Debió de ser emocionante recibir aquella información para un tipo como Gay Talese. Reconocido como uno de los maestros del nuevo periodismo que nos fascinó a la generación que estudiamos la carrera en los ochenta y autor de piezas de referencia reverencial como el perfil Frank Sinatra está resfriado que firmó para Squire en 1966, en el año 2016 el periodista americano conseguía que vibrásemos de nuevo con la historia a la que dedicaba su último libro y el reportaje que sirvió de aperitivo. El motel del voyeur estaba basado en el diario real del propietario de un hotel, que durante años espió a sus clientes gracias a una cámara oculta en los habitaciones. El documento, reparos éticos al margen, pretendía ser un catálogo de la intimidad americana que Talese convirtió en libro y Sam Mendes y Spielberg querían retratar en película.
Nada de eso pasó. Talese zanjó de forma radical la promoción de su trabajo tras descubrir que el motelero Gerald Foos era un farsante con una imaginación deslumbrante y que el supuesto diario era perfecto porque era inventado. Tras la confesión, Mendes y Spielberg también se bajaron de la historia y la película nunca llegó a rodarse.
Fue uno de esos giros que salpican de ironía las carreras de personas que hacen cirugía sobre la realidad y de pronto la realidad se da la vuelta porque esa es su esencia. La peripecia puede escrutarse en el documental que produjo Netflix titulado Voyeur con el propio Talese enfrentado al espejo de sus errores como periodista que se fio de una única fuente. Pero durante un tiempo, los periódicos se llenaron de análisis sobre la figura del voyeur, en la que quizás alguien pensó estos días tras trascender la idea que la comisión de fiestas de A Lanzada, en Sanxenxo, ha tenido para espantar a los mirones que el verano pasado perturbaron el baño de mujeres que acudieron a A Lanzada para actualizar el rito de las nueve olas.
Varios focos dirigidos hacia los fisgones preservaron la decisión de las mujeres que por xalgaretear, placer o convicción quieren cumplir el famoso ritual de fertilidad, perfectamente incierto e ineficaz, pero ideal como excusa para bañarse a la luz de la luna de agosto.
Y lo que se agradece que por una vez el foco se dirija a los mirones para deslumbrarlos.