Los periódicos amanecieron el martes con un titular imposible. Pasa a menudo en los diarios pero este del martes constató que, definitivamente, la realidad discurre por derroteros imprevistos. Italia ha establecido un perímetro de distancia obligatorio de un metro entre persona y persona. La psicosis por el coronavirus anuncia temporada de des-conciertos y esta es la prueba más evidente de lo que nos espera. Si nos tomamos a rajatabla la prohibición, lo que ha decretado Italia es en realidad el fin de la humanidad tal y como la hemos conocido. Somos humanos porque nos tocamos y esa barrera invisible, esa cápsula de prevención para un virus nuevo, nos convertirá en otra cosa. Si los italianos obedecen a sus autoridades, esta semana habrán nacido los últimos italianos por la vía convencional, la que requiere intimar y yacer, actividad que requiere una distancia mucho más estrecha que el metro. El mundo feliz de Huxley, con sus humanos de laboratorio, podría haber arrancado al fin gracias a un pangolino chino que estornudó en la provincia de Wuhan. Que ese catarro haya separado a los italianos es una prueba cruel de las cositas que todavía nos traerá la globalización.

En torno a cada uno de nosotros viaja una campana social que cambia en cada hemisferio. La proxémica es una disciplina de la semiótica empeñada en estudiar el uso que todos hacemos del espacio que rodea nuestro cuerpo, del más cercano al más alejado. Todos viajamos con círculos concéntricos invisibles, el íntimo, el personal, el social y el público. Sus dimensiones varían en función de nuestra edad, nuestra educación, nuestro lugar de residencia, nuestra musculatura psicológica... Por eso es tan violento que ese equilibrio se modifique por decreto. Que además haya sido en Italia, concede una dimensión terrible a la crisis del coronavirus, un bichito que no nos matará pero que parece dispuesto a imponer normas nuevas y desconocidas.

Una de las formas más sofisticadas de tortura es el aislamiento. En 1842 Charles Dickens visitó una prisión y describió el efecto que la soledad provocaba en los presos. Observó en ellos «tics nerviosos, dificultad para fijar la mirada o para mantener una conversación, postura acobardada y nerviosismo». Al terminar la visita, el escritor inglés describió el aislamiento como una «lenta y diaria manipulación de los misterios del cerebro» y concluyó que era algo «inconmensurablemente peor que cualquier tortura del cuerpo». Por eso perturba tanto el titular del martes. Ese metro de separación impuesto por Italia, esas cuarentenas obligatorias que podrían ir a más. El fin de la humanidad.

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A un metro de ti