Carmina Benamunt: «Cuando los hijos llegan a la adolescencia, la madre tiene que coger el trono de la reina»

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Dice que puede haber un cierto duelo en asumir que nuestros hijos dejan de ser niños. Sin embargo, también asegura que se puede evitar: «Cuando acepto que la vida es un cambio constante, que hay evolución, no se hace tan duelo»

20 dic 2025 . Actualizado a las 10:42 h.

La adolescencia no es una etapa sencilla, pero tampoco inabordable. Lo sabe bien Carmina Puig Nicolás (conocida en redes como Carmina Benamunt), madre, empresaria, coach y mentora familiar, que en Ponte en mi lugar busca tender puentes entre padres y jóvenes, e invita a acercarnos a ellos desde la empatía. «Cuando se educa desde la aceptación y se remodela la forma de comunicación, automáticamente de estar a gritos, con broncas o con las puertas cerradas... pasan a estar abiertas, van hacia donde está mamá y se meten en su cama», afirma esta experta en adolescentes, que en los últimos años ha acompañado a más de mil familias, organizaciones y equipos a cambiar sus roles de convivencia. 

—¿Por qué no entendemos a los adolescentes?

—Venimos de un patrón educativo que está completamente obsoleto, que no ayuda a nadie a crecer ni a mejorar. Está enfocado en obedecer, en el castigo, en el reproche, en las críticas, los juicios... Cuando llega la adolescencia, el adolescente dice: «Ya he tenido suficiente de esta fórmula, y ahora lo voy a hacer a mi manera». Los padres se perturban, quieren mantener el mismo rol, los mismos patrones, pero el adolescente quiere más libertad, quiere ser él mismo, y no va a funcionar lo de antes. Hay que reformular, aprender nuevas maneras de comunicar y de convivir sin aceptar que lo natural es el malestar dentro de una familia.

 —¿Es importante recordar que todos fuimos adolescentes?

—Es vital y esencial. Cuando queremos conectar con un adolescente tengo que volver a recordar cómo me sentía yo, cuál fue mi vivencia, mi malestar, mis miedos, mis inseguridades. Hay una parte del niño o niña interior de la que se habla mucho, pero yo me di cuenta de que no había bibliografía del adolescente interior, y es una etapa tan distinta a la primera infancia... Es alucinante ver cómo cuando las familias que trabajan conmigo conectan con sus propios miedos, inseguridades o no, con esa parte más osada, de valentía, de coraje, comienzan a aceptar el proceso natural vital que está viviendo su hijo. Y desde ahí es más fácil reconectar o entenderlo. 

—El relato es siempre el mismo. «Teníamos muy buena relación, pasábamos mucho tiempo juntos, éramos inseparables, y de repente todo se ha ido al traste». Lo raro es que no pase esto.

—Sí, lo raro es que no se dé hasta que las familias, cuando hacen un trabajo de reflexión personal, se dan cuenta de que no hay posibilidades de llevarse bien desde la manera en que se están comunicando, conviviendo o tratando. En la adolescencia hay mucho enfoque en lo negativo en lo que hace mal esa persona, en lo que no es suficiente. Se culpa mucho a todo su entorno, su forma de vivir, su forma de hablar, de tratar... Cuando los padres, de forma inconsciente, entran en ese bucle de la crítica, juicio o culpa, es inevitable que ese adolescente se aleje, se defienda o se bloquee y no cuente nada.

 —¿Qué recomiendas en ese caso?

—Que las familias tomen conciencia de cuánto de crítica, juicio o culpabilidad hay del propio padre o madre hacia fuera en su comunicación, en sus actos, en su pensamiento, porque comunicamos más que de forma no verbal que con las palabras. Cuando cambian ese patrón y se van a un lugar de aceptación, de respeto, de remodelar mucho cómo se van a comunicar en adelante con sus hijos adolescentes, automáticamente de estar a gritos, con broncas o con las puertas de la habitación cerradas..., pasan a estar con ellas abiertas, van hacia donde está mamá y se meten en su cama. Tengo familias que me dicen: «Mi hija de 18 años, que no me contaba nada, que no venía a mi habitación para absolutamente nada, ahora viene todas las noches, se tumba conmigo y me cuenta cosas que no me ha contado en años».

 —Vaya cambio...

—Cuando papá y mamá empiezan a cambiar el cómo y desde dónde se posicionan para acompañar, enseguida el movimiento natural del adolescente es «quiero estar con mi madre o padre, porque se está bien a su lado, porque me tratan bien, porque me guían bien, porque han bajado la crítica y la culpa hacia mí».

 —¿Es una especie de duelo aceptar que ya no son niños y que ahora son jovencitos con ganas de comerse el mundo?

—Sí y no. Es verdad que cuando un padre o una madre está educando o criando desde el control, de querer retener, con ese miedo de que no se me vaya muy lejos... en el momento que hagan su vida, lo van a pasar muy mal, porque los van a echar de menos. Pero cuando acepto, no solo para la educación o crianza de nuestros hijos, que la vida es un cambio constante y continuo, como la propia naturaleza, que hay evolución, que hay cambio, que hay que dejar atrás lo que no se puede venir conmigo... el duelo no se hace tan duelo.

 —La clave es hacer una buena transición, me decías, reformular esa nueva convivencia. ¿Algún truco?

—Una de las claves que yo veo que funciona es cuando recuperan sus vidas. Es decir, cuando tú entregas tu vida a la crianza, has perdido tu centro. Y llega la adolescencia, y como yo me he dejado para la última, voy a sufrir. Porque, encima, lo que antes me servía, no me sirve. Lo que funciona, como decimos aquí, es recuperar el trono de la reina o del rey. Donde el centro de mi vida soy yo. Sobre todo las madres. Cuando una madre vuelve a recolocarse en el centro de su vida, y es la protagonista, obviamente sigue criando y educando, pero se hace dueña de su vida, recupera su poder. Y desde ahí es mucho más fácil pivotar para acompañar a tus hijos. Tienes criterio, eres más creativa, tomas decisiones más firmes y no estás a la deriva de lo que quiere tu hijo.

 —¿Cómo puedes poner límites sin que sientan que estás controlando su vida?

—Para que un límite sea duradero y esté aceptado por el sistema familiar, y por el adolescente, obviamente, tiene que haber conexión. Si no la hay, ese límite va a durar tres segundos. Muchas familias ponen un límite cuando ya están con el agua al cuello, y desde el enfado no voy a poder poner un límite que sea sostenible, y que además cuide a mi hijo. Si yo he hecho la conexión, van a cooperar. Van a decir: «Qué mierda, pero estoy de acuerdo». «Me gustaría salir hasta las 3, me haces venir a las 2, pues vale». Porque hay respeto, hay una mirada de «te entiendo». Ven tu necesidad y la suya. Pero la misma obsesión por poner límites hay que tenerla para conectar primero, y, segundo, para dejar a tu hijo mejor de lo que estaba. 

—¿Y si se incumple?

—Cuando un límite está bien puesto, no se incumple. Porque le ha llegado el mensaje de «es bueno para ti». Normalmente, ponemos los límites al revés, desde el castigo, el enfado, o la acción-reacción. Y desde ahí no lo van a acatar, porque son irreales. Pero cuando están bien puestos y contados, el límite es el siguiente paso natural. Hay un déficit en las familias de coherencia y respeto a la hora de comunicarse. Por ambos lados. El otro día me dijo una mamá: «Me he dado cuenta de que insulto a mis hijos cuando me enfado. Y yo no era consciente». Estar enfadada está bien, porque es una reacción y una emoción, pero no da derecho a tratar mal a nadie, se puede estar enfadada y ser respetuosa a la vez.

 —¿Cuando contestan con monosílabos, hay que pedir un milagro o hay truco?

—Hay truco. El adulto es quien tiene la llave maestra. Hay que hacer un intensivo para aprender a comunicarse en esta etapa. Porque su cerebro ya está interesado por otras cosas, y tú vas a tener que persuadirle. Si vas con la misma chapa de siempre, su cerebro dirá: «Olvídame, tengo cosas más interesantes». Vamos a tener que ser muy gustosos e interesantes con la comunicación, si no, no vamos a llegar a su corazón. Y este trabajo lo tenemos que hacer justo en plena adolescencia, o prepararte ya en la primera infancia, para sembrar y recoger después. 

—¿Prepararse desde los 5 años para la adolescencia?

—Sí... Desde que tienes un hijo, desde el embarazo. Con cada cosa que hacemos o decimos, si lo piensas a largo plazo, estás sembrando. Si yo ahora grito, ¿qué voy a recoger dentro de un año? Si desconfío... Pero si yo ahora incremento su valor, le pongo un buen límite, me voy con él... Una familia de Suiza se iba a pasear media hora antes de cenar. La madre me decía: «He descubierto cosas de mi hija caminando por la pradera que no sabía, y me las ha contado de forma distendida...». En cambio, en casa, como estás más controladora, y acribillas a preguntas, se cierran. A las familias también les digo que hay que compartir. Es una pasada cuando les preguntas: «¿A qué se dedican mamá y papá?, ¿cómo se conocieron?». No lo saben, o tienen una idea muy difusa. En cambio, saben quién es el diseñador del vestido de Rosalía. Pero la historia familiar de sus abuelos, de sus padres, dónde se conocieron, cómo se enamoraron, en qué trabajan... no lo saben. Porque no se les incluye. Si yo les digo: «He estado en una videollamada, he estado supernerviosa, se ha presentado mi jefe que está en Madrid, me ha pasado esto...», verán que es natural compartir.

 —¿Es mejor dejar que se estrellen o intervenir?

—Una de las lecciones de vida para aprender es fallar muchas veces. Leí que para que Michael Jordan acertara el tiro más de 300 veces, falló más de 9.000. Si fallas 999, pero aciertas una, ya has ganado. Porque has perseverado, te has hecho responsable. Lo mismo para los padres. En el camino de educar y criar nos vamos a equivocar, pero no se trata tanto de las veces que te equivocas, sino de qué hago con ese error. El error es maravilloso, te hace crecer y aprender. Es bueno que tomen sus propias decisiones. Solo así se puede madurar. Si estoy constantemente salvando y haciéndole todo a mi hijo, lo voy a incapacitar para la vida. Va a ir en silla de ruedas emocionalmente hablando.

 —Dices: «Nada de pantallas hasta los 16 años». ¿Es viable en la adolescencia?

—¿Es viable no tener azúcar en casa? Es viable en tanto que yo tomo la decisión y pago el precio de esa incomodidad. Las familias que llegan aquí con hijos de 12, 14, hasta 20 y pico años, ya tienen una cultura familiar, ya tienen unos hábitos, pero si son dañinos, no tengo que perdurar con ellos. Nos hemos instalado mucho en la queja, en «esto es lo que hay», «¿qué hacemos, Carmina, porque llevamos años dándole el móvil? Podemos ir reformulando ese hábito poquito a poco. Si no hago deporte, no me puedo poner ahora de golpe y porrazo a correr 20 kilómetros. Tendré que empezar poquito a poco.

 —¿Poco a poco se les puede quitar el móvil?

—Hay que trabajar la mentalidad de ganador. Si yo quiero ser un ganador, hay cosas que voy a tener que dejar de hacer, voy a tener que reformular con qué tipo de personas me relaciono, qué hábitos tengo en casa, si paso cuatro horas haciendo scroll... ¿Es un hábito de ganador o de perdedor? Les hago pensar. Y empiezan a tomar conciencia de, aunque me guste mucho, ¿adónde me lleva? A perder el tiempo. ¿Y qué pasa? Que me siento frustrado, vacío y que no ha cambiado nada en mi vida. Si es un hábito que está instalado en casa, voy a tener que reformularlo. ¿Cómo? Elevando la consciencia de todos los miembros de un equipo. Pero tiene que haber un líder, si no, no se cambia una estructura familiar.