«El covid nos dejó a los dos en el paro y decidimos ayudar»

Alba y Antonio vieron cómo de golpe el coronavirus les llevó por delante su trabajo de camarera y camionero. Pero no se rindieron y enfocaron su confinamiento en los demás: «Hemos intentado sacarle una sonrisa a la gente»


Alba y Antonio tenían su trabajo, formaban una familia como tantas otras con su hijo de 3 años, Neizan, cuando el covid se asomó a la puerta. Y de pronto todo a su alrededor se vino abajo. Antonio es camionero y estaba acostumbrado a hacer rutas amplias por Europa, viajes a Alemania, Francia, pero la empresa a la que pertenecía detuvo de golpe la actividad y no pudo seguir en su profesión. Tampoco su mujer, que trabajaba como camarera, y que vio de un día para otro cómo tenía que dejar su actividad. Ni de camarera ni de camionero se puede hacer teletrabajo, así que el mundo de este matrimonio de Cabana de Bergantiños se paró ininterrumpidamente porque, aunque desean que se vuelva a encaminar cuanto antes, por el momento no tienen un horizonte de estabilidad.

Pese a sus circunstancias, los dos decidieron que la mejor manera de resistir durante este parón obligado era precisamente no parando, así que se pusieron a hacer lo que mejor saben: echar una mano. Como ambos pertenecían a protección civil de su Concello, construyeron su confinamiento alrededor de la solidaridad porque, aun en las peores circunstancias, siempre hay que sonreír. Y como a Antonio y a Alba les sobra el ánimo decidieron que su misión durante la cuarentena iba a ser esa: sacarle una sonrisa a la gente. «Lo hemos conseguido con muchísimos niños, el día de su cumpleaños aparecemos con miembros de la Patrulla Canina, les damos unas chuches y ellos se ponen contentísimos», explica Alba, que reconoce que no podría desempeñar esta labor si no tuviera en casa a sus padres, unos abuelos entregados que en estos momentos duros siguen tirando del carro: «Ellos nos dan la vida, cuidando al niño cuando nosotros tenemos que salir a patrullar y ayudando en todo lo que pueden».

En este tiempo en Cabana asegura que la gente ha cumplido rigurosamente y no se han encontrado con ningún caso de desobediencia cuando hacían las rondas. Su labor, sobre todo, se ha centrado en estar pendientes de quienes más lo necesitan en estos momentos difíciles, ya fueran los niños o los mayores. «Allí donde no llegaban los deberes del colegio, aparecíamos nosotros con las fotocopias del profesor, porque no en todas las casas hay impresoras. Pero de esta manera ningún alumno de primaria se ha quedado descolgado», apuntan.

Sin embargo, su función fundamental ha estado al lado de los ancianos. «Hay mucha gente mayor sola que no puede conducir, que no tiene a sus hijos cerca y necesitan que alguien les haga la compra, les hable un poco y esté cerca de ellos para ir al médico o para cualquier urgencia que tengan en el día a día», sostiene Alba. Ella cree que ayudar es una satisfacción enorme que les ha permitido calmar también su ansiedad en este momento duro, ante un futuro muy incierto en lo personal. Con todo, los dos eran conscientes ya antes del covid del abandono en el que estaban sumergidos muchos mayores, por eso creen que son los que más apoyo necesitan y los que más lo agradecen. «La gente mayor es la más vulnerable, lo ves a diario, cómo viven, están muy solos», concluye Alba, que da un consejo para terminar: «Ni en el paro hay que parar».

«No queda otra que reinventarse»

beatriz antón
Diego Castro Rey, retratado ayer en el almacén de vinos de su empresa: Dicarre Hostelería
Diego Castro Rey, retratado ayer en el almacén de vinos de su empresa: Dicarre Hostelería

El covid-19 paralizó su actividad, pero él encontró una vía para capear el temporal: de distribuir vinos a hosteleros ha pasado a proporcionarles equipos de protección

Este lunes pasado fue para Diego Castro Rey (Narón, 1984) como una bocanada de aire fresco. Después de casi dos meses de «inactividad absoluta», su teléfono no paró de sonar para recibir decenas de pedidos, pero no de los vinos de pequeñas bodegas que distribuye normalmente su empresa, Dicarre Hostelería, sino de los Equipos de Protección Individual (EPI) que ahora ofrece la firma al sector hostelero de la zona, su clientela habitual, pero también a comercios, ayuntamientos y establecimientos como peluquerías. «Con la crisis del covid-9 no queda otra que reinventarse y esta nueva línea de negocio me pareció una buena opción», cuenta este naronés que lleva ya catorce años dedicado a la distribución de vinos, los ocho primeros por cuenta ajena y al frente de su propia empresa los últimos seis.

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