Cuanto más controla nuestra vida la tecnología, más se encomienda la gente a la suerte. No hay más que escuchar el sonido pesaroso de la lotería y dejarse sorprender por el éxito y la fe con los que tanta gente acude cada diciembre a una administración a comprar un décimo que lo más probable es que no toque.

Es como una especie de liturgia decimonónica que se resiste a abandonarnos. La dinámica del sorteo, esos extraños señores que lo siguen en directo, televisiones y radios conectando en directo con despachos en los que la gente brinda con champán, el bar en el que tocó el año pasado y la sábana con los números que al día siguiente envuelve los periódicos aunque ya nadie consulta los números en la sábana que al día siguiente envuelve los periódicos.

Para quienes no creemos demasiado en la suerte, las loterías suelen tener un cheiro sospechoso. Estados Unidos sortea permisos de residencia en un ejemplo de displicencia imperial de libro al que recurren pobrecillos de la tierra que aspiran a ser admitidos en el paraíso.

Este año se acumulan las cosas turbias en torno a la lotería. El trabajador que introdujo una bola de forma subrepticia; la corazonada del ciudadano de Mollerusa que destinó siete mil euros a 360 décimos del mismo número y ganó 18 millones en una estrategia que contradice toda la lógica acumulada por la lotería de Navidad durante lustros y, por encima de todo, las fake news que sentenciaron el sorteo más sospechoso de la historia de la lotería. La primera noticia falsa la dio una periodista de TVE que confesó en directo que tenía un Gordo que no tenía en una expresión sublime del viejo adagio «que la realidad no te estropee un buen titular». La segunda y más suculenta la compró media España, convencida de que Loterías había dejado de meter 3.000 números en el bombo y que ese error los obligaba a pagar 10 euros a todo el que presentara un décimo no premiado.

Todo este ruido, elevado en Galicia por el turbísimo asunto del lotero coruñés de Pontejos y el billete de la Primitiva premiado con 4,7 millones de euros que según él nadie reclamó, le dan a la lotería esa textura incómoda de lo que se sustenta en el azar y no en la justicia. Es como si esa fe en algo tan poco dialéctico permitiera todos los trucos.

Un texto sobre la suerte no podía olvidar a Napoleón, quien seleccionó a un general tras asegurarse de que era un tipo con baraka, aunque seguro que lo buscaba era esa fascinación bobalicona que a los demás nos producen los tipos con suerte, un relámpago de luz que al final los acaba poniendo en una posición de privilegio con el camino más allanado. Porque hay algo atávico en ese confiar en la suerte, aunque sea la que adornaba a todos aquellos politícos a los que siempre, siempre, siempre les tocaba la lotería.

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