresas con cariño y límites. Sin fórmulas, con herramientas, sobre todo desde la intención de entender a las personas. Este es el punto de partida desde el que Bibiana Infante activa su GPS para conectar con los más cercanos sin que se agote la batería.
Bibiana me recibe abriendo la primera semana de julio en el espacio de conexión Keiken el Apartamento, en A Coruña, que propone con actividades como crochet, meditación, club de lectura y talleres de distintas temáticas «volver a lo simple, sin prisa».
Más de 25 años de experiencia tiene esta entusiasta de la firmeza amable en su trabajo con madres, padres y profesionales de la educación. Este verano, esta madre de dos hijos de 18 y 16 años revisa lugares comunes y propone deberes más o menos naturales, domésticos. «El verano puede ser el mejor laboratorio emocional para la familia», asegura esta experta que invita a salir del reproche y apostar por la conexión y la sonrisa. «Cuando nuestros hijos tienen un problema académico, de Matemáticas, por ejemplo, los padres ayudamos y somos de lo más alentadores. Cuando el problema es emocional o social, no somos así. Cuesta», avisa.
—¿Cómo empezaste en disciplina positiva, fue por algo personal?
—Fue una mezcla. Yo veía la cantidad de malestar emocional que había. Pensaba: «Qué lástima que las personas vengan así a consulta». «¿Cómo podemos evitar llenar los servicios de salud mental haciendo trabajo preventivo?». Porque lo que hay es una manera de ver el mundo, de enfrentarse a las cosas día a día, que lo que hace es que al final aparezca ese malestar. Pensaba: «¿Cómo podemos hacer algo antes?». La clave está en el clima que se crea en las casas y en las aulas. En cómo podemos educar a los niños para que sean, finalmente, adultos preparados para la vida. Como madre, encontré una forma de educar que une firmeza y respeto. No tuve que elegir entre autoridad o cariño.
—¿Son dos climas importantes, el del colegio y el de casa?
—Son muy importantes los dos y pueden ser complementarios. Si hay dificultades y problemas en casa, los maestros pueden compensar y equilibrar, y viceversa. Son muchas horas y años... Años determinantes, en los que se configura lo que pienso de mí, de los demás, qué pienso del mundo...
—¿Cómo influyen la edad y la madurez del niño en cuanto a responsabilidad y exigencias? No es lo mismos 2 años que 7 que tener 12 o 16.
—Yo lo que quiero que las familias entiendan es que no es tanto cómo hacer las cosas en cada etapa. Es más cómo entender a los demás, y da igual la etapa. Los niños y los adolescentes quieren ser tenidos en cuenta, sentir que pertenecen, que sus padres los escuchan. Además, quieren saber en qué pueden colaborar y ser útiles. Siguiendo estas necesidades, vamos a fomentar un clima de cooperación y colaboración en casa. Es igual que sea un niño de 2 años que te ayuda a llevar un pañal a la basura o un chico de 15 que vacía el lavaplatos o cuida a su hermano. Deben entender que forman parte del mundo, que no son el centro de él y que sentirse útil y capaz es lo que promueve la salud mental y el bienestar.
—Varios profesionales han subrayado esta idea: «Ser feliz tiene que ver con sentirse capaz». ¿Correcto?
—Con sentirse capaz y con sentirse útil. No es «yo puedo con todo», es más «soy útil».
—¿Cómo encajamos las quejas?
—La queja puede estar. «¡Qué pesada, mamá! Siempre yo...». Aquí entra tratar de evitar conductas a corto plazo, para fomentar lo que nos interesa a largo plazo: la cooperación.
—Si me pide un bízum de 20 euros no lo hago de inmediato sin pensar.
—No, claro. Ellos deben saber que tienen que esperar, que los privilegios conllevan responsabilidades. Y en eso no hay que ceder al «¡mamá, por favor, por favor, por favor, por favor!».
«Entender a los hijos no significa justificarlos ni permitirles todo. Los conflictos en las familias van a existir siempre; la cuestión está en cómo los reparamos»
—¿Cómo podemos conseguir que no se vean el ombligo del mundo y a la vez se sientan valorados?
—Fundamentalmente entendiéndolos. Entenderlos no significa justificarlos ni permitir todo. «En esta casa la hora de llegada son las 10.30; entiendo que quieras venir más tarde, pero no puede ser». Los conflictos en las familias van a existir siempre; la cuestión está en cómo los reparamos. Dar un grito y perder los nervios te va a pasar. No es cuestión de que seamos padres perfectos, sino de reparar los errores. Ahí entran los valores de cada familia. «En casa pensamos que un menor de 16 años no puede llegar más tarde de las once», por ejemplo. Firmeza.
—¿Hay que ser inflexible?
—No. Hay que darles un margen. Sí se puede ser flexible. Como madre ten en cuenta que si les dices a las diez y media para ellos van a ser las once. Pero de las once no pasa. ¿Que vuelve a las diez y media? Se lo agradeces. No le haces la fiesta, pero se lo agradeces. Confiar y agradecer.
—¿Qué cambios has visto en padres e hijos, en los errores y desafíos que nos plantea ahora la educación?
—Los padres y madres quieren hacerlo bien. Cada vez se preocupan más por el bienestar de los niños, buscan información. Hay muchas ganas, pero a veces confundimos entender con justificar. Quizá no queremos repetir el modelo de nuestros padres, y huyendo de una educación algo autoritaria nos hemos pasado de frenada y nos hemos ido a un modelo más laxo. La disciplina positiva no es «cariño, cómo te entiendo, dame un abrazo», es firmeza y cariño a la vez. Por más enfadado que esté el niño no puede quemar el colegio. Porque esto tiene penalización, consecuencias.
«Lo que ha cambiado son las relaciones, cómo nos relacionamos padres e hijos. No han cambiado los niños, ha cambiado el contexto»
—¿Se pueden poner normas con respeto, sin manipular a los niños?
—Sí. Ese respeto mutuo entre padres e hijos es la clave de la disciplina positiva. Si me preguntas lo que más ha cambiado en los 25 años que llevo trabajando con familias, los niños son los mismos. Lo que ha cambiado son las relaciones, cómo nos relacionamos padres e hijos. No han cambiado los niños, ha cambiado el contexto: hoy tenemos más prisa, más culpa, más comparación, más pantallas, menos tribu y menos tiempo emocional. Tenemos más información sobre crianza que nunca y, paradójicamente, muchos padres se sienten más inseguros que nunca.
—¿Es conveniente forzar a un adolescente a pasar las vacaciones con sus padres y hermanos si no quiere?
—En la adolescencia lo importante son los amigos, así que a lo mejor no van dando saltos de alegría, pero creo que esas vacaciones son una oportunidad buena de escucharse, de conectar, de colaborar... Todos al apartamento, vamos a ver cómo distribuimos las tareas para que la carga no recaiga entera en las madres. La mirada es «somos un equipo» y elegir las batallas con expectativas no muy altas. No le grites si hace la cama y la sábana no está estirada. Hay que bajar las expectativas, sin buscar esa perfección. Hay mucha madre de «está bien, pero...». Y el problema no es que la habitación esté muy desordenada, sino que como la madre no puede ver la habitación en caos ya la ordena ella.
—Entonces el problema es más la obsesión de esa madre por el orden...
—Claro, y hay que entender que lo que para ti como madre es prioritario para un niño o un adolescente nunca lo va a ser. Para un adolescente nunca es prioritario hacer la cama. Y aquí entra la firmeza amable: «Lo entiendo, mi vida, pero hay que hacer la cama y recoger la habitación. ¡Qué mala suerte, te ha tocado una madre que quiere la cama hecha!». Tira del humor, porque ayuda a que no te tomes las cosas a título personal. Yo cuando entro en la habitación puedo decir [voz de lamento]: «Hay una toalla mojada, tirada en el suelo, triste, no os podéis imaginar la tristeza de esa toalla». En vez de «recoge la toalla, eres un cerdo».
—¿Qué podemos hacer para que los hijos confíen y nos cuenten?
—Contar cosas nuestras es una manera de conectar con ellos fundamental. No es solo preguntarles. No es solo contarles desgracias o penas, sino contarles como le puedes contar algo a una amiga o a tu marido. Primero, ellos quieren información. Segundo, te van a preguntar y van a escuchar lo que cuentas.
—¿Se parecen en algo la infancia y la adolescencia?
—Los retos en la infancia y en la adolescencia son muy parecidos. La diferencia es que el niño pequeño se tira al suelo y el mayor te da un portazo y dice: «¡Tú flipas, mamá!». El cerebro está en los dos casos en esa poda neuronal... Y luego, ¿tú tienes algo que ver ahora con la que eras cuando tenías 15 o 16 años?
—¿La flexibilidad es la mejor aliada?
—Los padres intentamos ser flexibles y los hijos se aferran a esa flexibilidad, y entonces se ponen pesados. Con lo que tenemos que lidiar los padres es con la pesadez, que viene en el pack. En la norma tengo que ser un disco rayado, poca argumentación. Si les das argumentación les das munición.
—¿La sobreprotección es un lastre?
—Sí, claro, y la permisividad también. Pero hay que soltar. El campo de operaciones que tienen cuando crecen es la adolescencia, con la suerte de tener un lugar donde volver y sentirse acogidos. Necesitamos que los niños vivan, que se arriesguen... y entender que nosotros somos los histéricos. ¡El puntito que al beber tiene una adolescente nosotros lo vemos como una cirrosis a los 40! No hay que ser derrotista, hay que relativizar. Claro que lo importante son los valores de cada familia y sobre todo esa parte de respeto mutuo con los hijos. «Si yo como madre no me duermo hasta que tú llegas, ni vas a volver a las siete de la mañana ni las nueve de la noche, sino algo intermedio».
—¿Es normal que peleen con sus hermanos, el conflicto en casa?
—Sí. El conflicto es un campo de operaciones buenísimo. Y eso de «mis hijos no se pelean» es como «el mío duerme toda la noche» y «mis hijos todo matrículas de honor». Están entre las cinco mentiras del top... Claro que todo depende de las gafas que te pongas y el prisma con que lo mires.
—Lo que relaja que nos quieran en el resbalón. Ser Quijotes de los fracasos, como dice un gran escritor...
—¡Claro! Los errores son oportunidades de aprendizaje. Yo he crecido más gracias a mis fracasos que a mis aciertos, mucho más. Necesitamos que los niños cometan errores y tengan ese lugar al que volver. Como padres es «te sigo queriendo y esto no puede volver a pasar». Fíjate que es «y», no «pero».
—Quizá con un niño de 10 o 12 años es más sencillo negociar que con un adolescente de 16 o 17...
—Cuando son pequeños les podemos educar. A partir de la adolescencia solo podemos influir, lo otro está hecho. Tenemos que aprender a escuchar. Lo que quiero decir es que cuando escuchemos a nuestro hijo no haya tanta connotación, que vayamos tabula rasa, sin la moralina... La conexión con un adolescente no se exige, se cultiva. Por eso el verano es muy buen momento para compartir nuestros errores. ¡A ellos les encanta! Y no te lo echan en cara... Y, si te lo echan en cara, lo puedes admitir con humor.