Jorge González, gerente de la Droguería Villar que está a punto de cumplir 200 años: «Ese dicho coruñés de "pregunta en Villar" nos impulsa a traer cosas diferentes»

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ANGEL MANSO

El negocio, que hasta 1934 compartió local con la farmacia, sobrevive a base de diferenciarse con productos que no se pueden encontrar en otros sitios, y se ha convertido en un reclamo turístico para los visitantes de la ciudad

09 feb 2026 . Actualizado a las 10:32 h.

En la calle de los Olmos de A Coruña, que cada equis tiempo ve nacer nuevos negocios, la Droguería Villar resiste como un testigo silencioso de casi dos siglos de historia. Entrar en Villar no es solo comprar, es cruzar una puerta al pasado. Los muebles acumulan más de nueve décadas, también las vitrinas o los altillos de madera. Incluso el suelo, que no es el original, sino un réplica, nos traslada a cómo fueron esos inicios del negocio en su actual ubicación.

 José, Pepito, Villar fundó una botica en 1827 en la calle Real. Lo hizo principalmente por la necesidad de dar suministro a ejércitos que estaban alrededor de las murallas de la ciudad. Una donación de medicamentos durante una epidemia de cólera estuvo a punto de quebrar el negocio, que entonces tenía un mostrador que estaba orientado a la salud humana, y otro al resto de cosas, es decir, salud animal, droguería, limpieza, químicos para la industria y demás. Las dos actividades convivieron en un único local hasta 1934, una ley de Primo de Rivera en 1931 obligó a separar en dos la farmacia y la droguería, y tres años más tarde, una vez que se terminó de construir el edificio, se trasladaron adonde están hoy. A raíz de la separación, la droguería creció. Llegaron a trabajar cincuenta y pico personas, y a tener camiones de reparto por toda Galicia, sobre todo, en tema de químicos y salud animal. A partir de los años noventa, con diferentes sucesiones familiares, el negocio empieza a transformarse en algo más parecido a lo que es hoy en día, una droguería con su tienda, que sirve a alguna empresa puntualmente, pero que básicamente se dedica a vender detrás del mostrador.

Casi 200 años de historia se concentran en estas estanterías repletas de productos que no se encuentran en otra parte. Porque ese dicho coruñés de «pregunta en Villar, que lo tienen fijo» se cumple a rajatabla. «Es muy socorrido, sobre todo en el centro. Y es un poco lo que nos impulsa a traer cosas distintas para soluciones específicas, aunque sabemos que igual son más caras, pero son de una calidad superior y que pueden resolver un problema que un producto normal de un supermercado no podría. Esa es un poco la diferenciación. Buscar un producto distinto, de una calidad superior o con una función más específica de lo que suele encontrarse habitualmente en una droguería que es de una cadena, o una sección de un supermercado», dice Jorge González, actual gerente del negocio fundado por un antepasado de su mujer, Montse Villar, que forma parte de la séptima generación.

Si han llegado hasta aquí, y han sobrevivido al vendaval de franquicias y aperturas es porque se han agarrado a ofrecer algo exclusivo. Y lo han hecho buscando mucho y prestando atención a lo que las generaciones anteriores les fueron trasladando. Y en ese catálogo figuran detergentes y jabones naturales, «que a la gente le encantan, y no se encuentran en otro lado»; también una gama de higiene personal, champús sólidos y jabones corporales naturales, «que no hay en ningún sitio aquí en Galicia, y probablemente solo en dos o tres de España»; además, de marcas exclusivas de cosmética, velas que traen la Cerería Molla (fundada en 1899), papeles perfumados para forrar los cajones... «Vamos variando el catálogo. Se dejan de trabajar los productos más habituales, los que puedes encontrar en cualquier sitio, porque en esos no podemos competir en precio. Por ejemplo, si compramos un lavavajillas que hay en todos lados, nosotros traemos tres cajas, mientras que un supermercado o una cadena va a comprar miles de unidades. Nosotros apostamos por lo diferente. Siguiendo con ese ejemplo, vamos a traer un lavavajillas que sea superrespetuoso con las manos, 100 % natural, que no tenga microplásticos... Eso sería lo que buscamos. Hacia la tendencia de eliminar todo lo que deja un rastro en cualquier organismo, es decir, microplásticos, sulfatos, siliconas, parabenos... Intentar minimizar el uso de eso siempre que el producto sea efectivo, pero que sea lo más natural posible y también que cumpla una función añadida, por ejemplo, respetar la piel de la persona que está fregando», señala.

Además de buscar esa diferenciación, también han sabido adaptarse a los tiempos. Tienen página web, «porque hay tener presencia en ese escaparate», aunque tienen clarísimo que el suyo es más un negocio de tú a tú que de venta online, al igual que tienen redes sociales para que la gente no se olvide «de que sigues abierto». 

VISITA OBLIGADA

Pero de la Droguería Villar nadie se olvida. Es más, se ha convertido en un reclamo turístico, sobre todo para los miles de viajeros que llegan a la ciudad en crucero. «Hay muchos itinerarios de turismo por el centro que incluyen una parada. Vienen, entran, dan una vuelta a la mesa que está justo al entrar y vuelven a salir. También hay alguno que viene por su cuenta, porque aparecemos como recomendación en algunas guías. Entra mucha gente, muchos lo hacen como si fuera un museo, otros se paran a ver los productos porque les llaman la atención, porque son distintos y poco frecuentes, y van picando algo», cuenta Jorge, que nos desvela que, por la estética y la esencia que todavía mantiene, la droguería se ha utilizado para grabar algún anuncio y secuencias de películas y series, sobre todo en los último tres años. «También se ha hecho algún reportaje fotográfico para alguna revista. Incluso vino una persona de Japón, de una revista de viajes, que buscaba localizaciones, y me dijo que posiblemente vendría en algún momento para hacer algún reportaje», indica Jorge, que apunta que entre los bestsellers se encuentran los productos de higiene personal, sean cosméticos o no, que son un poco diferentes, y los de limpieza especiales para problemas concretos.

Será en septiembre del 2027, el día exacto se desconoce, cuando se cumplan los 200 de su apertura. Ya están trabajando en cómo lo celebrarán. Asegura que será algo especial, porque «pocos llegan». «Y no me extraña, es muy complicado. El mundo cambia, hay que adaptarse, hay sucesiones familiares que pueden complicar las cosas, los hijos, como le pasa a mucha gente, no quieren seguir con el negocio, y es lógico. Al final en esto hay que estar, no puedes levantar el pie nunca porque siempre hay quien te hace la competencia o abren cosas nuevas, hay que estar siempre atento», confiesa Jorge, que aunque le quedan muchos años, espera jubilarse ahí, porque dice que «hay droguería para rato».

Relevo hay, porque él tiene una niña de 4 años, pero deja completamente la decisión en manos de la pequeña. «Si le gusta esto, y le da para vivir bien, ojalá esté aquí superfeliz, pero lo tiene que decidir ella. A lo mejor le gusta otra cosa más, cada uno tiene que buscar su futuro. De todos modos, si el negocio sigue así, lo normal es que siga funcionando. Lo que tiene que haber es venta, dar dinero para pagar los sueldos y todos los gastos, además de un remanente por si pasa algo». Entre otras cosas porque mantener el mobiliario casi centenario no es barato. Exige un mantenimiento continuo a base de productos, que, por suerte, venden y saben cómo funcionan, pero si un cajón falla, hay que intentar restaurarlo al momento, «y esos arreglos no son baratos, porque no hay profesionales suficientes, y tampoco te la puedes jugar con cualquiera».

Mientras la ciudad sigue cambiando, la Droguería Villar continúa ahí, recordando que no todo lo antiguo está destinado a desaparecer.