Miguel Herrán: «En mi casa no hay espejos, pero es intencionado»

Como el protagonista de «Hasta el cielo», la película que acaba de estrenar, este malagueño también ha pasado de la nada al todo. Eso sí, sin pisar a nadie y con unas cuantas lecciones por el camino. «Me he llegado a tener tanto asco y a odiarme tanto que a día de hoy lo más importante que hay en la vida para mí es escucharse a uno mismo», confiesa


Por la voz y la manera de responder al teléfono, ya se intuye que Miguel Herrán (Málaga, 1996) es sincero, directo y cercano. Después de unos minutos de conversación, las expectativas se quedan cortas. Es de esas personas que se expresan sin tapujos; no le importa desnudarse verbalmente y es capaz de discernir entre el éxito y la felicidad. La vida de este malagueño dio un vuelco hace seis años cuando lo pararon por la calle para ofrecerle una película, un papel que le dio el Goya al mejor actor revelación. De no aspirar a nada, lo consiguió todo. Después de su personaje de Río en La casa de papel, que le trajo el reconocimiento internacional, vendría el de Christian en Élite. Ahora acaba de estrenar Hasta el cielo, un thriller dirigido por Daniel Calparsoro, en el que interpreta a Ángel, un joven ambicioso que hará lo imposible hasta llegar a lo más alto.

-A este paso, te vas a acabar creyendo que lo tuyo es atracar.

-¿Y no lo es? Estaría bien, ya me atracaría yo un banco y me iría a una isla como Río. Lo de los coches no lo veo tanto, es mucho esfuerzo, mejor un banco que es todo de una.

-Mira que Ángel se mete en líos. A ambicioso no le gana nadie.

-No creo, y si lo hubiese ya procuraría él ser más que el otro.

-¿Has conectado con él?

-Sí, de hecho tenía momentos en la creación del personaje que me lo llevaba a casa. Por ejemplo, en el gimnasio practicaba mucho cómo entrenaría este tío, cómo iría al gimnasio, con qué actitud, con qué ropa, qué pesas escogería, qué entrenamientos haría. Yo soy una persona muy buena, muy tranquila, no busco conflictos, los evito siempre que puedo. Y un día yo estaba agachado colocando una pesa, y un chico, que llevaba dos pesas en la mano, para no darme, me dijo: «Oye, cuidado», y yo le respondí: «Cuidado tú». Y pensé: «¡Hostia!». Le miré y le dije: «Perdón, perdón».

-Es la tercera vez que coincides con Tosar en un proyecto. Es cuestión de tiempo que acabes en Galicia.

-Tosar es la hostia. Es lo mejor que te puedes echar en esta industria con diferencia, y en la vida también.

-Dicen que es muy buen anfitrión, que lleva a sus amigos a casa de sus padres.

-A casa de sus padres no he ido, pero a su mujer y a sus hijos los conozco, hemos cenado juntos, tengo una relación con él de mucho cariño, es una persona a la que admiro y quiero con locura.

-La película es un poco como tu vida: de la nada al cielo, ¿no?

-Sí, un poco sí, pero yo no he tenido que pisar a nadie para llegar hasta aquí.

-Me refiero al ascenso. Tú hace cinco años tenías una vida diferente.

-Absolutamente, no tenía nada. Era una persona que tenía una madre maravillosa, gracias a Dios, que ha sido un poco lo que me ha hecho triunfar, y poco más. No quería estudiar nada, no tenía ningún proyecto de futuro, ni laboral ni personal. Era una persona que ni siquiera se quería a sí mismo, era tan malo y tan cabrón que no me gustaba. Era muy joven, no tenía las herramientas para entenderme, ni para comprender lo que me pasaba, no tenía nada más que odio dentro.

-¿Te ha cambiado mucho la vida?

-Del todo. Imagínate, ahora mismo ya estoy cambiando de edad, estoy entrando en la vida adulta, me ha cambiado todo a nivel profesional y personal. Soy otra persona completamente diferente.

-¿Para bien?

-Para bien, para bien.

-¿Echas de menos algo de tu vida de antes?

-Absolutamente nada. No tengo nada que echar de menos, porque todo lo que me gustaba, lo mantengo.

-Lo de estar siempre en el foco, ¿cómo lo llevas?

-Hay días que mejor, otros que peor, va un poco por épocas. Ahora mismo estoy muy bien, es algo que llevo con normalidad, dentro de lo normal que puede ser esta situación. Me ha pasado factura, pero ahora mismo no me provoca nada malo, todo es bueno, y por supuesto estoy muy agradecido. Si realmente esto fuese una situación que yo no pudiese sostener y que me consumiese, a mí nadie me obliga a seguir en esta profesión. Yo ya me he formado un colchón económico con el que podría irme a cualquier lugar, comprarme una casa humilde y vivir tranquilamente haciendo cualquier otra cosa, pero la verdad es que siento verdadera pasión por mi profesión.

-De alguna manera puedes decir que la interpretación te ha salvado la vida.

-Sí, lo dije cuando gané el Goya. A mí la interpretación me dio una vida.

-Te pasan cosas inquietantes. ¿Qué es lo más surrealista que te ha pasado últimamente?

-En Italia, con un grupo de amigos. Llegamos a Cerdeña, alquilamos una lancha, y cuando la gente se enteró de cuál era nuestro destino y qué lancha era, nos empezaron a perseguir todos los yates, por todos lados, se lanzaban al agua, si parábamos la lancha, aparcaban quince barcos a nuestros alrededor y se bajaban a hacerse fotos. Era un poco loco. Lo más loco que yo he vivido de esta situación ha sido en Italia, allí la repercusión de La casa de papel ha sido monumental.

-Tus comienzos fueron de película, te pararon por la calle.

-Fue un poco así. Un día iba caminando con unos colegas por la calle, todavía no tenía estudios ni nada, iba al colegio, pues bueno, a figurar… A la salida del teatro Sol de York, dijimos: «Ese es el de Aquí no hay quien viva -por Daniel Guzmán-». Nos llamó y nos dijo: «Oye, chavales, venid p’acá». Nos acercamos y nos empezó a contar una película, que él era director, que estaba haciendo una peli, que buscaba a un chaval, parecido a nosotros, de nuestra edad, de la calle... Nosotros nos miramos como diciendo: «Este tío se está quedando con nosotros, nos está vacilando, se cree que somos tontos o algo. Si este es actor, qué director ni qué leches». Nos empezó a hacer preguntas: «¿Vosotros tenéis calle hecha?». Nos miró un poco, la verdad que llevábamos unas pintas bastante callejeras, y dijo, sobra la pregunta. «¿Qué años tenéis?», nos dijo. «15, 16…», respondimos. «Ah, vale. ¿Sabéis conducir motos?», preguntó. «Sí, de hecho tengo una», le dije yo. «¿Y os gustaría hacer una película?», preguntó. «Va, venga, nos está vacilando», dijimos. «De verdad, que es un personaje muy pequeñito en la peli, trata de la vida de una persona que se va haciendo mayor y esto sería para el principio», nos contó. Y le dice uno de mis colegas: «¿Cuánto pagas?». «5.000 euros», dijo. Y responde: «Yo por menos de 10.000 no te hago una mierda». Le miro yo y le digo: «Pues yo te lo hago gratis». «¿En serio?», me preguntó. Y yo: «Por supuesto, si me estás diciendo de hacer una peli, yo te la hago gratis». Le di mi número y me llamó.

—Has dicho que te gustaría contar la vida de tu madre. ¿Sientes que se lo debes?

—No siento que le deba absolutamente nada, creo que a mi madre le estoy devolviendo poco a poco todo lo que quité en su día. Yo cuido mucho a mi madre, es una persona a la que quiero muchísimo. No es algo que haría por mi madre o como homenaje, sería más que nada un homenaje a nuestras historias, tanto a la mía como a la suya. Contar su vida y la mía, porque me apetece, porque creo que puede ser interesante para la gente, porque es una vida muy curiosa y cinematográficamente tiene su punto, si se hace bien.

—¿Es quien te pone los pies en el suelo?

—Sí, ella y mucha gente, toda la gente de la que me rodeo, no me suelo rodear de gilipollas. Mi madre es como mi asistenta personal, de hecho. Se quedó sin trabajo con todo lo del covid, y yo al ser autónomo, digamos que es ella quien me lleva absolutamente todo, de todo, de todo.

—La confianza es plena.

—Por supuesto. Todo lo mío es de mi madre, literal. Tengo unas cosas firmadas donde pone que todo lo mío es suyo. Más confianza que en ella no la puedo tener.

—Alguien que tiene 14 millones de seguidores en Instagram, ¿piensa mucho lo que comparte?

—¡Qué va!, para nada. De hecho, tengo épocas. Ahora mismo veo que a muchos de mis compañeros, las marcas les regalan cosas y todo son agradecimientos. Yo siento que con todo lo que estamos viviendo, y lo que queda por venir, creo que lo último que debemos hacer es jactarnos de lo bien que nos va en redes. La gente está pasando mucha hambre y lo está pasando muy mal. En este aspecto, esta vez sí que lo he cuidado. Por el resto, yo subo cosas cuando me apetece y muy de vez en cuando, a veces por colaboraciones, ojo, pero no siento ninguna responsabilidad en absoluto. Hay cosas que hago en mi vida que no subo a redes, pero me imagino que yo y todo el mundo.

—En alguna ocasión dijiste que te habías dejado engatusar por los «likes», es un mundo muy tentador, ¿no? ¿Es fácil caer?

—No solo es tentador, es que es un mundo en el que si tú te sientes mal, tienes un día de bajón o no te ves guapo, recurres a subir una foto de un día que te sentiste bien para que la gente te diga ahora mismo lo bien que estás y según eso, tú construyes tu autoestima. Eso es tremendamente falso. Para mí las redes son lo que son, son un negocio. En mi caso concreto, es un trabajo. Yo no tendría redes si no tuviese la situación que tengo. Me parecen algo muy peligroso, que te pueden hacer mucho bien, si tienes un negocio, una empresa o algo que publicitar, pero creo que determinar tu autoestima o tu felicidad en base a los likes que recibes de personas que no conoces de nada es muy peligroso. Es muy difícil gustarle a todo el mundo, de hecho es imposible, creo.

—Insistes en la idea de que el dinero te quita felicidad.

—No, no, no creo que quite la felicidad. El dinero a mí lo que me ha hecho es dejar de disfrutar de las cosas materiales. Yo mi primer sueldo me lo gasté todo en una moto, y esa moto era mi moto, me iba con ella al fin del mundo, y cualquiera me podía decir algo de mi moto, que era la mejor del mundo. Cada vez que me subía era feliz. Ahora mismo tengo un montón de motos, me da lo mismo una que otra, me prestan motos… pero ya no tengo ese disfrute de las cosas materiales. Es cierto que el dinero te da una tranquilidad económica, que en este mundo es muy necesaria, porque es cierto, el dinero no es importante cuando lo tienes, pero, coño, yo he estado en situaciones que si no tienes dinero, no comes. O te quieres ir a ver a tu pareja a no sé dónde y si no tienes dinero para pagar la gasolina, no puedes ir a verla, o no puedes estudiar lo que te apetece. No creo que el dinero quite la felicidad, pero sí creo que cuando lo tienes, las cosas materiales, por lo menos en mi caso, pasan a un plano en el que no me hacen tremendamente feliz. Cuando me prestan un coche o una moto, la disfruto los cinco primeros minutos que estoy encima, pero luego ya no lo valoro como un objeto material que me va a dar cierta felicidad. No ansío el conseguir qué cosa para yo estar mejor.

—Eres muy franco a la hora de expresarte, muy transparente también cuando muestras tus emociones. No es habitual que una persona con éxito o conocida se muestre tan abiertamente.

—Es cierto que no lo veo mucho, pero yo prefiero ser así, cuando vas de cara las cosas son mucho más sencillas. Yo me he visto de pequeño en situaciones que... He mentido mucho, he metido muchas trolas y engañifas, y siempre lo pasaba mal, porque no estaba contento ni con lo que había dicho ni con lo que estaba pasando, ni con lo que iba a pasar cuando la otra persona se enterase. Al final me di cuenta de que lo mejor que puedes hacer es decir la verdad, duela, no duela, y ya está. Sobre todo ser sincero con uno mismo. Si yo me siento mal, me siento mal, lo que no puedo hacer es sentirme mal y venderte en Instagram que estoy bien, si no, yo me voy a sentir peor, porque no es real.

—Igual sorprende porque escasea.

—Yo también creo que la gente no se toma tiempo para pensar, pasa muy por encima de las cosas, en general, de lo que sucede, de lo que les sucede a ellos mismos por dentro, de por qué hacen lo que hacen o se comportan de la forma en que se comportan. Yo he tenido un asco tan grande hacia mí mismo cuando era pequeño, he llegado a odiarme tanto y a sentirme tan mal por cómo era, y por no saber qué hacer para cambiarlo, que a día de hoy que tengo las herramientas, la consciencia de lo que me sucede, de lo que veo a mi alrededor, de cómo entenderme, de cómo cambiarlo y mejorar como ser humano... Para mí eso es lo más importante que hay en la vida, escucharse a uno mismo, poder ir hacia donde uno quiere, porque hay mucha gente que se acaba perdiendo porque no sabe cómo escucharse, o no sabe qué coño le pasa.

—Has sido muy valiente a la hora de contar la obsesión que tenías con tu físico. ¿Has llegado a un punto de aceptación?

—Sí, llegué hace tiempo. Hay momentos que estoy mejor, otros peor, pero el nivel de aceptación que tengo hacia mi cuerpo ya es constante. Esté mejor o peor, ya sé que es algo que puedo cambiar y que está en mi mano, y no me altera en absoluto.

—¿No te pasa factura mirarte al espejo?

—No, no me pasa factura pero te diré que en mi casa no hay espejos. Es verdad. Solamente hay uno y hay que abrir una ventana.

—¿Adrede?

—Sí, es a propósito.

—Tu tarea pendiente es disfrutar del presente. Has dicho que a veces la cabeza te va muy rápido en ese sentido.

—Yo para el 2021 pido seguir igual, que sea todo un equilibrio, ni mucho descanso, ni mucho trabajo. A veces planeas mucho el futuro sin disfrutar lo que tienes entre manos. Cuando dije eso me refería a otra cosa. No es porque piense en el futuro, es que yo a veces estoy haciendo algo con amigos y estoy pensando en otras cosas que podría estar haciendo, y cuando empiezo a hacer esas cosas, estoy pensando en por qué no estuve aprovechando el tiempo cuando estuve con los amigos… Es lo que hablábamos antes, hay que escucharse, pararse... No sé yo si es vivir el presente, no me gustan las palabras tan místicas, pero digamos que lo que quiero ahora es organizar mi vida y tomar las riendas. Me estoy haciendo adulto o eso creo, tengo 24 años, ya empiezo a independizarme y a gestionar todo este tipo de cosas de la vida adulta que no había vivido, y me quiero adaptar. No busco nada más, es que estoy muy bien. Con que todo vaya igual…

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