El gran cambio físico de Carlos Martínez: «Mido 1,66 y llegué a pesar 115 kilos, desayunaba tortilla y una porra»
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Este joven madrileño se propuso cambiar por completo su vida hace ya dos años. «Me dijeron lo típico de "no hay huevos" y me lo tomé de manera personal», señala Carlos, que ha mejorado mucho su vida, no solo físicamente
16 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.«Tenía la fama entre mis amigos de ser el que más comía y el que más bebía. Un día me pillaron por banda y me soltaron lo mítico de “no hay huevos a pegar un cambio”, así que como buen español, me lo tomé de forma personal». Este fue el nacimiento de Pichifit, el alter ego en Instagram de Carlos Martínez, un joven madrileño con sangre gallega, de 27 años, que le dio un giro de 180 grados a su vida, marcada desde siempre por los complejos. «Soy una persona bajita, de 1,66, y pesaba 115 kilos. En mi casa siempre se ha sido muy estricto con el tema del régimen, entonces cuando salía por ahí aprovechaba. ¿Que me cenaba una ensaladita con puré y pescado? Pues luego me iba a un burger», relata. Además, su constitución física estaba condicionada por una grave enfermedad que sufrió de pequeño: «Cuando era tan solo un niño tuve leucemia, lo que me provocó problemas con los corticoides. Siempre he estado gordo». No obstante, la rutina que llevó en la época posterior a la adolescencia hizo que la situación empeorase. «Bebía tres o cuatro días a la semana. Me despertaba con una resaca del quince y me metía un plato de espaguetis o me pedía unas hamburguesas. En el curro desayunaba siempre un pincho de tortilla y una porra. Siempre estaba lleno, se volvió un descontrol», declara.
Carlos describe a su yo del pasado como alguien que no tenía rutina y que no se preocupaba en absoluto por su bienestar: «Más allá de despertarme para ir al trabajo, del que me echaron hasta dos veces distintas por salir de fiesta y no presentarme, no hacía nada. Me acostaba tardísimo y siempre alargaba la alarma lo máximo posible. Salía de casa a toda prisa, había días que no me daba tiempo ni a ducharme. No hacía deporte, ni siquiera andaba, pillaba un taxi o un bus para ir a todos lados». Ahora Carlos mira hacia atrás con sorpresa e ingenuidad, preguntándose cómo un joven de veintipocos años caminaba únicamente 2.000 pasos al día y metía todo tipo de cosas a su cuerpo sin discriminar, fuese alcohol, azúcares o tabaco. «Iba a las pruebas médicas y me decían que para ser tan joven varios parámetros de mi salud eran preocupantes. Era propenso a tener problemas coronarios, diabetes, tenía el ácido úrico por las nubes... Pero con mi edad el cuerpo resiste, no eran datos alarmantes, así que seguía con mi vida como si nada», comenta.
PROBLEMAS A NIVEL SOCIAL
«Yo soy muy inseguro, lo he pasado muy mal. Por ejemplo, con las mujeres. La sensación que yo daba de puertas para afuera era la de alguien gordo que lleva una vida desastrosa y que reflejaba un cansancio físico y mental enorme, no me gustaba nada. Entonces, cada que vez que una chica me hacía un poco de caso, era el amor de mi vida. Tenía que aprovechar esa oportunidad, sí o sí», se lamenta Carlos. El problema no era solo a nivel amoroso, su desconfianza en sí mismo llegó a unos niveles tan enfermizos que siempre buscaba la aprobación de los que lo rodeaban: «Te das cuenta de estas cosas cuando te dicen que todo lo que sale de tu boca termina con una pregunta. Cualquier opinión, por básica que fuese, tenía que sentir que el otro la compartía, por ejemplo, afirmaba que hacía frío y por si acaso añadía un “¿no?” al final para asegurarme de que no había dicho una tontería».
Para una persona pasional y emocional como Carlos, todo esto empezó a formar una bola de nieve de ansiedad y malos pensamientos. «Si me sentía mal por mi comportamiento, por un desamor o porque mis notas eran un desastre, acudía a la comida como refugio. Me daba una falsa sensación de felicidad y tapaba lo otro momentáneamente», cuenta. Había llegado al límite, no quería seguir así más tiempo y fue a principios del 2024, con 25 años, cuando decidió poner un punto y aparte.
«Mi primera motivación fue querer verme mejor físicamente. La segunda, que yo siempre me he considerado una buena persona, pero he sido un puñetero desastre: me despidieron dos veces, me he pasado con la farra, he tenido peleas con mis padres... ¿Cuándo iba a parar esto? A todo esto se le sumaba el reto que me hicieron mis amigos de forma tan directa, así que tenía que ponerme a ello», razona. No solo se propuso mejorar sus hábitos, también documentar todo el proceso a través de las redes: «Me creé una cuenta en Instagram llamada Pichifit en la que subo vídeos sobre mis rutinas de ahora y cómo he ido cambiando a lo largo del tiempo. No me esperaba tener tanto éxito, me lo encontré. Un amigo que estudiaba audiovisuales me dijo que él se encargaba de grabar y editar, acepté y empezamos. Claro, cuando un vídeo me pilló cuatro millones de reproducciones tenía que hacerlo sí o sí, o me iba a convertir en el gordo de España».
Para Carlos fue clave la constancia y no perder la cabeza, haciendo algo que pudiese tirar por la borda todo lo trabajado. «Al principio estás más motivado, los primeros dos meses son los más sencillos. Después se complica, porque empiezas a acusar dejar de ir a cenar con tus amigos o ir y no poder comer lo que quieres. Es duro pasar de zamparte cinco hamburguesas a la semana a ninguna, debes aprender a llevarlo», razona. El exceso de grasas era un problema, pero no el principal. El joven confiesa que no era eso lo que más le inquietaba, sino que su relación con el alcohol se convirtiese en una potencialmente dañina: «No era alcohólico, pero sí era lo que iniciaba muchas de las liadas de mi vida, así que lo dejé por completo durante un tiempo. Me costó un poco, pero cuando perdí peso y vi que empezaba a ligar cuando salía de fiesta por primera vez en mi vida, me animé. Ahora bebo, cuando voy a una discoteca bebo muy poquita cosa, pero, por ejemplo, cuando ceno con mi pareja sí que me gusta tomar un buen vino».
DEJAR EL TABACO
Carlos también sigue trabajando para dejar a un lado la nicotina, algo en lo que ha progresado bastante, aunque admite tener margen de mejora. «Me fumaba dos cajetillas al día. Eso se terminó, pero es verdad que ahora me he pasado al Iqos (dispositivo electrónico de calentamiento de tabaco), que sé que me perjudica un montón y quiero dejarlo, porque a la hora de ejercitarme, tener humo en los pulmones me frena», reflexiona.
Este joven lleva ya más de dos años en este proceso y ha perdido en torno a 40 kilos de grasa: «Mi nutricionista me recomienda no obsesionarme con el peso, porque cuando te pones a entrenar ganas kilos de músculo también, pero he mejorado mucho. Lo he notado en la ropa, sobre todo, antes iba vestido como un señor mayor, porque era el único tipo que me servía. Ahora puedo ir bastante más moderno, como a mí me gusta. Aun así, me sigue quedando mucho trabajo y es importante que siga la misma senda que en mis comienzos: paciencia, que esto es un camino muy largo». Para progresar, ahora considera indispensable dedicarle un montón de horas al ejercicio, algo que le apasiona. «Lo que más llama la atención en redes es el running, así que lógicamente es algo en lo que estoy muy centrado, pero practico otros deportes. Entreno un total de 15 horas semanales, por las mañanas voy a correr y por la tarde juego un partido de pádel o de fútbol, hago bici, gimnasio... Estoy orgulloso de poder competir en cualquier cosa, no como antes, que a los diez minutos estaba ahogado y tenía que parar», concluye.