A pesar de cenizos, retorcidos, justicieros y amargados, a pesar de quien instiga a la denuncia y al libelo, al acoso y a la policialización de las relaciones ciudadanas, la inmensa mayoría de las personas están cumpliendo con resignación y docilidad las indicaciones con las que inexpertas autoridades en pandemias tratan de meter en cintura esta puñetera mierda de virus.

Y eso, a pesar de la gestión acordeón / sarampión de la debacle, con instrucciones que se abren y se cierran como el fuelle del instrumento y órdenes que salpican España aquí sí, aquí no, como las petequias coloradas de la infección.

Se entiende y aplaude una gestión asimétrica de la crisis que impida que el único habitante de Vichocuntín se vea sometido a los mismos arneses sociales que el quiosco de Callao y también se tiembla cada vez que cae el tontón implacable de los muertos, cada hora, uno. A estas alturas todos conocemos y compadecemos el estrés de los ucistas y las complicaciones extremas de la gestión hospitalaria, de los conductores de ambulancias, de los celadores y enfermeros. Pero entendemos menos que lo que no vale aquí, valga allá.

En el complicado ecosistema de las víctimas de Todo Esto, con los muertos y los enfermos graves a la cabeza, hay una sección en rojo ocupada por los hosteleros. Miles de pequeños empresarios que dibujaban una red tupida y heterodoxa, de edades y circunstancias diversas, que hoy se enfrentan al abismo, casi un año después del primer cierre. La gran pregunta que nadie contesta es por qué los bares son aquí la primera trinchera del virus mientras en Madrid, Pamplona o Zaragoza las terrazas se presentan como lo contrario, una estrategia para impedir que la gente golfee en la intimidad del hogar sin mascarillas y con el pelo alborotado. Los hastiados ciudadanos descontamos el tacticismo político y la táctica-covid que se traen los unos y los otros, pero instrucciones tan desiguales podrían ser escrutadas a través de los datos y los resultados, para fijar un arsenal normativo que todos entendamos. Porque si es verdad que es inevitable que los bares cierren por fuera y por dentro para zanjar la peste, en Madrid o en Sevilla los cadáveres deberían estar bajo las alfombras y los sanatorios al borde de una explosión cualitativamente diferente al doloroso estampido que el covid ha provocado en el Chuac o el Cunqueiro. ¡¡Quién se aclara!!

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Quién se aclara