Montse: «No pude deshacer la cama de mi hijo hasta ocho años después de su muerte»

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«Llevo más de 20 años, y aunque me remueve contarlo, es bueno que vean lo que pasé», asegura esta catalana que ha perdido a tres familiares en la carretera y ahora imparte cursos para la recuperación de puntos

08 mar 2026 . Actualizado a las 18:07 h.

Montse era una madre feliz, con su marido y sus dos hijos, y esa felicidad se esfumó la noche del 14 al 15 de junio del 2002 cuando un conductor impactó con el coche en el que iba su hijo Aitor y tres amigos, entre ellos su sobrino. Aitor falleció en el acto.

Pero la carretera había cambiado su vida mucho antes. Fue en 1965. Ella tenía 14 años cuando un camión se llevó por delante a su hermana, de 7. «En aquel momento hacía un mes que había hecho la Primera Comunión y antes las fotografías no te las daban al momento, te las hacían y tardaban un poco. Ese día ella estaba muy contenta porque por la tarde, era un sábado, iba a ir a recoger las fotos», recuerda Montse sobre su hermana, «un cielo de niña», la menor de nueve en ese momento, porque habían tenido uno mayor que falleció a los pocos meses de nacer.

Ese accidente marcó su vida para siempre. En aquel mismo momento dijo: «Por yo conducir no va a morir nadie». Y nunca ha querido sacarse el carné. Sin embargo, cuando sus hijos tuvieron la edad de conducir, ella misma los incitó a sacarse el permiso. «Mi marido tenía dos trabajos por el bien de la familia, y mis hijos y yo habíamos dejado de hacer muchas cosas. Al yo no tener carné, vivo en Reus, la playa está a 10-15 kilómetros, durante la semana, cuando él solamente se dedicaba al trabajo matinal, —mi marido y yo hemos trabajado en Correos, teníamos horario intensivo— comíamos pronto y por las tardes nos íbamos a la playa un ratito. Pero cuando estaba con el segundo trabajo, que empezó siendo los sábados, y luego se extendió los jueves y viernes, pues no podíamos. Estábamos más limitados al no tener coche, tenías que depender del transporte público o de alguien que te llevara. Y yo no tenía, a pesar de que tengo mucha familia, en aquel momento no había nadie disponible para que nos llevara».

El destino, y las imprudencias, hicieron que su hijo falleciera en la misma carretera que su hermana. Una recta en la que se «supera fácilmente la velocidad permitida». «Mi hijo iba por esa vía, porque hay una gasolinera que era más barata. Un mes y medio o dos antes del accidente, yo me enteré de que él iba a repostar allí, y le dije: “¿Por qué vas?”, y él me contestó: “Ay, mami, es que allí es más barata”. Entonces recuerdo que le expliqué: “Pues cuando tengas que llenar el depósito, la diferencia te la pongo yo, pero no vayas. A lo que él me replicó: “Es que no es la carretera, son las personas”. Y tuvo razón. La persona que provocó su accidente, que le causó la muerte instantánea, se dio a la fuga y no sabemos quién es. Eso añade más dolor todavía».

Fue un guardia local, conocido de sus cuñados y de sus suegros, quien presenció el accidente. Enseguida se puso en contacto con su cuñada, la hermana de su marido, porque el hijo, el sobrino de Montse, también iba en el coche, además de otros dos amigos. Fue su cuñado quien los llamó por teléfono. Les dijo: «Venid, venid, ya hablamos ahora». Cuando Montse y su marido llegaron a urgencias del hospital de Reus, les dio el parte. «A Carlos lo están operando. A Edu se lo han llevado a Tarragona, —un traslado que ya indicaba cierta gravedad—, a Iván —el sobrino de Montse—, también». «Entonces yo me puse delante de él, y le dije: “¿El accidente ha sido muy grave?”, y me contestó: “Sí, muy grave». A mí no me hizo falta que me dijera que mi hijo no estaba con nosotros, yo ya le entendí, porque además a mi hijo no lo nombró».

Aitor, de 20 años, falleció en el acto. El impacto fue brutal. «El otro conductor iba a tal velocidad... Además, el coche de mi hijo era blanco, quiero decir que se podía ver perfectamente, pero iba a tanta velocidad el otro, que no pudo frenar. O frenó con el coche de mi hijo, que empezó a dar vueltas de campana, pasó al carril contrario y chocó con una furgoneta que venía en el otro sentido. Pero para entonces, antes de chocar, mi hijo ya había fallecido. Porque no tuvo más que un minuto y medio de vida, según el forense». 

LA HERIDA DE UN ACCIDENTE

A partir de ese momento, oír la llave en la puerta de entrada se volvió algo gigante. También una luz en la noche. O una música que le recordara a él. O una simple comida que le gustara. Su música, sus libros, su ropa... todo se convirtió en un mundo. «Yo no pude deshacer su cama hasta ocho años después, porque yo metía mi cabeza dentro para ver si olía a él», confiesa Montse, que tenía todas sus cosas en su habitación y no se atrevía a tocarlas.

En esos momentos, si algo la mantuvo en pie fue pensar en su marido y en su otro hijo. Sabía que no se podía derrumbar al cien por cien porque ellos estaban con vida. «Tienes que aprender a vivir, porque si no, más vale que te mueras, sinceramente lo digo, porque es muy difícil. Si no aprendes, no lo soportas. Yo he estado durante mucho tiempo yendo cada día al cementerio, porque lo necesitaba. Iba allí y era como si estuviera hablando directamente con él, que es una tontería, porque aquí en mi casa hablo igual con él, lo miro y le doy besos. Tengo toda la casa llena de fotografías de él, y de los demás también».

Nadie, asegura, puede ver desde fuera las heridas que deja un accidente. En junio de este año habrán pasado 24 primaveras y ella lo sigue teniendo más presente que nunca. En cualquier conversación lo saca. Sin ir más lejos, hace unos días celebraron el cumple de su nuera y de dos nietos, y cuando le fue a dar el regalo a la mujer de su hijo, «que es la hija que nunca tuvo», le dijo: «Llegaste a nosotros en un momento muy complicado —Aitor falleció en junio, y su otro hijo y su nuera se conocieron en Nochevieja— y fuiste la que diste un poco de luz a nuestra vida», porque es así, porque se te apagan todas las bombillas. Por dentro, tienes oscuridad, aunque salga el sol o haga un día maravilloso, porque te falta algo».

No pasaron muchos meses desde el accidente, cuando Montse se dio cuenta de que su historia podía servir para algo más. «Vi un anuncio de una madre de Málaga — cuenta Montse— que hablaba de su dolor y de su tristeza al perder a su hijo. Mencionaba a la Asociación P(A)T Prevención de Accidentes de Tráfico. Yo me quise poner en contacto con esta señora, y me dijo que la sede de la asociación estaba en Barcelona y convencí a mi marido para que me llevara». Se hizo voluntaria, y desde entonces, lleva más de 20 años —aunque ha habido algún parón— acudiendo a la autoescuela a ofrecer su testimonio: cómo se vive después de una experiencia tan cruel como es perder a un hijo en un accidente de tráfico. «Me conciencié de que tenía que dar mi testimonio porque solamente con que salve a una persona cada vez que voy a la autoescuela a mí ya me compensa». 

DELANTE DE INFRACTORES

Da charlas en los cursos de recuperación de puntos y confiesa que la primera vez que se sentó delante de personas que habían cometido infracciones sintió «rabia». «Sinceramente te lo digo, rabia, dolor, porque esas personas tenían una segunda oportunidad y mi hijo no la tuvo. Les digo que a mi hijo le quedaron todas las ilusiones en el asfalto, todos sus proyectos, que eran muchos, porque era una persona muy activa. Estaba estudiando para ser profesor de Educación Física. En aquel momento los miré y dije: “¿Estos qué han hecho?”. Porque mi hijo no ha hecho nada mal. Yo ahora termino siempre diciéndoles: “No olvidéis que vosotros estáis aquí por algo, algo que no habéis hecho bien, porque si no, no estaríais pagando para recuperar los puntos y poder seguir conduciendo», indica Montse, que en 1995, treinta años después de la muerte de su hermana, perdió a un tío después de que una furgoneta se saltara un stop y se llevara el vehículo en el que iba por delante.

De entre todas las caras que ha tenido delante recuerda la de un joven que le pidió permiso para salir del cursillo. Al ver que no entraba, ella fue a interesarse por él. Estaba fuera, llorando, y le preguntó qué le pasaba. «Es que oyéndola a usted, me acuerdo de mi madre y no me gustaría que ella tuviera que hacer lo que está haciendo usted ahora», le dijo él, a lo que ella le contestó: «Mi hijo no había cometido ninguna infracción, y tú tienes que procurar no cometerlas tampoco. Ahora estás aquí por algo...». «Sí, sí, y he tenido mucha suerte —le interrumpió él— porque se ve que la infracción era bastante gorda». «Pues todo eso es lo que tienes que evitar. Y así ni tu madre, ni tus hermanos, ni nadie tendrá que hacer lo que yo estoy haciendo. Porque mi hijo, el mayor, está sufriendo mucho la pérdida de su hermano», le explicó Montse, que señala que cuando falleció Aitor, su hermano al salir de trabajar, también estudiaba, se recorría todos los pueblos de alrededor para ver si encontraba el todoterreno que había provocado el accidente. Llegaba a casa y se queda dormido del cansancio, pero de repente empezaba a llamar a gritos a su hermano, y Montse y su marido, que estaban en la cama llorando la pérdida de su hijo, tenían que ir a consolarlo.

Montse cree que no se explican lo suficiente las consecuencias reales de un accidente. «Se habla de tantos fallecidos, de “un camión se ha caído”, “un autobús ha chocado”, “un turismo iba en dirección contraria”... Pero ahí lo dejan. Y no es así. Hay muchas vidas destrozadas por culpa de los accidentes». No oculta el pánico que le tiene a la carretera. Más de una vez ha sentido pavor al subirse a un coche. Solo le calma pensar que su marido es muy prudente, pero sabe que a veces eso no llega. «Mi marido no va corriendo, pero si en algún momento puede acelerar un poco más lo hace. En una ocasión le llegué a coger el volante, y sé que no se puede, que es doblemente peligroso. Hay momentos en que todavía no lo he superado. Me da miedo la carretera, la velocidad, si hay mucha caravana...». Y los sustos no acompañan. «Mi marido y yo en verano vamos a las playa de Cambrils un ratito por la mañana. Estábamos pasando por un paso de cebra, y de repente un chico con una furgoneta muy grande estaba mirando para el asiento, seguramente la hoja de reparto, si no llego a gritar, me hubiera pillado, las consecuencias no sé cuáles hubieran sido. Con las manos me pedía perdón, y le dije: “Perdona, pero no te perdono, porque por una persona como tú mi hijo está en el cementerio. Luego me arrepentí de no haberle perdonado, pero en ese momento es lo que sentía».

Contar su historia una y otra vez le remueve, pero señala que eso es incluso mejor porque así ven exactamente cómo es pasarlo. También porque no puede estar «machacando» a la gente de su alrededor con cómo se siente en cada momento, y verbalizarlo en estos cursos, en cierto modo, le sirve de desahogo.