Volver a Galicia después de pasar el invierno en Madrid: «Lo mejor son los guisos de mi madre»

CARMEN FERREIRO / S.F.

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David en su rincón favorito de Ribeira, el mirador de A pedra da Rá
David en su rincón favorito de Ribeira, el mirador de A pedra da Rá ELENA FERNÁNDEZ

Sentir el mar, respirar la tranquilidad del pueblo u observar una buena puesta de sol son algunas de las cosas que este joven ribeirense más echa de menos durante todo el año

05 ago 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

«La tranquilidad, escuchar las olas un día cualquiera o mojarse los pies en invierno paseando por la playa» son algunas de las cosas que el ribeirense David Rey, de 23 años, echa más de menos desde que el pasado septiembre su vida como estudiante de Publicidad lo llevó a instalarse en Madrid.

David siempre le ha guardado especial cariño a la capital española, quizás porque hace más de 20 años era su madre quien tomó el mismo camino y desde niño él ha estado vinculado a esta ciudad. «Cuando yo era pequeño solíamos ir una vez al año. A mi madre siempre le ha encantado el arte, entonces me llevaba de museos. Para convencerme, ella me decía que íbamos a un parque de atracciones, entonces yo ya me animaba, aunque terminábamos haciendo los dos planes», confiesa David.

Vivir lejos del mar y sentir el ritmo intenso, a veces ansioso de la ciudad, son algunos de los hándicaps de residir en Madrid que David peor lleva. «El ritmo de vida es espantoso, aunque solo vayas al súper, se te contagia el ajetreo. Aparte, mirar por la ventana, observar el horizonte y que nunca tenga fin, me agobia. Me gusta la sensación de ver el mar y que no haya nada de fondo como en Ribeira, lo echo mucho de menos, hasta en invierno », expresa este joven.

Será por su morriña que cada vez que vuelve hace una parada obligada para saciar su sed de mar y tranquilidad en el mirador de la Pedra da Ra, donde posa en la imagen. «Nunca vi una puesta de sol como la de aquí, toda esta zona es un paraíso, está para fondo de pantalla de Windows», comenta David, que este año tardó mucho en darse el primer baño en el mar. «Nunca he estado tanto tiempo sin venir a la playa, normalmente en abril ya suelo pisarla, pero esta vez se me hizo eterno y no ha sido hasta ahora, en julio, cuando he podido».

Cuando está en casa, como buen habitante de la costa, le encantan todas las playas de la zona y variar de localizaciones: «Si voy solo, sí que tengo una cala de confianza que suele estar vacía a la que voy cuando quiero estar tranquilo». Siempre intenta llevarse un trocito de Ribeira con él, y como el atardecer no puede guardarlo en otro sitio más que en su memoria, reúne una cantidad considerable de tápers de estofado de su madre, que eso sí le sale rentable: «Me pego unos homenajes con esos guisos... Son una bendición».

Hay algo muchísimo más increíble (e impagable) que se llevó no solo a su piso de Madrid, sino a todos los lugares a los que se ha ido mudando desde que empezó a estudiar: una poutada en miniatura hecha por su abuelo, marinero de profesión. «Es el ancla de la dorna, un embarcación típica de Ribeira, que está hecha con una piedra y tres palos de madera. De pequeño siempre me gustó, así que el primer año que me fui a vivir fuera, mi abuelo me hizo una. Siempre me la llevo de recuerdo, para mí es una especie de amuleto», relata emocionado.

«He ido conociendo a gente a la que le ha gustado y ha querido una, al final hay un grupo de gente repartida por España que tiene distintas poutadas de Ribeira», relata este joven orgulloso de su pueblo.