«En el confinamiento cambié de casa, de ciudad y de trabajo»

EL «EFECTO MUDANZA» DEL COVID. Marta volvió de nuevo a Galicia en plena pandemia tras un giro laboral y 13 horas de tren en pleno confinamiento. Otros se mudaron de la ciudad al campo para ganar espacio y respirar mejor. A grandes males, ¡cambios!

Carlos Crespo

A veces un parón es un impulso. Desde el confinamiento de marzo vivimos, por fuerza, más de puertas para dentro, y quien más quien menos el que ha podido se ha hecho la pregunta: «¿Estoy a gusto donde estoy? ¿Dónde estaría yo mejor?». El covid nos ha enfrentado a la posibilidad de un cambio interior y de interiores. A mudanzas y reformas. 

A Marta y a Celso el «efecto mudanza» les llevó lejos. Les trajo de nuevo a Galicia, de Barcelona a Pontevedra, diez años después en el caso de ella, 17 en el de él, cuando ya se habían instalado allí tras unos primeros años duros. La razón del cambio fue su pequeño «superhéroe» de 3 años, Mario, al que querían ver crecer más cerca de los abuelos. «Habíamos decidido volver a Galicia antes de la pandemia. Tomamos la decisión en enero del 2020. Lo que no imaginamos es que llegaría marzo a reventar los planes. Pero también a confirmarnos que esta decisión era la mejor. Cuando empezó toda la desescalada, pensamos que menos mal que estábamos viviendo aquí», cuenta Marta, que, al cambio de ciudad y de casa, sumó un cambio de trabajo sobre la marcha. Hoy está en una conocida empresa textil gallega que, por la pandemia, cerró tiendas en varios lugares del mundo, pero ella a gusto en la terriña. Cambió el asfalto de la gran ciudad a tener el parque del Gafos a tiro de piedra y muy cerca el paraíso de sus veranos, Lapamán. «Nos mudamos porque queríamos que Mario tuviese una infancia como la que tuvimos nosotros, y por tener ayuda de la familia. Sin ella se hace muy duro», dice Marta.

La mudanza la tenían prevista la tercera semana de marzo, pero el confinamiento la pospuso hasta el 22 de abril. «Fue, creo, el peor mes de mi vida, viviendo en Barcelona en una casa a medias (a medio desmontar) pero ya con piso en Pontevedra. Dejé mi trabajo, sin saber bien qué iba a ser de mí...», recuerda. Le salió nuevo empleo para la primera semana de abril, y empezó en teletrabajo, con nervios y con la mudanza pendiente.

«La mudanza pudo hacerse al final en abril, se entendía como algo de primera necesidad. Pero pensamos: ‘¿Y si llegan nuestras cosas y nosotros no porque no podemos viajar?’». El 22 de abril se hizo y el 23 de abril Marta, Celso y el pequeño Mario cruzaron en 13 horas por tren la Península. Con el miedo en el vagón de cola y la ilusión por motor.

«Pontevedra es una maravilla, y más para vivir con niños. Nuestra primera salida con la desescalada fue al parque del Gafos. En Barcelona hubiera sido comer asfalto, muy diferente», valora esta pareja que se vuelca como hobby en la decoración. A la vista está en el Instagram de Marta (emedemartolas), que da ideas interesantes para meternos a una reforma. El 2020, el peor año, fue para ellos el de «la vuelta a casa». «Tenemos sensaciones encontradas, porque fue el peor año que vivimos. En el confinamiento cambiamos de ciudad y de trabajo, pero al final fue para bien». Un poco de todo, de vida. Y tuvieron de regalo «un verano muy sanador en el paraíso de Lapamán». Las crisis se llevan mejor con abuelos y cerca del mar.

SENSACIÓN DE LIBERTAD

El cambio de la ciudad al campo es uno de los que más mudanzas han motivado a raíz de la pandemia. «El confinamiento precipitó que cumpliéramos nuestro sueño», confiesa Marcos, de 50 años. Hasta hace cinco meses vivía junto a su mujer, Marta, y su hija Noa, de 15 años, en un piso en Vilagarcía. «El piso estaba bien, era amplio, se veía el mar y tenía una terraza que nos dio mucho juego durante los meses de encierro». Pero fue levantar el confinamiento y ponerse a buscar una casa. «Era nuestro proyecto de futuro, pero, de no haber sido por la pandemia, habríamos esperado unos años más», confiesa, al tiempo que apostilla: «Lo cual, visto desde ahora, habría sido un error».

«Antes, venías de trabajar ocho horas entre cuatro paredes y te encerrabas en el piso, que no dejaban de ser otras cuatro paredes. Ahora, si hace bueno, pasamos más tiempo en el exterior que dentro de casa»

Encontraron su nuevo hogar en una colina a las afueras de Carril. Una vivienda unifamiliar con 700 metros de terreno alrededor. Buscaban tranquilidad, intimidad y espacio al aire libre. Y a fe que lo encontraron. Y con espectaculares vistas. «Antes, venías de trabajar ocho horas entre cuatro paredes y te encerrabas en el piso, que no dejaban de ser otras cuatro paredes. Ahora, si hace bueno, pasamos más tiempo en el exterior que dentro de casa».

No le costó ni un día aclimatarse a su nuevo hogar a esta familia. «La primera noche que dormimos aquí, sentí una sensación de libertad absoluta», narra Marcos. Incluso Noa, que ahora vive un poco más lejos de sus amigos, se confiesa feliz con el cambio. Tiene su habitación, otra a modo de estudio, puede hacer deporte sin salir de su casa y poner música a todo volumen.

Marcos, que trabaja de secretario de dirección en un hospital, agradece sobremanera el poder estar al aire libre sin mascarilla, sin sentirse violentado. «Es una sensación muy liberadora. Tanto que a veces, cuando salgo, se me olvida ponérmela. Me doy cuenta de inmediato, claro. Pero ese despiste antes era impensable...». Preguntados acerca de qué es lo que más echarían de menos en el caso de tener que volver a un piso, Marta y Noa responden al unísono que «todo». Marcos sentencia: «Yo ya no sería capaz de volver».

DE MANAGUA A PONTEVEDA Y A ARZÚA

Tras ocho años viviendo en Managua, Diego y Paola, gallego y arquitecto técnico él, consultora de Naciones Unidas nicaragüense ella, la pareja se vino a Galicia y se mudó a un piso a Pontevedra. Pero con el tiempo se dieron cuenta de que querían campo. Dieron con una parcela con una vivienda en ruinas en Arzúa y ahora están en proceso de rehabilitación de «esa casiña» de sus sueños de la mano de la empresa Matraz. La mudanza es aún un proyecto que está en proceso, y ellos, con muchas ganas de acelerarlo. «El 2020 en la ciudad fue un año muy raro y queremos empezar de nuevo, en un entorno más rural, en una casa tradicional gallega». Si esta pandemia puede traer algo bueno «es un cambio de paradigma, potenciar el tejido rural que tenemos aquí. Este puede ser un efecto muy positivo», valora Diego.

Ellos siempre tuvieron la idea de una casa en el campo, «pero a raíz del confinamiento vimos mucho más claro lo de la calidad de vida en el rural». «Teníamos amigos con kilómetros y kilómetros de camino para caminar cerca de su casa, para pasear con los niños con cero aglomeraciones», cuenta él, recordando el confinamiento en un piso en la ciudad.

No tienen hijos, pero esta mudanza incluye también un deseo, un proyecto de vida con voluntad de expansión familiar que quiere echar raíces en Galicia, en todo el campo que tenemos para rehabilitarnos la vida.

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