El secreto del éxito estaría en saber con anticipación la trascendencia de actos que nos parecen banales. Decisiones tontas que el tiempo convierte en relevantes y que cambian la sustancia de la vida pero que mientras transcurren lo hacen sin brillo ni cohetes porque nada en ellas permite deducir que encierran una bomba que algún día explotará. Cuando el tiempo las pone en su sitio, comprendes que deberías haberlas celebrado de otra forma, que tendrías que haberlas saboreado mucho mejor para vivir de sus rentas muchos años. Suele ser tarde.

Hace cincuenta años el profesor Leonard Kleinrock protagonizó uno de esos momentos. Debemos confiar en su palabra porque no hay constancia gráfica de aquel instante fundacional de una era que se despachó con una sílaba sin ninguna grandeza, una triste y mundana lo que ha pasado a la historia por ser el primer contenido enviado a través de la Red, un inconcluso «lo» que anticipaba un cambio definitivo en la forma de concebir el mundo aunque nadie de los que participaron en la acción se diesen cuenta de lo que hacían ni de lo que estaba por venir.

EL PRIMER PAQUETE

El 29 de octubre de 1969 Kleinrock mandó el primer paquete de datos por Internet. Nada era especial aquella noche. Ni la sala en la que se encontraba, una estancia sosa e irrelevante en la UCLA, ya de noche, ni el mensaje que envió a su colega Charley Cline, del Stanford Research Institute. Para confirmar que el envío se estaba produciendo, comprobaba por teléfono el proceso, su colega al otro lado de la línea, ajenos ambos a lo que de verdad allí estaba sucediendo. La intención era escribir log in y cerciorarse de que la expresión viajaba de un sitio a otro a través de la Red, pero aquel viejo ordenador solo pudo con la lo antes de colgarse. Kleinrock y Cline certificaron la transferencia en un registro apuntado a boli que hoy suena así de lacónico: «22.30. Hablado con Stanford. De servidor a servidor». Y nada más. Con los años, reconocida ya la trascendencia fundacional de aquel contacto de apariencia irrelevante, Kleinrock ha escudriñado la textura poética de aquel escueto lo y a base de buscarla ha encontrado algo. Aquel solitario lo podría ser el inicio de lo and behold, expresión de referencias bíblicas muy utilizada en el mundo anglosajón y que significa «espera y verás». En este juego, que por cierto utilizó también Werner Herzog en su documental sobre la historia de Internet, se agazaparía la grandeza intrínseca y desde luego involuntaria de aquel seminal intercambio de información en los albores de la Red. Pero lo cierto es que ni Kleinrock ni Cline se fueron del trabajo aquella noche con la sensación de haber hecho algo grande. «Nos fuimos a casa como si nada», han declarado con la certeza de que cuando te reconoces en un momento importante lo primero que cambia es el camino de vuelta a casa.

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