Adrián López: «A los cinco meses de acabar la FP monté mi propio negocio y ya tengo 130 clientes»
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Escuchó su vocación, estudió para ello, y no le puede ir mejor. Confiesa que no es fácil llevar el negocio él solo, pero dice que ya le ha pillado el truco, incluso saca tiempo para entrenar a diario. «Me arrepiento de no haberlo hecho antes», explica
25 feb 2026 . Actualizado a las 14:13 h.A veces uno no acierta a la primera. Ni a la segunda. A veces necesitas probar otras cosas para saber lo que no quieres hacer. O quizás no es el momento. Ni se tiene la edad. Ni la cabeza donde tiene que estar. Y otras, sin embargo, todo fluye. Con cierto éxito. Que fue un poco lo que le pasó a Adrián López, un coruñés de 34 años, que cuenta con dos negocios que nada tienen que ver el uno con el otro. Está contento con lo que ha conseguido, relativamente en poco tiempo, y tiene la expectativa de seguir creciendo, aunque con calma.
Adrián acertó a la tercera. Con veintitantos se apuntó a una academia para ser militar. Incluso llegó a aprobar el primer examen. Pero no era lo suyo. «Estaba un poco perdido en ese momento, lo hice influenciado por mi padre, que, como veía que no encontraba un camino, me propuso meterme a militar. Me decía que cobraban muy bien, y dije: “Bueno, pues va”». Pero nada, estuve seis meses, aprobé, vi que no era lo mío y no seguí con eso», cuenta Adrián, que, aunque no le motivaba demasiado el tema, se llegó a quitar los tatuajes visibles que tenía en su cuerpo, ya que es uno de los requisitos para entrar en el Ejército. «Tenía uno en un brazo, y luego en el cuerpo, pero esos daba igual porque no se veían, me llegaba con borrar el del antebrazo. En el momento me arrepentí, de hecho, me lo volví a tatuar, pero bueno, son momentos...».
Con esa salida profesional descartada, Adrián se dio otra oportunidad. Esta vez en el terreno económico. Hizo una FP de Administración y Finanzas. Pero con la perspectiva que da el tiempo, asegura que seguía sin estar centrado y que realmente su futuro no pasaba por ahí. Lo vio como una vía fácil. Fue su entrenador quien le empezó a abrir los ojos sobre su verdadera vocación. «Me dijo que por qué no hacía un ciclo superior de Acondicionamiento Físico, porque se me daba bien el deporte, era lo que me gustaba, y tenía mucha gente que ya entrenaba conmigo». Entre que no encontraba trabajo relacionado con su primer ciclo, y que tampoco le apasionaba el sector, decidió volver a clase. Durante los dos años de formación, ya empezó a darle vueltas a la idea de montar su propio negocio al terminar. «Además, era como una especie de promesa que yo tenía con mi padre, siempre lo tuve en mente. Y justo un poco antes de empezar mi padre murió, y era algo que yo quería hacer en su nombre. Mientras estaba estudiando esos dos años, yo ya entrenaba a chavales por mi cuenta. Obviamente, no cobraba, porque no tenía título ni nada, era también para ir aprendiendo yo, para ir cogiendo clientela para en el futuro cuando terminara, ya tener a unas cuantas personas de mano».
Con la idea siempre en mente, el segundo curso fue pasando. Él ofrecía entrenos gratis, iba a campos de fútbol, fueron varios los tutores que se volcaron con él en ese aspecto, y le ofrecían consejos para mejorar esas sesiones. El trabajo de final de ciclo giraba en torno a la apertura de un centro deportivo propio. Y tan solo cinco meses después de sacar el título, su proyecto vio la luz. ¿Vértigo? «No, porque yo creo que lo de hacer los entrenos gratis y todo eso me sirvió para coger cierta soltura. Cuando venía gente nueva o del fútbol, que es así un poco conocidilla, sí que me ponía nervioso. Pero es solo eso», señala Adrián, que confiesa que aunque la ilusión le desbordó en los comienzos, también hubo momentos de frenada por cuestiones que desconocía. «Pagar autónomos, los trimestres... esas cosas yo no las sabía». Y eso que su formación en materia económica de algo le ayudó. Dice que básicamente fue aprendiendo sobre la marcha. «Ahora ya lo tengo supercontrolado, pero es cierto que el primer año fue difícil, porque no tienes una clientela fija, y aun así, hay ciertos gastos, y lo pasas mal, pero ahora por suerte lo levanté y estoy muy contento».
TRATO PERSONALIZADO
Han pasado ya cuatro, casi cinco, años desde que abrió Mood On, en la ronda de Nelle. Y aunque dice que no le pesa, son muchas, y muchas horas las que le dedica al negocio que lleva él solo. Se plantea ampliar el equipo, pero dice que no es sencillo. «Yo primo mucho el don de gentes. Obviamente, que la persona esté formada y sepa, pero casi valoro más que sepa tratar con la gente, porque ahora hay mucha titulitis. Hay muchísima gente que está superformada, y que con un cliente luego no se desenvuelve bien, entonces busco algo intermedio».
A las siete y media ya está en movimiento, y cierra a las nueve y media de la noche, aunque al mediodía suele parar unas horas. La gran mayoría son clases grupales de entrenamiento funcional aunque con un trato personalizado. «Individualizo mucho en cada persona. Es como una especie de entrenamiento personal, pero con más gente. Pueden estar en una clase ocho personas, y que cada una esté haciendo una cosa diferente. Sin embargo, en otra, que más o menos ya tiene un ritmo, hacen todos lo mismo».
No le gusta casarse con ningún perfil y centrarse en un tipo de clientela, porque entrena desde deportistas a personas que acuden por salud. E incluso tiene una señora de 85 años.
Su idea es mantener este centro e intentar abrir otro en el futuro. Dice que la segunda FP, que cursó en el Liceo de A Coruña, fue clave a la hora de emprender. «Me ayudó muchísimo, tuve profesores muy buenos, y eran afines a mí en el sentido de que yo me quería dedicar al entrenamiento. Uno, por ejemplo, estaba de entrenador físico en el Deportivo, en el primer equipo, y me ayudó mucho. Mi tutor también. Al igual que otro que tuve que era entrenador personal. Es cierto que yo luego me seguí formando, hice cursos complementarios enfocados al entrenamiento personal, incluso alguno de nutrición. Salí con muy buena base», explica Adrián, que lleva a sus espaldas todos los frentes del negocio, tanto el servicio como la atención a los clientes, la gestión y la parte administrativa.
En este tetris de horarios, Adrián también busca hueco para su propio entrenamiento. Intenta que sea por las mañanas, al mediodía o incluso a última hora; si tiene gente de confianza en alguna clase, y ya van un poquito más sueltos, se une a ellos. Y así mínimo cinco días a la semana, nunca falla, excepto que esté enfermo. Precisamente, esta es la única razón, de peso, por la que se ha visto obligado a faltar a su puesto de trabajo, algo que en cuatro años ha pasado en contadas ocasiones. «La verdad es que la gente lo entiende bastante bien. Tengo la suerte de que todos los clientes que tengo son bastante empáticos y comprenden que al final estoy solo al frente del negocio. Si tuve que cerrar un día o dos, no hubo ningún problema. Hace no mucho, me lesioné la rodilla y vine en muletas, les expliqué los ejercicios, pero no podía hacerlos para que los vieran, y también sin problema», asegura Adrián, que confirma que si tiene que cerrar unos días por vacaciones tampoco pasa nada.
A cien metros del centro deportivo está su otro negocio, una tienda de alimentación saludable, que en este caso comparte con un socio. La distancia le permite estar muy pendiente de cómo van las cosas, aunque él no esté presente en el día a día. «Antes iba al mercado con él por las mañanas, a comprar la fruta y todo, pero ahora empiezo muy pronto y no me da tiempo», cuenta este emprendedor que con el tiempo se muestra muy satisfecho de cómo han salido las cosas. «Esto es a lo que me quería dedicar, de hecho, me arrepiento de haber hecho el baranda y de no haber centrado la cabeza antes, porque quizás igual a día de hoy podía tener hecha la carrera de INEF. Que nunca es tarde, ya miré para estudiarla online, pero necesito un poco más de tiempo, porque, una vez que me ponga, quiero sacarla, no dejar las cosas a medias».