25 años desde que el Breixo, de Barro, repartió la lotería de Navidad: «Abrimos en enero y en diciembre nos tocó. A muchos clientes les resolvió la vida»

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Ramón Leiro

Ese día, María Dolores Romero, no estaba en el bar. Había ido a Caldas a hacer la compra para la cena y llegó una señora diciendo que había tocado en su bar. No se lo podía creer. A partir de ahí se desató la locura

21 dic 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

María Dolores Romero y su hermano Pepe, ya fallecido, entraron por la puerta grande el día que decidieron abrir la taberna Breixo, en Barro (Pontevedra), porque apenas unos meses después de inaugurar el local repartieron casi cuatro millones de euros entre sus clientes en el sorteo de Navidad del año 2000. Aunque el premio fue aún en pesetas (648 millones de la época).

«Abrimos en enero y en diciembre nos tocó la lotería. Fue abrir con un pan debajo del brazo. Era un tercer premio. Algo más de siete millones de pesetas por cada décimo. Ahora no recuerdo cuánto dinero dimos en total, pero sé que fue mucho», cuenta Lola, mientras rememora ese 22 de diciembre: «Fue una maravilla. Te das cuenta de que la fortuna existe. Aunque también piensas que es un sueño. Aquel día estábamos en el bar mi hermano y yo. Él me ayudaba siempre por las tardes y yo abría por la mañana. Pero justo el día anterior me dijo: ‘Como es Navidad, abro yo y vete tú con mamá a hacer la compra para cenar y esas cosas’. Así que nos marchamos las dos a Caldas». Cual fue su sorpresa cuando estaban en el supermercado y escucharon hablar a una señora que no conocían de nada: «Empezó a decir que a su hijo le había tocado la lotería, que había comprado un décimo en el bar Breixo de Barro. Que era el número del bar y que les habían tocado a todos. Entonces, yo me metí en la conversación y le dije que eso era imposible, porque nosotros no teníamos ni idea de nada. Pero ella insistía, y le pregunté el número que había tocado. Me dijo: “El 11092”. Pero al escucharlo le contesté que ese no era nuestro número. La verdad es que ni me acordaba de cuál era. Pero la señora insistía en que su hijo había comprado en el Breixo el décimo premiado».

Llamó al bar

Tal fue la insistencia que Lola decidió llamar a su hermano. «Y ya escuché todo el jaleo que había. Le dije: ‘‘Pepe, me acaban de decir esto’’. Y él me soltó: ‘‘Sí, no sé lo que tocó, pero tocó. No te puedo decir si fueron 600.000 pesetas o seis millones. No sé, pero vente para aquí que esto está tremendo’’. Entonces, acabamos las compras rápido y cogí el coche. Pero justo pasé por delante de la administración que nos había vendido el número — la número 1 de Caldas— y aquello estaba lleno de cadenas de televisión. Y no sé si fueron los nervios o qué, pero empecé a pitar y, claro, todos se giraron. Entonces abrí la ventanilla y les dije: ‘‘Si queréis ver la lotería, venid detrás’’. Y yo creo que llegaron antes que yo».

Cuando Lola llegó al bar, la alegría reinaba por todas partes. «Fue una fiesta total con barra libre. Y la verdad es que hubo un detalle que fue auténtico, porque había cuatro chicos que no les había tocado nada y en un momento dado se metieron dentro de la barra a servir y alguna gente les daba dinero. Al final del día tenían un montón de monedas. La caja estaba cerrada, pero ellos lograron darse un homenaje con lo que sacaron. Luego, ya de noche, nos fuimos de fiesta por Caldas hasta las tantas de la mañana. Y, al día siguiente, a reponer todo porque no había quedado nada en el almacén. Estaba vacío», comenta esta hostelera, que lleva 25 años al pie del cañón en el Breixo.

«Sí, a nosotros también nos tocó. No mucho, mucho, pero algo sí. Teníamos varios décimos. Mi hermano me había guardado uno para mí y otro para mi padre. Y luego teníamos otros guardados, que repartimos entre la familia», cuenta Lola, que decidió invertir el premio en vivir más tranquila: «Teníamos la hipoteca del bar, que es la misma que la de la casa donde vivimos, y una buena parte del premio fue para ahí. Y luego, una cena y cuatro días de descanso y poco más. Tampoco te da para tanta cosa. Pero es verdad que si estás empezando, te viene muy bien para vivir más tranquila. Y luego tampoco quieres gastar mucho porque no sabes bien cómo va a ser lo de Hacienda. Eso también te da miedo».

Aun así cuenta que tampoco les ha amargado mucho el tema tributario. Todo lo contrario, disfrutaron tanto del premio que incluso tienen ganas de repetir. ¿Por qué no?: «Ahora, que cumplimos 25 años, tocaba celebrar otra vez. Sería un puntazo», confiesa, mientras desvela que el número de este año que juega el bar es el 70072. Acabado en dos como el famoso 11092. Vamos, que están abonados a esta terminación. Lola cruza los dedos para volver a dar el campanazo, porque cuenta que el premio le vino muy bien a mucha gente. «Tengo un familiar que se hizo una casita preciosa. Y hay un señor que tiene problemas de salud y cuenta con una paguita muy pequeña. Él me decía después de que le tocara la lotería: ‘‘Estaba sin coche y me pude comprar uno. Y esto me permite vivir tranquilo. No es lo mismo cobrar 800 euros y hacer frente al gasoil de la calefacción, y a lo otro, y a no sé cuántas cosas más, que tener un colchón que te vaya ayudando”».

«Luego hay otro chico que se pudo comprar un piso. Vamos, que le resolvió la vida a mucha gente. Aunque no te da para vivir de rentas, claro está. Pero si te permite quedarte sin hipoteca, eso ya es mucho». Claro que sí.

En la crónica que se publicó en La Voz el 23 de diciembre del 2000, uno de los clientes del bar no daba crédito y la conversación en pleno directo en los micrófonos de la radio no dejaba lugar a dudas de la gran emoción que vivieron todos ese día: «¡Ai, ai... ai mi madre, ai, Montse..., Mon, tocounos a lotería, sete millóns duascentas! ¡Ai, no Breixo, tía, tocáronnos sete millóns, tía!... ¡Son Pedro, Montse...!», expresó Pedro Ruibal ese día. «Es mi primo. Y Montse es su mujer. Estaba loco de contento. Y luego también llegó un chico a las ocho de la tarde. Él trabaja en la instalación de antenas parabólicas y entró como asustado, en plan: ‘‘¿Qué está pasando aquí, que tomé el café por la mañana y estaba todo tranquilo...?’’. Entonces le pregunté si había comprado la lotería del bar, me contestó que sí, que tenía un décimo, pero seguía sin entender nada, hasta que le dije que nos había tocado. No veas cómo lloraba. Parecía un niño pequeño. Venía de trabajar todo el día y no se había enterado de nada. Imagínate».

Venden mucha lotería 

Lola reconoce que desde que dieron el premio, venden décimos de la lotería de Navidad «como churros»: «Pero todos los años. Que piensas: “Jolín, pasó tanto tiempo que igual a la gente le deja de interesar”. Pero no. Incluso vienen de muchos lados a buscarla. Mira, hay una señora que le tocó y que, precisamente, está ahora aquí tomando café, y que se casó con un señor de Barro, pero ella es de Zaragoza. Y se lleva todos los años para allí 1.500 euros en décimos. Se la encargan en el pueblo donde vive. Cuando se viene a Galicia, los avisa y se lleva siempre un montón de décimos para allá», explica.

Dice también que en el bar nunca se volvió a jugar el número premiado, pero ella siempre compra un décimo por su cuenta. «Sí, somos dos. Hay un señor al que también le tocó que lo consigue y siempre me lo trae. Todos los años», comenta.

Mucho cambió la taberna Breixo desde que le tocó la lotería a Lola. Porque ahora también se dedica a hacer cáterings y aunque en el local no sirve comidas a diario, sí lo hace a grupos cerrados por encargo. Además, ahora está en pleno apogeo de cenas y celebraciones. Pero, quién sabe. Igual este año repiten. Como bien dice Lola: «Sería un puntazo». Y tanto.