Luis Tosar: «Robé el banco de una iglesia con Zahera, pero lo pillaron a él»

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El actor gallego regresa a la gran pantalla con «Golpes», que narra la historia de dos hermanos enfrentados que representan las dos caras de la Transición. «Recuerdo perfectamente el 23F, la tensión que había en casa, la preocupación y el alivio de después», dice

29 nov 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Con Golpes a punto de aterrizar en los cines —el estreno será el próximo viernes 5 de diciembre—, Luis Tosar (Lugo, 1971) vuelve a demostrar por qué su sola presencia basta para llenar una escena. La película narra la historia de dos hermanos en la España de los ochenta. Uno es un delincuente (interpretado por Jesús Carroza) que, recién salido de la cárcel, planea atracos para saldar cuentas del pasado, y el otro, Tosar, es el policía que le persigue para detenerlo. Interpreta a Sabino, un hombre acorralado en su propio pasado, que ha de seguir adelante casi por inercia, un papel que aborda con la precisión de quien conoce bien los matices de la fragilidad humana. Lejos de los focos, sigue siendo el mismo gallego de carácter tranquilo, confiesa que le gustaría llevar un poco menos la contraria; que cuando no está rodando disfruta de los pequeños placeres de la vida, como es estar en casa con su mujer y sus hijos, «un buen plan»; y que de niño, y no tan niño, se ha visto envuelto en alguna que otra trastada, consecuencia de pasar muchas horas en la calle, y que hoy recuerda esas historias con una sonrisa discreta pero contagiosa. 

—Estás en Panamá, a muchos kilómetros de casa, ¿cómo lo llevas? ¿Morriña?

—Bueno, esta vez me lo monté mejor, porque hago tandas de dos semanas, y bueno, pues lo llevo un poco mejor, la verdad. Cuando me voy así con poco tiempo, tengo la perspectiva de la vuelta cerca, entonces se hace más cortito para todos y compensa.

 —Estas ausencias luego hay que compensarlas con mucha presencia.

—Sí, yo intento ir balanceando como puedo. Y lo que pasa es que me gusta además estar en casa, me gusta estar con mi mujer y mis hijos. Entonces, intento hacerlo lo más posible. Y ya no simplemente por la culpa de estar ausente a veces, sino porque es que realmente me gusta la vida familiar, me divierte, me siento cómodo. Me parece un buen plan.

 —¿Con los años cada vez mejor?

—Para mí sí, sin ninguna duda.

 —Estrenas «Golpes», y quizás aquí este cliché de tipo duro que te persigue continuamente queda un poco a un lado. Sabino es un hombre estancado, al que le ha pasado la vida por encima...

—Sí, no diría que malo, porque esta peli no es de buenos y malos. Es una peli donde hay unos personajes a los que les han pasado unas cuantas cosas y esa especie de apisonadora vital, que han tenido que vivir, cada uno la procesa como puede. Sabino es un tipo que ejerce de policía durante el franquismo, que está acostumbrado a hacer las cosas de una determinada manera, y de repente llega un tiempo nuevo en una España en transición, en que las cosas están cambiando a una velocidad totalmente inesperada, y a él se le está haciendo un poco bola. Todo se le está empezando a complicar, se complica su matrimonio, su mujer claramente está dando ese salto al mismo tiempo que el país, se está haciendo muy moderna, él no acaba de entender muy bien qué es lo que está pasando... De repente, aparece su hermano, con el que hacía muchísimos años que no tenía relación, y le encargan la misión de tener que perseguirlo, porque es delincuente y está atracando bancos, y saben perfectamente que es él...

 —Se le viene el mundo encima...

—Este hombre que antes tenía una vida más o menos bien estructurada, y esa cosa que tiene él ceniza y sombría le venía bien, pero ahora claramente se le está haciendo cuesta arriba. Lo que pasa es que es un tipo que, siendo lo oscuro que es, tiene mucha poesía. Es un personaje que está atravesado por la poesía de alguna manera, hay una cierta sensibilidad que él seguramente tiene que descubrir, y que a lo largo de la historia de alguna manera lo hace, pero que es casi lo que lo salva. O sea, la poesía le salva a Sabino, cosa que es bastante increíble en un policía de la época franquista, pero las cosas son así.

 —¿Te has inspirado en tu padre para el personaje?

—No, no me inspiré en mi padre, lo que pasa es que cuando vi la película de repente vi a mi papá mucho, lo vi físicamente ahí, me vi yo de mayor, o lo vi a él, no sé. Algo así. Pero no fue una inspiración en absoluto, no pensaba en él cuando estaba trabajando la película, lo que pasa es que, al verme en la pantalla, me vi mucho mayor y reconocí mucho a mi padre, pero él no tiene nada que ver con Sabino. Lo que sí es verdad es que mi padre pertenece a la generación de Sabino, y son unos hombres a los que no educaron para transmitir sus emociones, para verbalizarlas, para procesarlas, y que han convivido con ello toda su vida. Intentando desenvolverse en el mundo sin hablar mucho de lo que les pasaba a ellos, de lo que les pasaba por dentro. Ese tipo de comportamiento, de persona, de hombre, yo claro que lo he conocido porque mi padre es así, y todo su entorno, toda su generación de alguna manera era así, ahí sí que me resultaba familiar todo ese mundo.

 —La peli está ambientada en los ochenta, plena Transición... Tú eras un chavalín que vivía en Lugo, con ganas de comerse el mundo...

—Era muy chavalín todavía en la época de la Transición, lo que pasa es que recuerdo muy bien el 23F, recuerdo la tensión que había en casa. Creo que fue la primera vez que fui consciente de tener como uso de razón más o menos pleno, de entender que la situación era complicada, aunque no tenía todas las herramientas para discernir exactamente lo que estaba pasando y qué podía pasa a partir de entonces, sí que entendí que era un momento muy delicado, que mis padres estaban preocupados, y que en ese momento estaba ocurriendo algo que podía cambiar el futuro, porque básicamente los términos en los que hablaban eran eso, como una preocupación muy profunda sobre qué iba a pasar a partir de entonces si el golpe salía adelante. Recuerdo también perfectamente el alivio de después, y los chistes de los días posteriores, de que si venían los ñapas a hacer la reforma del Congreso, decían que si «tejas no, uralita...», era como un chiste que se contaba.

 —En dar golpes a bancos tú también tienes experiencia... pero otro tipo de bancos, ¿no?

—Una gran anécdota, en realidad al que pillaron fue a Luis [Zahera].

 —¿Cómo te lio para acabar robando un banco de madera de iglesia?

—Luis vivía en San Martiño Pinario, y estábamos al lado. Empezaron a hacer una supuesta mudanza, a sacar aquellos bancos de la iglesia, dejaron las cosas apiladas, y daba la sensación de que no había especial interés por ese material. Como él vivía al lado, y en aquella época nos gustaban mucho, sobre todo a Luis, las antigüedades, y estaban muy a mano, pues decidimos ir a pillarlo. Creo que se cogieron dos, yo lo ayudé con uno, creo recordar, pero me parece que se metió otro más al patio de la casa que tenía.

 —Zahera dijo que solo lo ayudaste con el transporte, ¿no?

—Sí, en realidad yo no le iba a dar uso a ese banco, se lo daría si se lo quedaba finalmente Luis, me sentaría, pero no hubo suerte. Un día apareció la policía y le preguntó: «Oye, parece que tienes algo que ver con el robo de un banco». El clero se molestó, la Iglesia con sus pertenencias es muy celosa.

 —¿Fuiste muy «peixe» en tus años mozos?

—Bueno... cuando éramos más jovencitos andábamos mucho en la calle, y hacíamos un poco de todo. Un día, esto muchísimos años antes, pues tendría 12 o así, estábamos por la zona de mi casa, el barrio, por La Frigsa, que era una antigua fábrica de embutidos, estaba abandonada. Nosotros que andábamos mucho en el mundo del breakdance y todo eso, buscábamos sitios donde poder bailar, y donde poder estar a gusto, y nos pareció que esa fábrica era un sitio guay, tenía cuatro plantas, era gigantesca...

 —A ver cómo acaba esto...

—Un día estábamos allí, con el radiocasete, bailando en el tejado, y cuando íbamos a bajar, apareció una figura, una silueta, en la otra punto de una de las cuatro plantas del edificio, gritando... Saltamos un poco y empezamos a correr, éramos tres chavalillos muy jovencitos, lo pienso ahora y digo: «Joder, realmente éramos muy pequeños». Empezamos a correr hasta que oímos un disparo, nos quedamos quietos y congelados, y al rato llega un señor corriendo. Era un policía municipal, gordete, barrigudo, y de repente nos ve, se encuentra a tres críos, nosotros asustadísimos, porque imagínate escuchar ese disparo en una nave abandonada. Resulta que habían estado robando maquinaria, por eso lo habían mandado allí, él pensaba que estaba encontrándose con los malos de verdad, y se estaba encontrando con tres chavales que estaban bailando.

 —¡Qué susto!

—El susto de nuestras vidas. Es verdad que nos quería llevar a comisaría y logramos convencerlo de que no lo hiciera. Tenía que justificar que nos había disparado, claro, que no es poca cosa. Pero, bueno, eso era fruto de andar por ahí haciendo grafitis, cosas de niños...

—Corriste más o menos que cuando huiste de payaso de una fiesta infantil.

—[Risas]. Eso fue con 22 o así, cuando me ganaba la vida trabajando como payaso de cumpleaños, de BBC (bodas, bautizos y comuniones). Esto era una comunión, y básicamente siempre te la jugaban un poco. Ibas contratado para un número concreto de niños, y siempre se desmadraba. En este caso, era un club de Ourense, había muchísimas más comuniones, con lo cual los padres son muy listos, y ahora lo veo claramente cuando uno va a fiestas de cumpleaños, la gente, en cuanto puede, te encaloma a sus hijos. Entonces te empezaban a mandar niños de otras comuniones hasta que de repente te veías con 60-70 niños a tu cargo, que es incontrolable para un solo animador.

 —La situación se fue de madre...

—En una de estas, yo ya estaba al límite de mi paciencia, los niños me sacaban las pelotas de malabares, me vacilaban. «Papá, el payaso es gilipollas». Total, que al final ya, después de que me hubiesen robado media maleta de material, agarré a un niño para preguntarle dónde estaban las pelotas y me di cuenta, por la cara del niño, de que le estaba apretando más de la cuenta. Lo suelto, el niño ya casi con lágrimas, pienso: «Hostia, lo tengo que dejar porque se me está yendo la cabeza con esto». Fui a hablar con el chico que me había contratado, a todo esto vestido de payaso, pintado y con la nariz roja, y le dije: «Mira, lo siento mucho. Está todo bien, pero me tengo que ir que si no, esto no va a acabar bien». El tipo no entendía nada, y cuando me estaba yendo, Jorge Coira que estaba esperándome en el párking, porque yo no tenía coche, y me había llevado él, cuando me ve salir al cuarto de hora, dijo: «¿Qué está pasando?», y los niños, que son así, claro, ven las cosas desde su punto de vista, saludando felices desde la ventana, despidiéndose del payaso.

 —Nunca más, ¿no? ¿Ni en casa?

—Bueno, alguna vez rescato alguna carallada así para hacer con los niños, pero poco más. Es que es muy duro realmente. Yo ahora me solidarizo muchísimo cuando coincido con la gente que está trabajando en animación infantil, full respect con ellos.

 —¿Esa intuición que tienes para elegir los papeles la tienes para todo?

—Noo, qué va, en absoluto.

 —¿Solo para lo profesional?

—No, hay algunas cosas que también, pero no, creo que es en lo que más acierto, y aun así tampoco acierto tanto como dices... Yo intento ser honesto con lo que hago, quiero decir, intento hacer las cosas que creo que puedo hacer y que me apetece hacer. No hago cosas que de primeras no me sugieran absolutamente nada, porque entonces me parecería deshonesto. Si no tengo absolutamente nada que aportar, porque no me motiva, no me emociona, porque no me produce ningún interés, me parecería deshonesto por mi parte hacerlo. Evidentemente, si uno no tiene otra alternativa, pues seguramente lo harás, pero ahí ya hay un interés, ya la propia necesidad genera un interés por las cosas. Pero teniendo dos o tres cosas encima de la mesa, elijo realmente en la que creo que puedo aportar. Luego salen bien o no...

 —Casi siempre salen bien.

—Yo lo hago lo mejor que puedo, pero no siempre las cosas salen bien. Las películas a veces no salen bien del todo, a veces no se da con la tecla adecuada para que funcione, depende de muchos factores.

 —¿Hay algún personaje que te haya devuelto algo que no sabías que necesitabas en tu vida personal?

—Si me ocurrió, no lo tengo muy presente. O sea, casi todos los personajes me han enseñado a ver muchas cosas que no había visto. A ver realidades en las que no me había fijado. He tenido la oportunidad, a través de muchos personajes, de tener acceso a ciertas realidades a las que no tenía acceso o no tenía interés. Y de repente, ese interés se despertó gracias a que apareció ese personaje. Entiendo que eso sí te influye en tu vida privada, eso te mejora, porque te hace más empático, te hace ver otras cosas, ponerte en el lugar del otro permanentemente.

 —En llevar la contraria, del 1 al 10, ¿qué nota te pones?

—[Risas]. Hostia, no sé. Estoy contento con el curro, me parece que es muy divertido. Y a mi hermana le gustó. Si a mi hermana le gusta... Normalmente, es mi filtro. Mi hermana es bastante crítica, noto muy bien cuando las cosas más o menos le entusiasman y cuando no le dicen nada. Y a ella le gustó. Y le hizo gracia, con lo cual, para mí ya...

 —¿Pero te identificas con ese carácter?

—Sí, en eso sí. En llevar la contraria, sí. Me gustaría no ser tanto, pero...

 —¿Que é o máis galego que fas sen darte conta?

¿Sen darme conta? Creo que responder con outra pregunta. Pola dúbida permanente que temos instalada os galegos. Igual en Galicia non se nota tanto, pero despois cando saes fóra, a xente pertúrballe de verdade. Ponlles nervioso esta cousa, que é cando un se dá conta de cómo somos. Esa cousa que dis: «Non me podes contestar?». «Non, claro, depende, porque si tal...».

 —A tus tres goyas, 11 nominaciones y demás títulos... Te diré que eres chico YES, porque creo que eres la persona a la que más veces hemos entrevistado.

—Muchas gracias. Un honor.