Mientras la pescadera se afana en hacerle la autopsia a un choco que pasa del kilo con una precisión hipnótica, aprovecha para impartir una lección de economía básica. El entorno es propicio para compartir avatares de clase desde la autoridad que siempre da una tribuna, sea esta la del mostrador del peixe, la de la barra de un bar o la del Congreso de los Diputados. Su lamento se impone justo cuando retira con mimo la bolsa negra de la tinta del cefalópodo y sobrevuela este diciembre de luces navideñas y semana de puentes. En concreto, recuenta la cantidad exacta de centros comerciales y supermercados que abrirán todos los días, todos los festivos, todo el día, un pleno al quince para que todos podamos comprar en cualquier momento y a cualquier hora, como si los melones fueran a desaparecer del lineal como los muñecos de Toy Story cuando Andy cerraba la puerta de la habitación. La pescadera está enfurruñada y comparte su enfado con las clientas a quienes consigue hacer cómplices de esta bulimia adquisitiva que trastoca la vida laboral de quienes tienen que estar detrás del mostrador. Son las víctimas de un sistema que promueve consumidores caprichosos acostumbrados a que se les atienda al instante cada impulso de comprar que les asalta. Está, claro, la vieja competencia entre los grandes centros comerciales y los pequeños comercios, pero también está el tipo de comprador en el que nos estamos convirtiendo.
Serán los años, pero hay algo sacrílego en pasar por la caja de un súper un domingo cualquiera, una especie de soberbia funcional que incomoda, como si la caprichosa que llevas dentro se estuviese imponiendo a la persona en un desequilibrio que siempre acaba mal.
Hay una excepción a esta apertura a gogó de tiendas y comercios que se extiende por toda Europa como si fuera un signo de modernidad: Alemania. Allí se rinde un culto casi sagrado al descanso dominical sin que casi nadie lo cuestione. Y no parece que la costumbre haya arrasado su economía. Lo sabe bien la pescadera enfurruñada.