Leticia Galdón, 32 años, cambió la gran ciudad por la aldea: «Los pueblos pequeños pueden ser atractivos para los jóvenes»

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Leticia Galdón, fundadora de la startup Blue Hope, emprendedora social.
Leticia Galdón, fundadora de la startup Blue Hope, emprendedora social. SERGIO SUEIRO

Esta emprendedora social tiene dos carreras y un máster, y antes de llegar a Anceu, en Ponte Caldelas, vivió en Londres, Ámsterdam y Madrid. «La ciudad me hizo sentir pequeña y, en cambio, el pueblo pequeño me ha hecho sentirme fuerte», cuenta Leticia Galdón. «Las personas inmigrantes y refugiadas son un buen match con la España vaciada», asegura

11 mar 2026 . Actualizado a las 18:16 h.

Es madrileña tiene 32 años, dos carreras y un máster. Y antes de llegar a Anceu, en Ponte Caldelas, vivió en Londres y en Ámsterdam, además de en Madrid, hasta que cambió el rumbo sobradamente urbano por otras maneras. Leticia Galdón, que actualmente lidera el programa de emprendimiento rural para mujeres Beautiful Bees y la startup Blue Hope, dedicada a conectar empresas con talento tecnológico, «personas refugiadas, inmigrantes o mujeres que han estado paradas bastante tiempo por la maternidad o por cuidar a un familiar».

Leticia ha hecho la mayor parte de su trabajo desde fuera. Y hace dos años decidió volver para seguir emprendiendo en su país. «Las personas inmigrantes y refugiadas son un buen match con la España vaciada», piensa.

Hoy, con la experiencia reciente de vivir en el pueblo, está trabajando en que las chicas de 18 a 29 años de zonas rurales puedan redefinir, a través del emprendimiento o el empleo, qué es el éxito. «Si se quieren ir del pueblo, que se vayan, pero que no se vayan porque sea la única opción», explica Leticia.

Ella vivió en el campo en Málaga antes de mudarse a Galicia este invierno. «En un pueblo pequeñito de la serranía de Ronda, y allí entendí que tienes que liderar con el ejemplo, que no puedes estar al frente de una comunidad rural de España o Europa viviendo en Madrid», revela quien dejó la capital para revitalizar la vida de los pueblos. Desde el coliving de Anceu la invitaron a pasar este invierno en la aldea. Aceptó. «Para mí fue una señal, porque el día que me llamaron justo acababa de decirle a la casera que dejaba el piso en Madrid», confiesa.

Las ganas de conocer el proyecto que lleva a profesionales de todo el mundo a Ponte Caldelas, Camino de Santiago reclamo aparte, movieron a Leticia a este milagro de aldea que crece y sostiene este impulso ya desde el 2020.

Comunidad Anceu. Andreea, África, Florian, Se, Rosa, Sara, Jorge, Jay y Agustín, junto a Leticia en el «coliving» que rejuvenece el padrón de Anceu, en Ponte Caldelas.
Comunidad Anceu. Andreea, África, Florian, Se, Rosa, Sara, Jorge, Jay y Agustín, junto a Leticia en el «coliving» que rejuvenece el padrón de Anceu, en Ponte Caldelas. SERGIO SUEIRO

«Antes de venir a Anceu me decían: ‘‘Te vas a aburrir”, y ni me he aburrido ni me he sentido sola. Aquí siempre hay cosas que hacer, y la gente ayuda»

«Me habían avisado de que andaluces y gallegos no os parecéis en nada», cuenta. Pero desde el primer día Leticia sintió en la aldea de Anceu esa misma acogida, «amable y cariñosa», del pueblo malagueño del que venía con ganas en la maleta.

«Anceu tiene mucha vida, muchas personas de diferentes países. Yo aluciné con la cantidad de cosas que puedes hacer: desde deporte con Víctor (en Rural Champs) a las clases de Ana para la gente mayor de 60 que quiera combinar deporte, bienestar y tecnología. Antes de venir me decían: ‘‘Te vas a aburrir”, y ni me he aburrido ni me he sentido sola», asegura y señala que la gente de Anceu «siempre ayuda». «Pasa en todas las aldeas de la zona, lo que llama la atención en contraste con Madrid y Londres, donde hay más oferta, pero te sientes más solo si no hay plan o no te invitan». En la aldea, no hay invitación personalizada. «Todo el mundo aquí es bienvenido», dice esta emprendedora, que avisa: «Hay que hacer los pueblos atractivos para los jóvenes. Pueden serlo». Vivir en medio del bosque ayuda a estar bien, hoy que la salud mental están en el foco por los excesos de la vida urbana.

«La ciudad a veces me hizo sentir pequeña, y el pueblo pequeño me ha hecho sentirme fuerte», aclara Leticia, que hoy elige la vida de aldea con ese valor real del tiempo y el de una comunidad pequeña que vive con los brazos abiertos.

La pareja en un banco de la finca de su casa.
La pareja en un banco de la finca de su casa. SERGIO SUEIRO

Andreea y Flo: «En Anceu nos enamoramos y encontramos la mejor comunidad y la casa de nuestros sueños»

Jóvenes y sobradamente conectadas son las aldeas que ponen wifi, juventud y un punto de luz en el mapa demográfico del medio rural en Galicia. Anceu (Ponte Caldelas), con un centenar de habitantes, revivió con un proyecto pionero. Senderiz y O Piñeiro son otros lugares que abren un campo de esperanza

Anceu aparece en el camino cuando ya no esperas más que darte por perdido o llegar a un bosque sin salida. Anceu no es lo que era, pero esta afirmación ha perdido su carga de nostalgia desde hace al menos unos cinco años, cuando la población del lugar empezó a triplicarse durante buena parte del año. Esta aldea de Pontevedra con un centenar de habitantes, a siete u ocho minutos en coche de Ponte Caldelas, ha mudado varias veces la piel desde 1970, el año en el que el que Rosa, que hoy ejerce de rural influencer y «madre de todos» en el coliving (‘vivienda colaborativa’) que le da nueva vida y gente joven al lugar, se marchó a Brasil a punto de cumplir los 7 años. «Cuando me marché, Anceu estaba llena de rapaces, había más casas, había una taberna, ¡y escuela!...», recuerda Rosa (con chubasquero azul y gafas en primera fila de la foto de portada). Hoy esta emigrante que ha vivido también en México D.F. constata otra realidad diferente al paisaje de su infancia: que las aldeas se mueren. Pero no solo porque envejecen y mueren los que viven en ellas, y faltan trabajo e infraestructuras, sino porque los que quedan «no siempre le abren los brazos a la gente» que llega de fuera.

Rosa, que es ese abrazo abierto al trabajador extranjero que quiere hacer vida en la aldea, volvió a su tierra en 1999, con 37 años, a cuidar de su madre en esta aldea que la vio dar los primeros pasos. La aldea la recibió al borde de los dos mil bien ligera de servicios y de gente («mucha se había ido, otros habían muerto»), pero con la «misma esencia», que aún conserva, según sus habitantes. Es esa esencia la que ha llevado a acuñar la expresión «efecto Anceu» para aludir a un impacto en la salud y la calidad de vida que tiene que ver con el silencio, las conexiones de alta velocidad e infraestructura digital gracias a la empresa Áurea, la carballeira del enclave, la calidad realista del tiempo o incluso con el amor. Porque de aquí, dicen algunos de los lugareños, como Agus y África, ha surgido la chispa de muchas relaciones de pareja, como la que forman Andreea Rusu y Florian Huljus.

La pareja delante del que es su hogar desde hace unas semanas.
La pareja delante del que es su hogar desde hace unas semanas. SERGIO SUEIRO

Andreea es de Rumanía y Florian, Flo, de Alemania. Los dos llegaron a Anceu en momentos distintos, que finalmente se hicieron coincidir. Juntos acaban de alquilar con opción a compra en la aldea de Rosa, en la misma que revitalizan Agus y África, la casa de madera de sus sueños. A esa casa nos llevan desde el coliving en el que se conocieron hace cinco años. Andreea llegó a Anceu con 25, estrenando profesionalmente la posibilidad del teletrabajo, poco antes de desatarse la pandemia del covid. «En la pandemia me sentí muy sola, aislada, en mi habitación de Bucarest. Pasó el covid, y yo quería descubrir el mundo, pero no tenía dinero y vi que el coliving era una manera de trabajar. Podías ‘‘pagarte’’ el alojamiento con trabajo», relata Andreea, arquitecta paisajista que se dedica al márketing, «una profesión en la que, generalmente, puedes trabajar desde donde quieres».

Así trabaja Andreea. Así empezó en mayo del 2021 en el coliving de Anceu, ocupándose del márketing de este espacio colaborativo de trabajo y vida donde confluye cada año gente de distintos lugares del mundo. «En Anceu descubrí a gente del mundo entero, distintas culturas, trabajos... Guau, pensé, ‘‘qué gente más abierta, qué comunicativo es esto’’», cuenta esta joven, que pasó de sentirse aislada en el centro de Rumanía a más conectada que nunca en una aldea remota de Pontevedra.

Andreea tenía previsto estar en Anceu un mes, pero fueron cuatro más y esa prórroga de quedarse en la aldea le permitió conocer al que hoy es su marido, Flo. Él, natural de Colonia, llegó a Anceu en septiembre del 2021, atraído también por la idea de conocer la experiencia de teletrabajar conviviendo con otras personas en circunstancias profesionales similares en un coliving. Él es comercial de software y fue un año sabático que se tomó para resetear el que encendió en su cabeza la idea de lanzarse a probar. Ese año sabático, Flo se movió por diferentes países, como México y Costa Rica, y fue hacer a pie parte del Camino de Santiago (de O Cebreiro a Compostela) lo que le acercó hasta Anceu.

Rosa (en la foto con Se, parte del equipo del coliving de Anceu) dejó su aldea a los 7 años, volvió tras vivir en México y Brasil, y hoy trabaja para ampliar la comunidad estable de Anceu. Rosa, Se y Ari son el motor del coliving con Agustín y África
Rosa (en la foto con Se, parte del equipo del coliving de Anceu) dejó su aldea a los 7 años, volvió tras vivir en México y Brasil, y hoy trabaja para ampliar la comunidad estable de Anceu. Rosa, Se y Ari son el motor del coliving con Agustín y África SERGIO SUEIRO

«Juntos estuvimos en más de diez países. Al elegir lugar para vivir hicimos una lista con muchas categorías»

Entre Andreea y Flo surgió una amistad. Él se fue de Anceu, ella se quedó y en mayo del año siguiente, el 2022, floreció la pasión en el lugar de su primer encuentro. Pensaron que la distancia tras cerrar el capítulo de su paso por Anceu haría que la suya fuera una relación con final anunciado, por las circunstancias. Fueron un año pareja a distancia (ella en Anceu, él en Alemania tras su estancia en la aldea) como pudieron. Se encontraron primero en Barcelona, después en Italia, y al cabo de ese año de encuentros puntuales, se pararon: «¿Qué hacemos ahora?».

El mapa de Andreea (31 años) y Flo (36) como pareja es grande, es un atlas con varios puntos en rojo: Italia, Francia, Suiza, Rumanía, Alemania, Indonesia, Bulgaria, Bélgica, Holanda, Londres... Una lista que no dan por concluida y a la que hay que añadir, como lugar aparte, Galicia.

¿Por qué se quedaron en Anceu? Con un bagaje tan amplio de destinos, la pareja tuvo en cuenta varios aspectos para escoger el lugar donde construir un hogar juntos. «¿Indonesia, Costa Rica...?, pensamos. Hicimos una lista con todos los lugares donde podríamos ir y empezamos a puntuarlos por categorías: idiomas, cultura, gente, conexión, tiempo (atmosférico), infraestructuras (si hay aeropuerto cerca) y comunidad», cuenta Andreea.

Varios países salían con aspa verde en la lista de la pareja en cuanto a tiempo, comida o infraestructuras, pero fue la comunidad lo que decantó la decisión. «¿Dónde está la mejor comunidad?». La clave la dio la respuesta. Después comenzó otra búsqueda.

Andreea hizo una consulta al equipo al frente del coliving de Anceu y el equipo se puso en marcha para buscar posibles casas para alquiler o compra. Y aquí intervino Rosa, que fue (y es) una suerte de Idealista andante en inmuebles disponibles en la aldea para ayudar a Flo y Andreea, como lo ha sido para que otros habitantes recientes del lugar tuvieran quien les alquilase finca o casa. Se necesitan perfiles influyentes de calidad para deshacer viejas ideas y ciertas desconfianzas.

Estamos llegando con Andreea y Flo, acompañados de Rosa, a ese que es, desde hace una semanas, el hogar de la pareja. «Qué casa más bonita», pensó por primera vez al verla, toda de madera, con hórreo, cruceiro, piscina y banquito bajo un naranjo y un limonero, Flo. El suyo fue, confiesa, un amor a primera vista con la finca. Y, curiosamente, la casa de sus «sueños» no estaba a medio hacer, ni era una idea, ya estaba hecha y además a la venta.

Los dos habían crecido en zona rural en sus respectivos países de origen y conocían los pros y los contras de la vida de aldea. Si Flo nunca quiso descartar la idea de tener una casa en el campo, Andreea oponía resistencias. «Yo no me veía viviendo en el campo, y mira...», se ríe ella, que nos invita a entrar en esa casa que sumará dos personas más al padrón de Ponte Caldelas.

Con cierto pesar de sus familias, pero también con su entendimiento, al «efecto Anceu» han sucumbido Andreea y Flo, como lo hicieron África y Agustín cuando él se decidió a arriesgar y tratar de convertir Anceu en una de las aldeas de referencia en conexiones de alta velocidad en el medio rural en Galicia, España y el conjunto de Europa.

Ponte Caldelas es pionero en conectividad, fue el primer municipio de España en lograr que todas sus aldeas tuvieran internet de alta velocidad. Entre ellas, el «milagro Anceu», la aldea que, desde el antiguo local de hostelería una emprendedora alemana, empezó a mirar al futuro con otros ojos, que cambiaron la vieja inercia de la resignación por la esperanza.