Charos, marujas y kellys


La arqueología lingüística sitúa el origen del término en torno al año 2011 de nuestra era. La huella telemática permite rastrear los inicios de una forma más precisa que antes, cuando las palabras eran paridas en el más absoluto anonimato. Pero en este caso tenemos indicios ciertos de que es en ese año cuando se empieza a teorizar sobre un apelativo que encasilla a un tipo de señoras con la contundencia con la que las señoras tendemos a ser encasilladas: las charos.

Hay matices en la definición, pero un buen punto de partida es el que determina a las charos como «tipas de 40 años en adelante, tintes caoba, voz cazallera, y chapas propalestinas y del ‘No a la Guerra’».

Triunfa también una acepción más 2019 que reza: «Una charo es una mujer soltera/divorciada, de más de 30 o 35 años, generalmente sin hijos, se caracteriza por estar siempre amargada, vivir sola, bueno con sus gatos, ha tenido, tiene y tendrá problemas de depresión, el Prozac es un clásico en su vida y su vida sexual se limita a un consolador de su color favorito». Y añade: «Es la mujer liberada que no necesita un hombre en su vida y ese rollo funcionó hasta que se le pasaron los 30 o los 35 años, ahora está quemada de la vida y es, en el mejor de los casos, un juguete roto».

Tras varios años dando tumbos por las esquinas de la Red, el término disfruta a estas horas de una vida renovada tras haber sido endosado hace unos días a la tuitera María Sánchez Díez con el mismo afán con el que antes nos llamaron marujas y mucho antes teresas, por metonimia del título de la revista que editaba la Sección Femenina para fijar la esencia y características de la mujer como dios manda.

Taritas en la autoestima

Descubierto el nuevo apelativo, somos muchas las que escrutamos a estas horas a la charo que llevamos dentro, dispuestas a convertir en disolvente de tinte caoba a todos aquellos anormales que dedican sus afiladas neuronas a reírse del prójimo y, especialmente, de la prójima, en lo que constituye una evidencia flagrante de la cantidad de complejos y taritas en la autoestima con las que deben enfrentarse al mundo.

Obsérvese, por cierto, la diferencia de matices con otro bautismo reciente, el de las kellys, la asociación constituida por las camareras de piso para denunciar sus precarísimas condiciones de trabajo. El neologismo concentra dos espíritus: la ironía y la lucha. Kelly, de «la que li-mpia» y kelly, nombre de origen griego que significa mujer luchadora. Charos, marujas y kellys. Un gran ejército.

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Charos, marujas y kellys