Carlos Corrochano, el joven coruñés que explica la política internacional: «La única estrategia posible es hacerse cargo del malestar»
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Este jurista que a los 16 despegó con una beca en EE.UU., empezó a los 25 a trabajar en el Gobierno. Graduado en Derecho, con dos másteres en Geopolítica y Teoría Política, es asesor de política internacional en la Vicepresidencia Segunda. «Hay en mí mucha impronta coruñesa», asegura. En breve, volverá a Estados Unidos a hacer el doctorado
11 jul 2025 . Actualizado a las 08:22 h.Sobradamente preparado, y convencido de hay que redibujar la política y las relaciones internacionales, se muestra Carlos Corrochano Pérez (A Coruña, 1996), mucho más joven que el conflicto de Oriente Medio y que aún no había nacido cuando cayó el muro de Belín. Nuestro mundo es el de «las policrisis: con una acumulación de disrupciones masivas, simultáneas y superpuestas», diagnostica el director de gabinete de la Secretaría de Estado de Economía Social. Politólogo y jurista, graduado en Derecho, con estudios de Humanidades y Filosofía, y dos másteres en Geopolítica y Teoría Política, Corrochano tiene un sólido bagaje global con 28 años.
«Hay en mí mucha impronta coruñesa —cuenta dejándonos asomarnos a la persona—. Yo crecí en A Coruña hasta los 16, cuando recibí una beca y fui a estudiar a Estados Unidos. De ahí ya a Madrid. Yo me politicé pronto, muy rápidamente». En la adolescencia ya estaba devorando libros.
Mientras otros jugaban al fútbol, él se sumergía en Gramsci. «Fui un lector precoz, pero también un chaval normal. Hacía botellón en los jardines de adolescente, que es compatible con leer mucho. Jugué en el Basquet Coruña muchos años, toda mi adolescencia, y en el CRAT de rugby. Y crispaba a algunos profesores, porque, a pesar de no ser el alumno modelo, era el que sacaba mejores notas...», sonríe este agosto, de vuelta a su ciudad natal.
Carlos Corrochano centró su curiosidad y su aprendizaje en el mundo de las relaciones internacionales y la teoría política. Con 25 años, empezó a trabajar en la Vicepresidencia Segunda del Gobierno, llevando la asesoría política internacional. Dentro de unos meses se irá de nuevo a Estados Unidos por cinco años, con una beca de La Caixa, para hacer el doctorado en Teoría Política y Relaciones Internacionales.
Corrochano publica «Claves de política global» (editorial Arpa), un volumen que ha coordinado y reúne textos de autores como Léa Ypi, César Rendueles, Pablo Bustinduy, Itxacho Domínguez, Sara R. Farris o Pankaj Mishra, que se han propuesto renovar las herramientas intelectuales. El libro analiza temas de perentoria actualidad: la aceleración de la emergencia climática, la invasión rusa de Ucrania o el avance del populismo autoritario, entre otras cuestiones de relevancia mundial.
—No eres partidario de subrayar las lecturas generacionales. ¿Estás entonces en la línea de la premio nacional Marilar Aleixandre, que no cree en las generaciones?
—Sí, estoy bastante de acuerdo. Y si tuviera que quedarme con algo positivo de ser joven es la curiosidad permanente, que me ha llevado coordinar este libro mientras trabajaba en la Vicepresidencia y daba clases de Teorías en París, con el profesorado de Sciences Po [el Instituto de Estudios Políticos de París], volcado en este libro. Esa etiqueta me ha acompañado, ¡pero no me queda mucho! (Naciones Unidas hace una estimación, no categórica, de que hasta los 35 se es joven).
—¿Son inconciliables la teoría y la práctica en la esfera política?
—Hay una cita de Guattari que dice que la teoría es una praxis. Yo creo que, por una razón biográfica, por mi trabajo en este tiempo en el Gobierno, hay que imbricar ambos mundos, el de la teoría y el de la práctica, siendo conscientes de que en política hay gestos audaces que no tienen una sofisticada teoría detrás.
—¿Por ejemplo?
—Un gesto como un adelanto electoral inesperado puede ser audaz. Ese gesto no tiene por qué tener una gran reflexión teórica detrás. Y hay grandes teorías que no tienen por qué tener una aplicación práctica inmediata.
—También en los populismos hay un radicalismo en la expresión de las ideas que no se materializa en acciones. Meloni ha tenido que moderarse, respetar el engranaje institucional.
—El caso de Meloni es paradigmático. La enseñanza, si uno ve las cosas desde dentro, es clara: las iniciativas para la capacidad para cambiar las cosas están siempre mediadas por una correlación de fuerzas en permanente cambio.
—¿Los asuntos exteriores son interiores?
—Uno de los errores históricos a la hora de concebir la política exterior, las relaciones internacionales, era establecer un binomio entre la política doméstica y la exterior. Pero la política exterior ha sido un concepto en manos de élites internacionales, una especie de reducto en el que casi no se podía discutir. Como si dentro de nuestras fronteras se pudieran discutir con pasión principios y medidas públicas, y fuera de nuestras fronteras esos debates quedasen anulados en pos de un interés nacional, con un halo de secretismo en ocasiones. La política exterior tenía que estar mediada por el secreto, lo cual es poco democrático. La política exterior siempre ha sido un objeto complejo, especialmente para las izquierdas. En este contexto, 35 años después de la caída del muro de Berlín, hemos pasado de un mundo de bipolaridad a un mundo de «globalización policéntrica».
—¿Era más sencillo con los bloques?
—De alguna manera, simplificaba las cosas. Si eras de izquierdas tenías un mapa de referencias muy claro, definido. El desorden y la indefinición son las marcas de nuestro mundo y esto dificulta las cosas.
—Cayó el muro en Berlín, pero sigue habiendo muros...
—El muro es uno de los símbolos del contexto global. Es más, el número de muros, de zanjas, ha crecido exponencialmente desde la caída del de Berlín.
—¿Existe hoy un descrédito hacia las instituciones?
—En este libro se habla de un agotamiento institucional. La mayoría de las instituciones internacionales, y el sistema de Bretton Woods, nacen al albor de la Segunda Guerra Mundial. Vivimos en un contexto de recesión geopolítica, en el que las instituciones a nivel global son incapaces de ofrecer respuesta a los grandes desafíos porque no reflejan los equilibrios de poder existentes. Por eso, una de las grandes tareas que tenemos es una democratización de las instituciones globales y pensar una arquitectura global diferente.
—Alemania es ambigua. La postura de las potencias fuertes es clave...
—Es otro de los grandes temas, la persistencia de una jerarquización de las relaciones internacionales y la desigualdad. A pesar de tener estructuras como la Asamblea General de Naciones Unidas, rigen otras como el Consejo de Seguridad, más jerárquicas y enormemente injustas y desfasadas.
«Hay cierto narcisismo en las izquierdas. Es importante adaptar nuestros principios a una realidad que ha cambiado. Lacan hablaba de una pasión por la ignorancia, y la vemos en la mirada de alguna izquierda sobre los conflictos de nuestro mundo. Debemos desprendernos de las inercias políticas que tenían validez hace 30 años»
—¿Es urgente una redefinición de la izquierda en Europa?
—Hay cierto narcisismo en alguna izquierda. Es importante adaptar nuestros principios a una realidad que ha cambiado. A veces desde las izquierdas tendemos a complejizar los principios para simplificar los posicionamientos y eludir las responsabilidades. Este libro parte de la idea de que la política exterior es la principal víctima, o donde más crudamente se expresa, este momento de impotencia y repliegue en las izquierdas. En las tres últimas décadas el mundo ha cambiado muchísimo. La principal tensión hoy es la emergencia ecológica. Y los conflictos y tensiones de hoy nos exigen despojarnos de los corsés ideológicos. Lacan hablaba de una pasión por la ignorancia, y la vemos en la mirada de alguna izquierda sobre los conflictos de nuestro mundo. Debemos desprendernos de las inercias políticas que tenían validez hace 30 años, pero no ahora. Hay que recuperar una idea de universalidad estratégica.
«Hay rasgos del papa que conjugan con la idea de universalidad estratégica que defiendo, donde las periferias tienen una voz importante»
—Y en este sentido citas al papa Francisco como ejemplo...
—Sí, con cierto ánimo de polemizar. Pero hay rasgos del papa que conjugan con esta idea de universalidad estratégica que defiendo, donde las periferias tienen una voz importante, que entiende que la lucha por la emancipación humana es una lucha universal.
—¿Es Bruselas una especie de madre tigre, sobreprotectora pero voraz?
—Puede serlo en ocasiones, pero como tantos actores del entramado político... Europa es la permanente tensión entre el ideal y su materialización. Europa es muchas cosas, entre ellas un entramado institucional complicado, con un impacto enorme en nuestra vida cotidiana. Yo defiendo un europeísmo crítico. La UE tiende, sobre todo desde Maastricht, a recetas neoliberales, pero hay un pequeño margen de acción. Hay que aprovechar al máximo esos pequeños márgenes y brechas.