Hosteleros que rosman

YES

MABEL RODRÍGUEZ

No existe un consenso estadístico definitivo, porque las aperturas y cierres son dinámicas, pero la cifra oscila entre los 15.000 y los 21.000. Por ahí andaría el número de bares y restaurantes con licencia operativa en Galicia, una descomunal madeja que define el carácter de este país y que es un motivo de orgullo, por encima de nuestra producción científica o nuestra actividad industrial. Admitamos que desconfiamos de los países sin bares o con bares que cierran demasiado pronto o con bares en los que se habla poco y bajo, bares en los que, por ejemplo, los bebedores se abrazan en solitario a una pinta de cerveza, como si ellos fueran una catedral, y la birra, su sagrario. Lo cierto es que veinte mil bares dan para todo, porque los motivos para abrir uno son tan complejos como la vida misma. Su rastreo daría para varias tesis sociológicas. Son una evidencia de nuestro pasado migratorio, con todos esos bares Rotterdam o Suizo; de nuestra debilidad por el cerdo, con todas esas raxerías o de nuestro papanatismo idiomático, con todas esas lounges, bakerys y burguers. La pandemia nos demostró nuestro apego emocional por las barras, a las que acudimos para mantenernos vivos y enchufados al mundo.

Pero en ese ejército de hosteleros que cada día pinchan un barril de cerveza o encienden a primera hora su cafetera exprés hay de todo. Y entre sus portavoces, también. Existe, de hecho, un prototipo de posadero rosmón instalado en el apocalipsis, que al parecer siempre trabaja a pérdidas, que se siente perseguido por todo y que muchas veces reclama lo que no da. Son esos que un 31 de diciembre cobraban cien pesetas por un café y el 1 de enero siguiente lo intercambiaron por 1 euro, que defienden en público que la media jornada de su camarero es de doce a doce, que chapotean en un país siempre en proceso de disolución, aunque ellos tengan la sala siempre abarrotada y las reservas bloqueadas hasta abril, que nunca encuentran personal, que el que encuentran es un desastre y que, por supuesto, no quieren solitarios en sus terrazas.

Según estos hosteleros, un bar sería un lugar de resistencia contra un sistema hostil que los persigue y una cuenta de resultados siempre desmayada. El día que un hostelero reconozca que le va como nunca los desmayados seremos nosotros.