Clara Pons-Mesman, divulgadora de juego al aire libre: «Todos los padres deberíamos bajar a la calle con un paquete de tizas»

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Los niños deberían jugar entre cuatro y cinco horas al día en el exterior, señala esta divulgadora del juego libre, que, además, indica que en un solar se puede pasar superbién. En su libro da 50 ideas de actividades y juegos al aire libre

10 jun 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

A segura Clara Pons-Mesman (Barcelona, 1983) que con unas tizas en la calle y con un ovillo de lana en plena naturaleza se pueden hacer maravillas. Esta escritora y divulgadora del juego al aire libre acaba de publicar ¡Sal a jugar!, una guía con más de 50 actividades para entretenerse en el exterior. Un libro que bebe fundamentalmente de sus vivencias personales, ya que cuando fue madre se dio cuenta de que los niños de ahora jugaban menos fuera de casa. «De adolescente no te paras a pensar en eso, pero cuando tuve a mi hijo mayor me di cuenta de que no quedaba nada en lo que yo había jugado. Dije: ‘Vamos a ser positiva, vamos al parque', y nos pasó que a los que íbamos, cuando regresábamos, al cabo de un par de semanas, les habían puesto caucho. Poquito a poco fuimos buscando ideas, recursos», señala Clara.

 —¿Cuánto de importante es que los niños jueguen al aire libre?

—En mi opinión, es esencial, de ahí el libro. La naturaleza tiene muchos beneficios a nivel físico: los juegos son más activos, y sin tener la conciencia de estar haciendo una actividad física o deportiva se mueven más; beneficia mucho estar en contacto con el sol; están expuestos a mayor biodiversidad, y eso mejora el sistema inmunitario. A nivel físico hay una cuestión de salud importante. Por otro lado, es muy positivo que tengan la oportunidad de jugar con otros niños. Además, hoy en día que hay tantos hijos únicos, en casa el juego es más individual. Otra de las ventajas es que nos podemos encontrar con los amigos, conocer a otros niños, y se desarrollan muchas habilidades sociales. También son juegos más creativos, al aire libre no hay juguetes, van a tener que imaginar cómo juegan, con qué elementos, etcétera...

 —De todos, ¿cuál dirías que no pueden conseguir con otras formas de juego?

—Los beneficios a nivel físico son indiscutibles, o sea, el contacto con el verde, con la naturaleza... Estar al aire libre es una cuestión de salud, y no lo pensamos.

 —¿Hemos perdido el juego al aire libre?

—Muchísimo, las criaturas juegan muchísimo menos fuera de casa y hay menos espacios. Cuando yo era pequeña, vivía en un pueblo relativamente grande, tenía naturaleza cerca, ya fuera un barranco o un solar, algún trocito que quedara sin edificar, pero hoy en día no queda nada de eso. Los niños para estar en contacto con la naturaleza necesitan que alguien les acompañe, si no tienen la suerte de tener algún parque bien acondicionado cerca. Pero juegan menos al aire libre, la media hora que pueden tener de patio en la escuela o cuando salen otra media hora en el parque mientras están merendando, porque luego ya siguen extraescolares, deberes, duchas... Está bastante restringido.

 —¿Cuánto deberían estar?

—Cuanto más, mejor, pero cuatro o cinco horas al día sería maravilloso.

 —¿Crees que las ciudades de hoy afectan a las oportunidades que hay de juego al aire libre?

—Sí, sí, claro. Hay muchísimos menos espacios para jugar que hace tres décadas, el bum de la construcción de principios de los 2000 edificó muchísimos espacios, solares, que aunque no fueran nada, los niños podrían hacer sus descubrimientos, sus aventuras... Todos estos espacios han desaparecido, y además, esto también ha generado una mayor densidad de tráfico. En las ciudades, los espacios de juego han quedado reducidos a parques y plazas.

—Pero no son necesarios...

—No, claro, sería maravilloso que en las ciudades tuviéramos mucha más naturaleza, que no hubiera tanto tráfico, que los niños tuvieran autonomía para poder salir... Pero sabemos que ahora mismo no es así. Yo siempre recomiendo ir al parque más natural, que tenga un pavimento que no sea caucho, ya sea arena, piedra o hierba, porque eso da juego: el poder hacer un pastelito de barro, explorar las plantas, buscar unos caracoles entre la vegetación, escribir en la arena... Sobre el caucho nada de eso es posible.

 —Y cada vez lo vemos más...

—No sé si estamos en un punto de inflexión, pero hasta ahora sí ha habido una tendencia de ponerlo cada vez más porque nos ha llegado la idea de que es mucho más seguro cuando ni tan siquiera es cierto. Hay materiales naturales que son igual de absorbentes o mejores.

 —¿El parque ideal debería tener arena?

—Para mí sí, suelo natural, ya fuera piedrecitas, hierba... Aquí se ve muy poquito, pero en algunos países ponen corteza o virutas de madera, y eso amortigua mucho las caídas, además de que se pueden inventar muchos juegos.

 —Más allá del suelo, ¿el contenido es adecuado?

—Hay cosas que me parecen interesantes, por ejemplo, los columpios. Personalmente me gustan porque el balanceo favorece la estimulación, pero después yo creo que cuanto más abiertas sean las estructuras, mejor, porque hay más posibilidades de juego. Ahora se ve bastante, al menos por aquí donde vivo yo, y también lo he visto en otros países, que intentan ser más naturales, ponen un entramado de troncos horizontales y verticales para que sea un reto pasar por encima, se puede escalar... da bastante juego, implica movimiento, tiene aventura....

 —¿A qué obstáculos se enfrentan los padres para fomentar el juego al aire libre?

—De un lado, vamos faltos de tiempo, adultos y niños tenemos largas jornadas en la escuela y en el trabajo, y para jugar libremente es esencial el tiempo, en media hora no se puede desarrollar un juego muy rico, profundo e imaginativo. Yo lo veo, nosotros vivimos enfrente de un parque, los niños salen de la escuela y están media hora, y entre que meriendan se quedan en 15 minutos jugando, lo que puede surgir en ese tiempo no es nada comparable a si tienes dos horas libres. La falta de tiempo, sin duda, es un obstáculo. Me decías los obstáculos de los padres, a mí me vienen a la cabeza los de las criaturas. Les falta libertad, están hipervigilados, que esto liga con los adultos, que también tenemos más miedos que antes, y eso también dificulta el juego.

 —¿Qué consejo les darías a esos padres que viven en una ciudad con acceso limitado a entornos naturales?

—Ir a los parques más naturales posibles, es decir, que si tenemos uno de caucho y uno de tierra, intentemos ir al de tierra; buscar en nuestro entorno más allá de los parques, si tenemos una plaza... Descubrir lugares en los que no haya tráfico o calles sin salida, aunque sean de asfalto... También me parece interesante tener un grupito de amigos con los que quedar, porque aunque queramos que nuestros hijos jueguen al aire libre, aunque les demos libertad, y lo hagamos «todo perfecto», si nunca encuentran a nadie con quien jugar es mucho más difícil que le encuentren el placer a salir a divertirse.

 —La meteorología a veces puede jugar en contra, nunca mejor dicho.

—No sé en Galicia, pero mi familia es holandesa por parte de madre, y allí salen llueva o no, porque si no, no saldrían nunca. Van en bici al cole y a todos lados con lluvia y sin ella. Quiere decir que también hay una oportunidad de salir con lluvia, quizás lo que necesitamos es tener más interiorizada la ropa de lluvia, el calzado... Evidentemente, si cae una tormenta fuerte no, pero hay que verlo en positivo y decir: «Pues vamos a disfrutarla».

 —¿Cómo has seleccionado las 50 actividades que planteas en el libro?

—Quería que fueran atractivas, pero a la vez sencillas. A veces he tenido libros de actividades para niños o experimentos en los que te piden ingredientes tan complejos que hay que comprar por internet o en no sé qué tienda que, al final, no lo haces. Mi propósito era hacer cosas sencillas con materiales que, más o menos, todos tenemos en casa, y a la vez interesantes. He visto actividades de mirar a las nubes y ver qué te sugieren, que puede ser muy interesante, pero o fluye en el momento o nada. Intenté que hubiera muchísima naturaleza, pero tampoco podemos obviar a veces el espacio que tenemos.

 —¿Y cuál suele gustar más?

—Desde mi experiencia en casa, yo cuando hablo de jugar en la calle siempre hablo de tizas, tienen mucho recorrido, no solo es pintar, sino todo lo que se puede hacer, y esto me enlaza con la libertad del juego. Me acuerdo un verano que mi hijo estaba en el jardín y empezó a poner las tizas en agua. Yo pensaba: «Madre mía, nos las va a romper». No dije nada, me quedé observando. Nos sorprendimos porque mojadas pintaban con una intensidad increíble, como si fuera una acuarela.

 —Los padres deberíamos salir con ellas.

—Yo creo que sí, yo las llevo muchas veces. Por ejemplo, si estás esperando en la calle, y no solo pueden dibujar, es que con las propias piezas puedes hacer juegos. El otro día mi hijo, que tiene 12 años, me hizo el típico juego de rayitas en el que tienes que ir adivinando letras... Es un recurso sencillo y económico.

 —Yo lo he visto en la calle, pero siempre he pensado si puede molestar al resto.

—Hace poco escribí de esto en Instagram, porque mucha gente me lo comentaba. Yo misma tenía un vecino que cuando mis hijos pintaban con tizas, al día siguiente él siempre tenía que limpiar el coche, y de paso también lo que habían pintado ellos, con lo cual ya intuía que no le entusiasmaba. Un día entré con mi coche en la calle, que estaba vacía, y me llamaron la atención las manchas de aceite, que las vemos constantemente, y ya no nos damos cuenta, forman parte del pavimento. De esto nadie dice nada, en cambio nos molestan los dibujos con tiza, que, al final, se van solo con agua, y más si dices que en Galicia llueve mucho. Nos hemos desacostumbrado de ver a los niños jugando en las calles, tanto que nos sorprenden los dibujos con tizas, cuando son señal de vida, de niños creativos.

 —¿Cuál sería tu kit básico para jugar un día al aire libre?

—Lo del kit es solo un recurso más, que hay quien ha interpretado que es algo necesario, y para nada. Es para facilitar la llegada a la naturaleza o cuando salimos a la calle, porque hay niños que no están muy acostumbrados y puede costar un poquito más ubicarse. Un recurso superinteresante es un ovillo de lana, se pueden hacer muchísimas cosas: anudar palitos, hacer una varita mágica, un barquito, muñequitos... También un microscopio de bolsillo, que a los niños les encanta observar; las navajas para niños más grandes o peladores de patatas (en el libro vienen todas las medidas de seguridad, que nadie interprete que se les da así sin más), pueden estar horas pelando palos... Y para la calle, las tizas son imprescindibles; las cuerdas y las gomas, que son más tradicionales, dan muchísimo juego también.

 —¿Qué le dirías a un niño que dice: «Me aburro»?

—Es una superpregunta. Todo el libro pretende responder a ella, facilitar esa transición llevando materiales o haciendo una propuesta, porque a veces ese aterrizaje al salir fuera cuesta, y más cuando venimos de niveles altos de estimulación de pantallas o de mucho ajetreo en el cole, de la extraescolar... Y, a veces, solo saber que puedo hacer algo... Además, es que lo ves. Han empezado con una cosa que les ha ayudado a aterrizar y de golpe empiezan a jugar. También hay que tener paciencia, dar espacio y acompañar, y los adultos no debemos tirar la toalla porque diga me aburro, no debemos regresar, porque a veces se necesita un tiempo largo para desconectar de todo lo que venimos para conectar con el nuevo entorno.