Tania Sánchez, docente de Filosofía: «Un amigo de verdad no tiene que estar siempre ahí para ti»

YES

Nicolas Gafot

«No es humano estar disponible como ChatGPT», señala la autora de «Filosofía para todos los días», que defiende que de ninguna relación debemos sacar provecho, sino una compañía sincera: «Puede ser un fracaso buscar a alguien con una lista de requisitos a cumplir»

03 may 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

La filosofía también puede ser práctica. Está en la cocina, en esa amistad de toda la vida e incluso en ese impulso por escuchar la conversación del desconocido de al lado. Lo cuenta Tania Sánchez en Filosofía para todos los días (Espasa), donde la autora, de madre gallega, concretamente de A Veiga, plantea preguntas trascendentales en los espacios más ordinarios para hacernos pensar.

—¿La filosofía de lo cotidiano es la más difícil de aplicar?

—En realidad, con la filosofía trascendental o muy teórica es fácil convivir, porque no tienes que cambiar nada de tu vida ni de lo que haces, no te lo exige. En cambio, en el libro tuve la idea de incluir preguntas en espacios de la vida cotidiana para que no se queden como pensamientos abstractos. Recorro las estancias de la casa, después el mundo exterior, y la parte final es la intimidad, el cuerpo, el espíritu y el corazón.

—¿Hay que deshacerse de las cosas inútiles? ¿Qué determina que algo lo es?

—El origen de esto que planteo en el libro es una cita de Bergson sobre el artista, que dice que es el que logra ver las cosas útiles a pesar de su utilidad. Se refería a que los objetos que utilizamos no los vemos. Y yo, que era una firme defensora de la utilidad, de que en casa no se tienen que guardar cosas inútiles, me di cuenta de que lo que estaba haciendo era convertir mi casa en una casa invisible. Entendí por qué la gente suele querer y tener cosas inútiles, y es porque estas cosas, como no tienen utilidad, sí las puedo ver. No desaparecen en su utilidad.

—¿Vivimos en un mundo que solo valora lo que es útil?

—En este tiempo eso ocurre incluso con las cosas que hacemos. La gente nos dice: «Ah, vas a un curso de cerámica, ¿pero para qué? No te vas a convertir en un profesional, ¿no? Como si todo lo que hacemos y todo lo que tenemos tuviese que tener una utilidad. Y el hecho de tener cosas inútiles es una resistencia, es decir: «Elijo la inutilidad a propósito», porque eso también es parte de la humanidad, el querer hacer cosas que no sirven de nada y el querer tener cosas que albergan un valor sentimental. Si no, al final, con la pareja, también vamos a preguntarnos: «Ah, y mi pareja, ¿de qué me sirve?». Pues mejor que no nos sirva de nada. Que esté ahí como una presencia humana que nos acompaña, pero que no nos sirva.

—¿Un amigo de verdad puede no estar justo en el momento en que más lo necesitas?

—A veces se escucha: «Yo estaba muy mal porque me separé de mi pareja, o alguien ha muerto, y se lo dije a mi amigo por WhatsApp, le mandé algo, y ni me contestó. Pues no era mi amigo». Y lo que opino yo es que no es cierto. Un amigo es un ser humano como tú y como todos, y en la amistad no tenemos que esperar que el otro esté siempre aquí, porque si está siempre aquí no es un amigo, es un sirviente o algo raro. No es humano estar siempre disponible para alguien como ChatGPT. Para saber si un amigo es de verdad o no, sería más adecuado preguntarse si quiere mi bien o si yo quiero su bien. Ese sería un indicador más adecuado de amistad, y no el hecho de estar siempre disponible o que nos gusten las mismas cosas.

—¿Damos regalos para recibirlos o de verdad es un gesto altruista?

—Los regalos son una herramienta para fortalecer los vínculos sociales que existen en todas las sociedades, y por eso no se pueden hacer regalos desproporcionados a amigos. Si le regalo un coche, que creo que pongo ese ejemplo en el libro, como hay una expectativa de reciprocidad, mi amigo se va a sentir obligado a regalarme algo que tenga mucho valor, y entonces en este caso el regalo no es un regalo de amistad, sino casi una declaración de guerra. Hacer un regalo es algo tan ordinario que no estamos pensando que es una herramienta social, pero en realidad sí lo es. Y por eso también a algunas personas les resulta difícil recibir regalos, por eso de sentir el peso de la obligación social después en la reciprocidad, y lo difícil que es elegir el regalo adecuado.

—¿Hay que disfrutar de la vida a toda costa?

—Un día un amigo me dijo: «Tania, no lo entiendo. Todo el mundo me está diciendo: “Disfruta, disfruta”, y yo cada vez que me lo dicen, me amargo. Aún no he probado el pastel de cumpleaños y ya me están diciendo: “Disfrútalo, que es muy original y no podrás comer otro igual”». Al mismo tiempo, en los libros de autoayuda veía mucho esa referencia a disfrutar las cosas, pero le veo como un efecto perverso. Me parece que cuando uno quiere hacer bien diciéndole a alguien: «Disfruta estos días, que es Semana Santa y te vas de vacaciones a Fuerteventura», ya estamos diciéndole que se va a acabar. Es algo así como: «Disfrútalo, porque en tu vida cotidiana no lo haces y vas a tener una semana que te gusta dentro de un océano que no te gusta». Parece que solo podemos disfrutar lo extraordinario, y que lo ordinario nos va a amargar. No estoy de acuerdo. En la vida cotidiana también se puede encontrar mucha felicidad sin esa obligación de disfrutar.

—¿Cómo imponer límites a los hijos?

—No pretendo ser educadora, solo enfoco este tema bajo la perspectiva filosófica, como una idea, un camino o una reflexión. Para ello me voy a una teoría de Rousseau que me parece muy clara e inspiradora: lo que produce la resistencia de un individuo es cuando piensa que el no es un no porque la persona no quiere, un no de la voluntad, y no un impedimento externo. Si un niño pregunta: «¿Puedo jugar a videojuegos?», y le dices: «No, no me apetece que juegues», podemos observar una resistencia o una rebelión de ese niño al que le decimos que no. En cambio, Rousseau dice que, si el niño te pide otra galleta y le dices que no y le muestras que es porque ya no quedan más, no va a seguir pidiéndola.

—¿Tenemos que querer a la familia por el mero hecho de serlo?

—En todas las familias, incluso en las felices, puede pasar que pienses: «Llevo tres días en casa de mis padres, quiero irme». La teoría de Lévi-Strauss dice que en nuestras sociedades, donde no tenemos un sistema de matrimonios con intercambios de mujeres o de hombres, necesitamos un poco este sentimiento de desapego, limitado, pero desapego a la familia, para tener el deseo de ir fuera y de tener la nuestra propia sin que se produzcan matrimonios dentro de ella.

—¿Hay esperanza para la pareja en el mundo de hoy?

—El mito de Platón cuenta que los seres tenían cuatro pies y cuatro brazos y que después fueron separados, por eso buscamos a la media naranja, a nuestra alma gemela. Ese deseo de encontrar el alma gemela es un deseo natural, pero lo que puede ser un fracaso es cuando no intentamos buscar esta media naranja, sino una pareja en el sentido muy burgués de estar con alguien. Incluso eso de buscar a alguien en una app de encuentros con una lista de requisitos, y si los cumple lo suficiente, pues ya estamos juntos. Si dentro de esa pareja muy racional estamos buscando algo que es en realidad lo que se podría encontrar con el alma gemela, vamos a estar decepcionados al final. Pero también creo que se puede plantear un modelo de pareja muy racional sabiendo cuando uno se compromete que está en una pareja de este tipo, y que no es la vuelta al mito platónico. Lo que nos puede hacer infelices es esperar de una relación otra cosa de la que nos puede aportar, de equivocarse en la relación que tenemos.

—¿Los celos se pueden evitar?

—No doy ninguna receta mágica, como hacen los libros de autoayuda, pero entender por qué sentimos esos celos nos puede ayudar. Y la razón que vemos con Espinoza es que, en realidad, lo que nos hace sufrir es que nuestro objeto de felicidad, que es la presencia del ser amado, se convierte en objeto de felicidad para otro u otra.

—¿Por qué escuchamos las conversaciones de la mesa de al lado?

—La respuesta obvia sería por curiosidad, pero en realidad la mayoría del tiempo escuchamos cosas que no nos interesan. Y lo que explica eso es la falta de atención y el poco entrenamiento que tenemos para dirigir nuestra atención donde queremos. En vez de ser un impulso que va desde nosotros hacia un objeto exterior, es más bien el ruido del mundo exterior el que nos atrae. De la misma manera que la pantalla nos atrae con las notificaciones, que no exigen de nuestra parte que la atención surja de nosotros, sino que desde la pantalla viene, nos atrapa.

—¿Es bueno ser una persona distinta en el trabajo o debemos reservar ciertas cosas para la esfera íntima?

—Podemos ser nosotros mismos, ser auténticos en el trabajo y ser fieles a nuestros valores, sin contar toda nuestra vida privada. No hay absolutamente ninguna necesidad de que lo sepan todo si soy sincero y auténtico. Puedo ser la misma persona, pero decidir contar unas cosas y otras no. Lo que no es bueno es hacer esta separación para hacer ver que no nos sentimos bien en el trabajo.

—¿Qué opinas de este mantra: «Para querer a los demás primero me tengo que querer a mí mismo»?

—Solemos dar el consejo de: «No te salió bien con esta persona porque no te quieres lo suficiente, tienes que quererte más y centrarte en ti mismo». Creo que no es adecuado y que resulta un poco extraño, porque a mí me parece que a veces este consejo se les da a personas que ya están muy centradas en sí mismas, y pienso que la enfermedad de nuestra sociedad es más el narcisismo que otra cosa. Aunque también veo que uno puede estar muy centrado en sí mismo, pero no quererse de verdad. Y por eso distingo el amor propio del amor de sí mismo. El amor propio sería esta parte muy narcisista de estar centrado en uno mismo, de ser egoísta, quizás ese perfil de persona que se pregunta de qué me sirve mi pareja, y cuando ve que ya no le sirve, se quiere separar. El amor de sí mismo sería un amor de verdad, que no es narcisista ni interesado, sino que busca su propia conservación como ser humano, y eso sí que es compatible con el amor de otra persona.