Ha reconocido Barbra Streisand que su nariz ha recibido más atención que su persona, en lo que es una sinécdoque digna de elogio en esta era del filtro en la que una se encuentra en Instagram con una compañera del colegio y piensa que esa que asoma entre nubes debe de ser una nieta con la que se da un aire.
La nariz es uno de los grandes asuntos de la existencia, un rasgo que cuando es prominente o aguileña, cuando está fuera del estándar, cuando sobresale o se retuerce más allá de la norma devora el cuerpo entero. Como si fuera un caníbal. Pocos elementos del cuerpo humano han dado tanto juego. Impresionante ese fragmento de Cyrano de Bergerac en el que se encadenan referencias sucesivas a su gran nariz en tonos variados, desde el descriptivo —«¿Es un cabo? ¿Una escollera? Más, ¿qué digo? ¡Si es cordillera!»— al dramático —«Evitad riñas y enojos; si os llegara a sangrar os daría un Mar Rojo»— y así hasta una decena.
Para los nazis, la tocha ganchuda era una alerta roja que denunciaba a un judío, aunque como los prejuicios son siempre estúpidos, esa misma forma nasal fue en el primer Hollywood un rasgo que dibujaba en un solo trazo al enemigo árabe desconocido y entre las tribus originarias de lo que hoy es Estados Unidos, el estandarte de un guerrero noble.
Pero volvamos a Streisand, porque lo que ella confiesa en las memorias que acaba de editar, Mi nombre es Barbra, es la presión a la que fue sometida para que recortara su napia hasta meterla en cintura, la identificación constante de su aspecto con ese órgano, hasta el momento cumbre en el que se encontró con su perfil en la revista Time y la evidencia de que a su editor le debió de parecer muy buena idea considerar su nariz un «santuario» que le concedía a su rostro «esencia de perro». La Streisand fue retratada en los medios como una «gacela miope», «oso hormiguero amable», aunque quizás el apunte más brutal sea el de Newsweek en 1966 cuando un periodista escribió: «Representa un triunfo del aura sobre la apariencia... Su nariz es demasiado larga, su pecho demasiado pequeño, sus caderas demasiado anchas. Sin embargo, cuando se para frente a un micrófono trasciende generaciones y culturas».
Su resistencia fue muy valiente en una época en la que los libros que leíamos las niñas estaban llenos de crías con «naricitas», ese diminutivo machacón que sobrevolaba sobre tu apéndice cuando empezó a crecer más de lo deseable y descubriste que de las narices grandes todo el mundo habla sin que nadie les pregunte. Por cierto, tantos años y éxitos después, Barbra Streisand no se ha recuperado: «No me creo los elogios».