Casetes para millennials


Empezábamos con el machete a abrirnos paso en las selvas de Internet y sus redes cuando se viralizó un vídeo de tres rapazas que se enfrentaban a la imposible tarea de hablar por un teléfono tipo Heraldo. Encuentro su nombre en una página titulada Antigüedades urbanas, tan explícita como sobrecogedora. Con el aparato en cuestión crecimos todos los que ya no vamos a cumplir cuarenta, pero en las manos de aquellas tres adolescentes, hijas ya de Steve Jobs, el artefacto era tan inescrutable como el gran colisionador de hadrones. Incapaces de entender cómo proceder con el disco de marcado o cómo empuñar el mango de escucha y voz, las muchachas encarnaban de una forma brutal la dichosa brecha generacional que a la velocidad que van las cosas aparece en ciclos cada vez más angostos.

Sospecho un desconcierto semejante de nuestras hijas con casi toda la pretecnología con la que creció nuestra generación, incluidos los casetes de los que estos días hemos vuelto a hablar tras conocer la muerte de su inventor, un ingeniero holandés llamado Lou Ottens que fallecía el pasado día 6 a los 94 años. El ingenio se presentaba por primera vez en Berlín en 1963 y su extensión por el mundo significó una revolución al entregarnos la posibilidad de grabar audios de manera doméstica y portátil. Las cintas fueron el registro emocional de varias generaciones, cartas de amor que alguien grababa para ti, diarios de nuestras apetencias musicales, muchas veces capturadas al vuelo de un programa de radio en el que la voz del locutor se colaba siempre en el momento menos oportuno. Se militaba en determinadas marcas de cintas vírgenes y se expresaba mucho de lo que eras en la duración de cada casete, de 60, de 90 o de 120 minutos, un batiburrillo tantas veces iconoclasta que escuchabas en coches sin aire acondicionado y bajaventanillas manual. Ese patrimonio envejece en trasteros y maleteros, las cintas propias mezcladas con adquisiciones comerciales que hasta hace unos años resonaban en la zona baja del Rastro, Tijeritas, los Chichos y hasta El orgullo del Tercer Mundo, con los primeros Faemino y Cansado leyendo a Kierkegard.

La última hora habla de una vuelta del formato, gracias sobre todo a Billie Ellish, que ha vuelto a editar en cinta. Que los millennials vayan sacando el bic.

Por Fernanda Tabarés Directora de Voz Audiovisual

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