Ahora que son las gallinas las que tienen que permanecer encerradas en sus domicilios es obligado pensar en nuestro propio confinamiento y en las metáforas que nos brindan tantos corrales candados. Porque esas aves domésticas que son consustanciales a las casas de la aldea quizás desaparezcan para siempre tras este covid aviar, nerviosas como andaban ya por la burocracia desplegada por la inscripción obligatoria de gallineros que llevó al Parlamento de Galicia una airada protesta bajo el lema: «Tanto papeleo por unhas galiñas».
Si esta catástrofe llegara a acontecer, desaparecerían con los pájaros la más suculenta de sus ofrendas, esos huevos de casa que cada fin de semana viajan de los pueblos a la ciudad resguardados en hueveras recicladas y blindadas con gomas viejas y que son la conexión última entre lo que fuimos y lo que somos.
Si alguien te regala una docena de esos huevos apañados en esos pequeños corrales en los que es fascinante comprobar la naturaleza particular de las gallinas ten por seguro que te quiere mucho o necesita algo importante de ti.
En Galicia, con su minifundismo existencial, se ubican más de la mitad de los gallineros domésticos de todo el Estado, con lo que se demuestra que además del país de las vacas somos el país de las gallinas y que todos deberíamos estar entonando un réquiem por este traspié de salud aviar.
Con las pitas en los titulares de primera puede ser el momento de resolver algunos misterios, el principal de los cuales tiene que ver con la desaparición radical de los huevos blancos que los de la Quinta consumimos en exclusiva cuando fuimos niños. Casi la única manera de encontrarse ahora con esas cáscaras albas es en los pequeños gallineros, entregada la producción profesional a las gallinas morochas.
Otro de los misterios sin resolver es el motivo del desprecio que hemos vertido sobre un animal que tantas alegrías nos da y al que comparamos a diario con cobardes y promiscuos. Nada que ver con la consideración confesa que les tiene Bill Gates, que un día se puso en la piel de un pobre y pensó: «Si hubiera nacido pobre criaría gallinas porque una gallina genera otras gallinas y cada una produce ingresos diarios, es un sistema que se duplica solo». Tanto cree el magnate en el efecto revolucionario de estos bichos que ha donado más de cien mil a países en vías de desarrollo. Teníamos oro en los corrales y no lo sabíamos.